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Martes, 18 de Setiembre 2018


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Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- Empezando diciembre de 2017, un raro fenómeno dizque natural, apareció en los cielos de Suecia. Muchos, asombrados, lo calificaron como la aparición de un ángel, cosa que no extrañaría desde que Suecia viene siendo asediada por musulmanes que la están invadiendo progresivamente y amenazan con arrasar –como hacen siempre donde se instalan– con los restos de cristianismo del país de Santa Brígida, debilitado ya desde que la separación originada por el protestantismo minó la integridad de la práctica de la religión instituida por Cristo. La NASA aseveró que se trataba de un halo solar y, en verdad, no hay razón para no creerle. La prudencia es una virtud muy necesaria de practicar, por lo que cuando ocurre un fenómeno extraño no debemos tender a tomar el suceso como algo milagroso si hay la opción de una explicación de sus causas naturales.

 

Lo mismo sucede, en general, con las explicaciones científicas sobre la naturaleza, sus reglas, composición, procesos naturales, etc. La ciencia tiene su ámbito, así como la religión tiene el suyo, aunque haya quienes los confundan y no pocas veces hayan ocurrido enfrentamientos a causa de la actitud invasiva de uno sobre otra.

La ciencia ha tratado constantemente de abrirse paso entre la teología para hacerse de un lugar en el proceso de desarrollo humano, y en casi toda la historia ha sufrido la oposición del ámbito religioso de los pueblos. Es un fenómeno que se ha dado mucho más, con mayor intensidad, en religiones diferentes a la católica, que en la esfera de influencia de la Santa Iglesia. Ha sido, más bien, la Iglesia la que impulsó la búsqueda del conocimiento en todas las ramas del saber a pesar de todo lo que se quiera argumentar sobre Galileo o la Inquisición que, si alguna razón hay para criticar, es lo que fue producto de las miserias humanas y que no constituyó ni la regla ni la exageración con que se quiere mostrar.

En ese enfrentamiento entre ciencia y religión es usual que alguien rete a “demostrar” con argumentos científicos la existencia de Dios. Y, sin embargo, es como pretender que se explique el funcionamiento del cerebro humano desde la geología. Cada disciplina tiene su ámbito. Dios no es materia de la ciencia; el objeto de esta es el mundo material, descubrir sus leyes, explicar sus procesos, desentrañar sus misterios: he ahí el objeto de la ciencia. Del mismo modo, la filosofía, la metafísica y la teología no tienen por objeto el mundo material, sino el espiritual: la belleza presente en una joya o en la precisión de una ley natural, el amor que surge entre dos personas y que en su máximo grado da lugar a una inmolación, o la armonía de los planetas y las galaxias, no son objeto de la ciencia; aun cuando el análisis de la impresiones pueda llevar a indagar si también en las almas pueden haber movimientos que obedecen ciertas reglas naturales y que constituyen lo que llamamos sicología.

Confundir los ámbitos de ciencia y religión es tan impropio, que ya desde el siglo V, san Agustín quiso dejar claro que la Sagrada Escritura no es una obra de geografía ni de ciencia o historia, sino un manual para ir al Cielo, y que cuando una razón de peso nos lleve a una interpretación no literal del texto, debemos tomar el texto como simbólico. Es decir, preferencia, al leer la Escritura, tiene la literalidad, pero no una preferencia absoluta que nos cierre el pensamiento a otras opciones de entendimiento del texto.

El mismo san Agustín, en su obra La ciudad de Dios, discute si la Tierra es plana o redonda; y llega a opinar –léase bien: OPINAR–, que debe ser ligeramente curva, pero nada más. Sin embargo, da los argumentos de uno y otro lado, pasando a analizarlos conforme al conocimiento de la época. San Alberto Magno inventó un autómata, y sorprendía a sus invitados con trucos que hoy llamaríamos científicos y que en aquella época llamaban magia; y, sin embargo, nunca a nadie se le ocurrió tildarlo de brujo o conducirlo a la hoguera, como tampoco a nadie se le ocurrió conducir a la hoguera a los monjes que salvaron los libros clásicos que pudieron y, así, nos legaron las obras de Aristóteles como De partibus animalum, con toda una clasificación de las especies animales, las obras del sabio sobre zoología y botánica y De caelo, Physica, Metaphysica, entre muchas. Todo ello, a despecho de las entretenidas obras de Edgar Allan Poe y Umberto Eco que pintan a los monjes como perseguidores del conocimiento, pero que no pasan de ser novelas; aunque, por desgracia, no falta quienes se lo crean y asuman la ficción como si fuese realidad histórica.

