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Sábado, 15 de Diciembre 2018


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Escribe: P. Christian Viña.- Esta madrugada, muy temprano, como todos los días, recé en el templo de mi parroquia, Sagrado Corazón de Jesús, de Cambaceres, las Laudes y el Oficio de Lectura. Y, literalmente, fui casi trasladado al coro de los ángeles con la bellísima página de San Agustín, en su “Comentario a los salmos”, en la memoria de Santa Cecilia, virgen y mártir; patrona de la música. En la meditación recordé, una vez más, todo lo que la Iglesia realizó en dos mil años para pregustar ese coro aquí, en la Tierra. Y de cuánto debemos hacer, todavía, para que buena parte de nuestras celebraciones –especialmente, la Santa Misa- recuperen la pulcritud y la sacralidad...

Concluido ese primerísimo y fecundo encuentro del día con el Señor, me coloqué ropa deportiva, y fui a la plaza “Almirante Brown”, para mi rutina diaria de ejercicios fisicos. Faltaban minutos para las seis y, mientras llegaba al paseo, encontré nutridas columnas de adolescentes, varones y mujeres, ligerísimos de ropa, y colmados de alcohol y algo más, que desembocaban en él, a puro canto obsceno, para rendir culto al naciente sol. Venían, por lo visto, de una de las tantas fiestas diarias de estos días para “despedir el año”, y “celebrar” el egreso del colegio, en muchos casos hacia nada útil...

Algunos eran prácticamente niños que, arrastrándose como podían, buscaban escalar los sitios más altos del anfiteatro ubicado allí, para recibir un baño del ya bien quemante sol. Ávidos de un calor que, seguramente, brilla por su ausencia en sus desgarrados o inexistentes hogares.

Unos lograban llegar hacia esa preciada meta; una suerte de paganísimo altar donde ofrecerse a la fuerza del astro rey. Otros, entre evacuaciones de todo tipo, quedaban por el camino, acostados bajo la absoluta intemperie. La escena concluyó con buena parte de ellos dormidos, a cubierto de los carteles de tela, que habían usado en los “festejos”.

Mis ejercicios y la necesaria oxigenación mañaneros estuvieron cruzados por la impotencia y el hastío frente a la tiranía de género que, entre otras vilezas, sumerge a estas y otras criaturas en el fango de todas las perversiones. Sus “cantos” eran un grito de guerra a la virginidad y a la pureza; y un desafío a todo aquel que osase defenderlas. Niños que tienen serias dificultades para realizar las cuentas matemáticas más elementales, o comprender un texto, a puro alarido, con total desenfado, vociferando sus promiscuas revolcadas en el pecado; incluso en aquel contra natura, que clama al Cielo (Gn 18, 20; y 19, 13).

¿En nombre de qué libertad los adultos más poderosos de la Tierra, y sus sirvientes locales, tienen derecho a esclavizar a millones de personas; que se usan y se tiran como esos elementos de látex, que ellos promueven para el así llamado “sexo seguro”? ¿Qué nos ha ocurrido para que el embarazo sea visto como una peste, que debe erradicarse como sea? ¿Qué sociedad puede tener futuro si los más débiles de sus miembros (los niños por nacer; los niños enfermos, pobres y abandonados; los jóvenes sin estudio ni trabajo; los adultos explotados por la injusticia social, y los ancianos y enfermos) son vistos como una amenaza a vencer?

Antes era común que los padres viniesen a los curas, y nos dijesen: “Padre, ¿puede hablar con mi hijo?”. Ahora, lo corriente, es que los niños nos digan: “Padre, ¿puede hablar con mis padres?”... Generaciones enteras de adultos jóvenes, y no tan jóvenes, integran hoy la gruesa masa de padres que viven como si no tuvieran hijos. Y, obviamente, sus críos, viven hoy como chicos huérfanos con padres vivos... Y cuando los curas, como auténticos padres, buscamos hacernos cargos de esos padres y de esos hijos, mostrándoles la puerta estrecha de la que habla Jesús, porque “ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición” (Mt 7, 13), en el mejor de los casos recibimos una mirada de compasión por habernos “quedado en otro tiempo”...

