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Martes, 22 de Enero 2019


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5316 aprendiz de brujo

Escribe: Fernando Sánchez Dragó.- Un científico japonés, al que Hitler habría impuesto la Cruz de Hierro de su régimen, acaba de hacer posible que las mujeres se queden encinta sin concurso de varón. Bastará para ello una gota de sangre o una célula de piel femenina sujetas a no sé qué diabólica manipulación. La cópula, hasta el momento en que se extinga del todo, lo que está al caer, será sólo una actividad de recreo, sin asomo de pasión ni de riesgo ni de riego. El embrión y el útero son antiguallas.

Se veía venir. L@s de la LGTB y el Ejército de Salvación del puritanismo lampante se habrán salido con la suya. Definitivo The end a esa película de ciencia ficción que es la cultura patriarcal. No se puede forzar la naturaleza, dice el Tao. Error. El Frankenstein japonés lo ha conseguido. A los varones heterosexuales nos quedaba el consuelo de ser imprescindibles, aunque fuese por vía de farmacopea y laboratorio, para fecundar a la mujer amada y acceder a la alta responsabilidad e incierto gozo de la paternidad. Suele decirse que los animales no humanos, a excepción de los leones, que son relativamente monógamos, no tienen padres, puesto que sus hembras, llegado el celo, se dejan montar por el primero que pasa. Y por el segundo. Y por el tercero.

Ahora ya no. Ahora ningún ser humano tendrá padre, con la catástrofe emocional, existencial, psicológica y pedagógica que tal desgracia conlleva. Yo la sufrí, porque al mío me lo mataron en la guerra, y setenta años después tuve que escribir una novelón de quinientas páginas para resucitarlo.

Pero mi testimonio, por unilateral, no es relevante. Acudan a la literatura, desde la tragedia griega hasta Philip Roth, Paul Auster, Vargas Llosa o Marcos Giralt, pasando por Shakespeare, Turgueniev, Balzac, Kafka y tantos otros, si quieren hacerse una idea de lo que ser padre y tenerlo significa. No es una mera cuestión de genes, ni de esperma, ni de óvulos, sino lo mismo que es para el árbol su raíz y para el Partenón sus columnas. Tengo cuatro hijos y me alegra saber, por ellos y por mí, que los cuatro tienen padre. Mis tres nietos también los tienen, pero ya no estoy seguro de que el benjamín de mi descendencia, que sólo tiene seis años, pueda decir lo mismo cuando le llegue la edad del amor. Tal como van las cosas, con los varones en fase de extinción, quizá sea sólo postrer miembro de una especie protegida y se vea obligado a sobrevivir en jaulas o en zoos similares a los que hoy encierran a los simios.

 

 

 

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