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Martes, 22 de Enero 2019


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Escribe: Sertorio (España).- Los españoles nos casamos menos. Según las estadísticas del INE, en nuestro país se produjeron 173.626 matrimonios en 2017, un repunte frente a los 153.375 de 2013, pero que quedan muy lejos de los 271.347 de 1975, cuando la población era de 35 millones de habitantes, no los 46 que somos ahora. De hecho, desde el año 2007 los matrimonios no superan los 200.000, mientras que en los años 60, con una población que apenas superaba los 30 millones, se produjo un máximo de 239.692 (1969) y un mínimo de 228.265 (1965). Desde 2005 las tasas de nupcialidad no levantan cabeza, pero sí lo hacen las de suicidio masculino. Lo normal en España era que se suicidaran unos 2.000 a 2.200 varones al año, y desde 2005 esa cifra se dispara a los 3.000, aunque el método del INE para contabilizar los suicidios peca de disminuir su número en vez de engrosarlo. ¿Tendrá algo que ver con estos datos la aprobación en diciembre de 2004 de la Ley de Violencia de «Género»?

Extrapolar cifras tiene sus peligros, pero es curioso que los españoles estemos entre los europeos que más se divorcian (96.000 rupturas en 2016) y que los europeos sean los humanos que más afición tienen a romper sus matrimonios frente a los asiáticos y africanos. Lo evidente es que la familia tradicional o natural agoniza y que los poderes públicos hacen todo lo que está en su mano para disuadir a la gente de reproducir esa institución. Si a esto le unimos las decenas de miles de abortos anuales y el aumento en la edad de contraer nupcias o de tener el primer hijo, tenemos la decadencia demográfica de Occidente garantizada. En De Marx a Malthus, un artículo publicado en este periódico, indiqué cómo la cruzada malthusiana de los grandes poderes económicos tiene unas bases ideológicas fomentadas artificialmente para crear una guerra de sexos que ha permitido detener el crecimiento de la población occidental, pero que alcanza un éxito nulo en el islam y muy relativo en el resto de las civilizaciones.

Pero, aparte de los datos objetivos, está la percepción subjetiva del individuo, que es mucho más poderosa que la realidad a la hora de determinar las conductas sociales. Así, la comprensible alergia hedonista del español a contraer nupcias se refuerza por la evidente reducción a ciudadano de segunda clase que se produce al unir su vida a la de una mujer. Como acaba de recalcar la inefable vicepresidenta del Gobierno esta semana, a la mujer hay que creerla en los juzgados «sí o sí», aunque se presenten evidentes dudas acerca de su denuncia. Por lo visto, las señoras y señoritas no mienten ni manipulan, carecen de magines para ello y deben ser protegidas por el Estado en su doncellil inocencia. Como el salvaje de Rousseau y las princesas de los cuentos de hadas, son buenas por naturaleza. No es de extrañar que esta veracidad congénita de las malcasadas sirva para que sus abogados puedan amenazar con una denuncia al hombre y a éste no le quede más remedio que ceder a las condiciones que le imponga su exmujer, por lo general leoninas. A nadie le gusta ir a la cárcel por nada.

Sin embargo, y pese al dogma feminista del 0,001% de denuncias falsas, lo cierto es que se desestiman el 80% de las denuncias por maltrato que se presentan, ya sea por falta de pruebas o por evidente inverosimilitud, pese a que la política procesal es claramente persecutoria del varón. ¡Cómo deben de ser tales denuncias para que un sistema judicial hostil y androfóbico las desestime! De ahí la intromisión totalitaria de la vicepresidenta: hay que dar la razón sí o sí a cualquier denuncia para justificar el mito del cero por ciento. Y eso que a ningún juez se le ocurre perseguir de oficio las falsas denuncias: al producirse en un ámbito privado es dificilísimo establecer la verdad, y el beneficio de la duda hace que el varón no culpable (innovación jurídica que ha servido para arruinar el tradicional concepto de inocencia) no pueda entablar acciones contra una denuncia de consecuencias gravísimas para él. Además, ¿qué magistrado está dispuesto a jugarse su carrera defendiendo los derechos de los hombres? En España, con las políticas hembristas del régimen, hay barra libre para el linchamiento jurídico del varón.

Las medidas contra la violencia de «género»: un negocio multimillonario para el hembrismo

Seríamos unos bobos solemnes si pensáramos que lo que se trata con las leyes de "género" es de hacer justicia o ayudar a las víctimas de esa lacra social. Para empezar, esta legislación es un negocio multimillonario para el hembrismo, cuyas organizaciones viven de la caza del varón y hasta reciben una cantidad por cada cabeza masculina que se cobran; hablamos de centenares de millones de euros, de miles de empleos y de vías de financiación paralela de la extrema izquierda. Por otro lado, el objetivo a largo plazo de toda esta legislación es la destrucción de las naciones y pueblos, poner término a la identidad e impedir la reproducción de los valores tradicionales en el entorno de la familia natural, para poder realizar sin gran oposición los proyectos de ingeniería social de la superélite globalista. La mujer, sin duda, es el elemento decisivo de esta revolución antropológica, ya que es el centro de toda familia y la transmisora de los valores elementales del cuerpo social. El cristianismo se impuso gracias a los confesionarios y a la influencia del cura en la feligresa.