Una catarata de pretextos se nos arroja, igualmente, para justificar lo injustificable. O para recordarnos que “también nosotros fuimos adolescentes”. ¡Pues claro que sí! Pero, gracias a Dios, tuvimos padres, curas y educadores sin demagogia, que conforme al mandato del Señor supieron marcarnos con perfección los límites. Diciéndonos “sí, sí, o no, no”, pues lo demás es del demonio (Mt 5, 37).

Los últimos 35 años en Argentina, con la “democracia recuperada”, fueron un tobogán sin fin hacia los más profundos niveles de degradación individual y colectiva. Más de treinta por ciento de pobres y excluidos; el narcotráfico y la violencia fuera de control; la corrupción de las castas dirigentes a niveles escalofriantes; el descenso abrupto de la natalidad, y los gravísimos riesgos que ello tiene para la integración y la seguridad nacional, son solo algunos de los datos incontrastables de esa decadencia. Esta democracia, así entendida, y con estos personeros –no ciertamente como la vivieron y pensaron los griegos y los escolásticos- solo ha traído una pésima concepción de la “libertad”, que únicamente deparó más atropello, más opresión, y más esclavitud. La “anticultura de la muerte” hoy campea por nuestras pampas con absoluta impunidad; bien financiada por la oligarquía mundialista, en su campaña antiargentina.

El matrimonio y la familia, células básicas de cualquier sociedad civilizada, ya no existen en nuestro país; al amparo de leyes inicuas y perversas que los han destrozado. Hemos retrocedido siglos hacia el salvajismo precolombino que reinaba en buena parte de estas tierras; y, nuevamente, se hacen sacrificios humanos de niños por nacer o ya nacidos, a las nuevas y falsas deidades. Lejos quedó la epopeya de la conquista y evangelización que realizara nuestra amada Madre Patria, España, en nuestro continente; y que sustituyera la sangre de niños y adultos inmolados a los dioses por la única Sangre redentora: la de Jesucristo. Sangre que se derrama, de manera incruenta, en cada Santa Misa; para la salvación del mundo.

Hemos llegado a estos extremos de abominación por haberle declarado la guerra a Cristo en nuestras leyes, en nuestra “cultura”, en nuestra economía, y en todo aquello necesario para constituir una sociedad sana. ¡Hasta las imágenes religiosas, que durante décadas y hasta siglos estuvieron exhibidas en dependencias y reparticiones públicas, buscan ser eliminadas por el fanatismo de los mundialistas del Nuevo Orden; y la pecaminosa ociosidad de quienes no quieren renunciar a su “zona de confort”...! Y, a fuerza de endiosar una “educación sexual integral” o no “integral” solo se han multiplicado geométricamente los embarazos adolescentes –que casi siempre dejan a los niños que nacen sin padres-, las enfermedades venéreas, y la violencia doméstica. Buscar hacer con el propio cuerpo lo que a uno le viene en gana, concluye inevitablemente con el uso del cuerpo de los demás para cualquier atrocidad. Patético presente y negrísimo futuro de una sociedad que ha desterrado la virtud; y donde casi ya ni se escuchan palabras como castidad, continencia, sacrificio, esfuerzo, estudiosidad, laboriosidad, respeto y patriotismo.

Mientras regresaba a la parroquia, después de tan fuerte experiencia mañanera, volvía a mí el ejemplo de Santa Cecilia; que, con la gracia de Dios, supo gozar de la honra de la virginidad, y ver coronada su vida con la gloria del martirio. En su honor la Santa Madre Iglesia celebra esa música que, como anticipo del Cielo, hoy más que nunca debemos hacer escuchar. ¿Podrán disfrutar de la misma, algún día, los niños que hoy encontré? ¡Solo el Señor puede saberlo! En nosotros está luchar por su Reino que, sin ser de este mundo (Jn 18, 36), puede hacerlo más cristiano y, por lo tanto, más humano.

Predicar, nuevamente, sobre el Reinado Social de Cristo; y ser capaces de vivir y de morir por él, hará que estos y otros niños puedan salvarse. No temamos, entonces, a dar el “buen combate” (2 Tm 4, 7). Aunque para los “abiertos” de este mundo seamos “cerrados”, confirmémonos como cerradísimos al pecado, y abiertísimos a la Gracia...

 

 

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