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Sábado, 15 de Diciembre 2018


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Escribe: P. Mario Arroyo.- En el argot popular se utiliza la expresión “ponerse la camiseta” con la idea de estar comprometido, “de ser parte del equipo.” Esto es particularmente notorio, por ejemplo, en los hinchas de un equipo de futbol y, quizá con mayor seriedad, al sentirse parte de un país o de una empresa, con la idea de sacarlos adelante todos, unidos, en equipo. Esa realidad humana, que viene a identificarse con los valores de lealtad, compromiso, sentido de pertenencia, por ejemplo, a la propia familia, puede muy bien extenderse al ámbito de la religión. En este caso, “ponerse la camiseta de la fe” equivale a sentirse parte de ella, directamente involucrado, comprometido con la causa. Es decir, si “se hunde el barco”, “nos hundimos juntos.” El sentido de pertenencia a la religión puede ser igual de fuerte o más, que al de la propia familia.

En este contexto, ahora más que nunca, parece importante definirse. Si soy o no soy, con quien estoy. Aclarar la propia identidad religiosa e intentar ser consecuente. Un ejemplo contemporáneo de ese sentido de pertenencia, más fuerte incluso que el apego natural a la vida y a la propia familia, es el caso de Asia Bibi, madre pakistaní de cinco hijos, acusada falsamente de blasfemia, que ha estado nueve años en prisión, con una condena a muerte sobre su cabeza, y ahora ha sido absuelta; pero en realidad, el gobierno pakistaní parece estar haciendo una jugada estilo “Poncio Pilatos”, pues la deja salir de la cárcel, pero no del país. Es una forma de decir: “no te mato yo, ya lo hará la gente enardecida”. Ella es, ante todo y por encima de todo, discípula de Jesucristo, es su identidad más profunda y no está dispuesta a renunciar a ella, ni a la dignidad de su conciencia, aún a costa de la propia vida.

Análogamente, los católicos de la “estadística”, estaríamos invitados a realizar ese balance. “Soy, o no soy.” Ahora más que nunca no resulta fácil. Hay muchos escándalos que pesan sobre la Iglesia, y se antoja decir, “yo nada tengo que ver con eso, ni quiero involucrarme con ello.” Esa actitud es comprensible, y ha producido una dolorosa sangría de fieles dentro de las filas de la Iglesia. Ciertamente la prioridad es terminar con los abusos, los escándalos, hacer justicia a las víctimas. Pero ello no justifica el abandono de la fe.

Hay dos razones de fondo. La primera, es más bien de carácter cultural o ambiental. La enormidad de las faltas, lo grotesco y perverso de los delitos y encubrimientos, pueden malamente servir para justificar nuestra mediocridad moral o espiritual. “Si estos son así, ¿qué importa que yo haga tal o cual cosa?” Más aún, parece ser que existe una obsesión o prurito de mostrar que en realidad todo es así, que toda apariencia de bien y honradez esconde inconfesados afanes de poder, manipulación, o simplemente maquilla bien y esconde las propias miserias. Hay un empeño que parece estudiado y diseñado, por mostrar que, en realidad, “todo está podrido”, “todo es corrupto”, “todo esconde inconfesables vicios, afanes de poder y dominación”. Es como la ebriedad de un grito desesperado: “la humanidad está corrompida irremisiblemente, date cuenta de ello, no seas ingenuo e idealista y únete a nosotros”. Es la solidaridad del mal.

El segundo motivo, en el caso de la Iglesia, es un error de perspectiva frecuente: el clericalismo. Por algo Francisco, en la última carta escrita con motivo de los recientes escándalos de pederastia en Estados Unidos, hace un llamamiento y recuerda que “es la hora de los laicos”, es decir, el protagonismo lo tienen aquellos que no han recibido las órdenes sagradas, pero que forman igualmente parte de la Iglesia por estar bautizados. El error es una falacia simple: confundir la parte con el todo. La jerarquía es la Iglesia, pero no toda la Iglesia, ni siquiera la parte más importante de la Iglesia. La jerarquía existe en función de los fieles laicos.

En este sentido, tanto el Papa como el último bautizado, tienen la misma finalidad: ser santos, alcanzar la plenitud del amor a Dios y al prójimo. Tienen los mismos medios para conseguirlo, y no otros: oración, sacramentos, obras de caridad y misericordia, trabajo bien hecho, vida familiar bien llevada. “Ponerse la camiseta” es caer en la cuenta de la propia identidad y del propio llamado; no justificarse en los errores y miserias de los demás. No somos ajenos a ellos, nos duelen, pero en lugar de movernos al abandono, nos invitan a tomar más en serio nuestra fe. Como dice san Pablo: “no te dejes vencer por el mal, vence al mal con el bien”, o como señala el Apocalipsis: “el sucio que se manche aún más y el santo, santifíquese todavía más.” A mayor corrupción, más empeño por vivir la fe. Si los pecados de algunos tornan irreconocible el Rostro de Dios, el empeño de otros puede volver a hacerlo creíble y atractivo.

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