Y el mundialismo busca el mismo fin, puesto en bandeja por las hembristas con su intromisión de lo público en lo privado y su instrumentalización del sexo como elemento de conflicto social. La conducta femenina es más sociable y también más conformista que la masculina, más comunitaria y cumplidora de sus deberes. El hombre suele ser más rebelde y tiene una tendencia natural a la desobediencia y a poner en duda los valores establecidos. Darle el poder absoluto a la mujer y desposeer al varón, castrarlo, es el sueño dorado de todo proyecto verdaderamente totalitario. Una sociedad feminizada nunca será rebelde ni violenta. No es casualidad que la usura del microcrédito en el Tercer Mundo se centre en las mujeres y no en los hombres.

Sin victimización no hay superioridad

No nos extraña, pues, que la ideología de género tienda a la imposición del homomatriarcado, un modelo de sociedad que prioriza a mujeres y homosexuales sobre los varones y convierte a dichos colectivos en referentes morales a través de su condición de víctimas. Sin victimización no hay superioridad. El varón sólo puede entrar en esta casta privilegiada desvirilizándose, haciéndose inofensivo, autocastrándose, ya sea en sentido figurado o literalmente, con operaciones de mutilación genital.

El eunuco es el nuevo modelo masculino que el homomatriarcado ofrece al varón. Cualquier variante de la emasculación es fomentada, apoyada y defendida por los poderes públicos y las élites que los pagan. Esa desvirilización de la sociedad se culmina al abolir la figura del padre: al quedar el varón desposeído de su prole, que se halla en manos de una mujer resentida y fanatizada por la ideología de género; en tales condiciones, el abuso mental y la manipulación de los niños por las madres castradoras es irrefrenable. No olvidemos tampoco el afán androfóbico de los educadores, que buscan la feminización de los varones desde el jardín de infancia, mientras hacen todo lo posible por hacerles sentirse culpables de ser hombres y ridiculizan los valores de la masculinidad: coraje, honor, jerarquía, fidelidad al grupo, empleo ritualizado de la violencia, etcétera. La vida del varón occidental es un perpetuo reproche por parte del matriarcado imperante: no es de extrañar que la palabra coñazo tenga las connotaciones que tiene. Sin embargo, sólo la civilización europea ha dado a la mujer un papel tan exaltado entre todas las grandes culturas del globo. Y sólo en los países de Occidente triunfa la aberración del hembrismo.

El lector masculino se preguntará si los millones de hombres que a lo largo de la Historia han sido sacrificados en guerras y trabajos físicos aniquiladores no eran también víctimas. No, no lo son. Los varones monopolizan el censo de mendigos, sin techo, parados y suicidas, pero son los tiranos explotadores de las intelectuales, ejecutivas y empresarias europeas de clase media alta. El pordiosero de la esquina o el tío al que su exmujer ha dejado viviendo en un coche son privilegiados frente a las universitarias europeas que cursan un máster en estudios de género.

Por el mero hecho de ser hombre se es en potencia violador, asesino y abusador. Los mensajes institucionales de las autoridades inciden descaradamente en semejante monstruosidad moral y a las mujeres se les transmite con absoluta desvergüenza la idea de que si tienen relaciones con un hombre serán asesinadas, maltratadas o violadas. Por supuesto, a los muchachos nadie les advierte de que si unen su vida a una mujer serán manipulados, vejados psicológicamente, explotados económicamente, arruinados, difamados, linchados por la justicia y llevados al suicidio.

La debilidad congénita del homomatriarcado

Sin embargo, el homomatriarcado presenta una terrible debilidad que le llevará a la ruina y a la inevitable restauración del modelo patriarcal. El homomatriarcado es radicalmente antihumano, es una violación de las leyes de la naturaleza, en especial de las de Eros y de la genética, lo que acabará ocasionando su fin.

No se puede ir contra las esencias de la condición humana, reflejadas en la eterna atracción mutua de hombres y mujeres, en la necesidad física y psíquica de vivir en el marco de una familia estable y con roles sexuales bien definidos. Una sociedad homomatriarcal es imposible porque sus preceptos impiden algo tan esencial como la reproducción misma de este modelo, porque el hembrismo llevado a su fin lógico supone la abolición del sexo heterosexual, causa de la "opresión" femenina. Y eso nunca pasará. Cada pareja que hace el amor es un mentís a este sueño dogmático, que sólo sirve para destruir, pero no para crear. La coerción acabará por ceder y Eros por imponerse, pese a la represión totalitaria de los zelotes de la ideología de género. Semejante constructo, edificado sobre el delirio de unas intelectuales burguesas rebosantes de envidia de pene, se vendrá abajo porque es infinitamente endeble y sólo admite paralelo con la teoría de la vernalización de Lysenko, aquel «biólogo» bolchevique que negaba la genética. Si mediante la coerción legal, el despotismo político y la superstición académica, la ideología de género consigue sobrevivir en Europa, será el islam el que la barra cuando Eurabia sea una realidad a la que el hembrismo allane el camino.

 

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