Más recientemente, la teoría del Big Bang, por ejemplo, tan en boga, fue planteada por un sacerdote. Sacerdote era Mendel, quien planteó las primeras leyes de la genética, y sacerdote era Copérnico que propuso por primera vez el sistema heliocéntrico. Ello es buena muestra de la armonía a que están destinadas la ciencia y la religión. Desentrañe aquella los misterios de la creación y no se irrite si se le plantean objeciones. Ni se irrite el espíritu religioso de nadie porque la ciencia plantee teorías y posibles explicaciones a algún fenómeno o aspecto de la creación.

En cierto sentido, claro, todo lo que existe y lo que sucede, más allá de las explicaciones científicas que cupieren, es un milagro; y por eso el salmista proclama, al contemplar la inmensidad de la bóveda celeste y el brillo de las estrellas: Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento proclama la obra de sus manos (Salmo 18-A). San Pablo nos enseña que no podríamos decirle a Dios, “Padre” si no fuera por una gracia, y así, en un cierto sentido todo es gracia, y por ende, todo es milagroso. Inclusive, dado que todas las cosas participan del Ser, de una cierta manera es como si Dios estuviera presente en cada cosa existente en el Universo –por eso decimos que Dios está en todas partes, en todo tiempo y en todo lugar, pero no como una presencia personal, sino a modo de un espejo, en que cada cosa refleja algo de Dios; si no fuese así, caeríamos en un panteísmo tipo oriental que sugiere que todos somos como gotas de agua del infinito mar que es Dios–.

Así también, y aunque haya puesto reglas en el universo, Dios no se mantiene ajeno al quehacer humano. Él ha intervenido constantemente en la historia, e interviene al “sostener” la existencia de cada átomo o partícula existente. Su máxima intervención, claro está, fue con la Encarnación del Verbo y la consumación de la Redención por la muerte y resurrección de Cristo Jesús. Y permanece con nosotros –hasta el fin del mundo, conforme a su promesa– ofreciéndose diariamente en el sacrificio incruento de la Eucaristía.

De ahí que, aunque con ámbitos de acción y objetos de estudio distintos, nada impide que la ciencia o la teología y la filosofía, empleen elementos de la otra, para seguir construyéndose. Lo torpe es negarse absolutamente a emplear aquellos elementos que pueden ser útiles. Y así, lo científico hace bien cuando toma en serio la religión, y la religión cuando toma en cuenta lo científico.

Cuando la sonda Voyager Uno estaba por rebasar los límites del sistema solar en 1990, Carl Sagan (1934-1996) sugirió a la NASA que hiciera girar la nave y fotografiar la Tierra a la distancia. El resultado fue la foto de un pequeñísimo punto a la distancia, apenas perceptible en medio de la vastedad del Cosmos; de un Cosmos tan inmenso que apenas podemos concebirlo con la imaginación. Un mensaje que circula por whatsapp relata que el científico bautizó aquella mota de polvo como “El pálido punto azul”, y dejó para la posteridad unas estupendas palabras que más adelante reproducimos. Él, que era escéptico y entusiasta impulsador de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, no pudo menos que admirarse del significado de aquel puntito que, ahora sabemos, se ubica en los extremos de uno de los brazos espirales de nuestra galaxia, que gira a una fantástica velocidad rumbo a una colisión cósmica con su vecina Andrómeda sabe Dios dentro de cuántos miles o millones de años.

Al considerar las palabras de Sagan, sentimos que ellas hubieran quedado completas si el inquieto y afamado investigador las hubiera coronado con las del salmo cuyo título lleva este artículo.

He aquí a Carl Sagan:

“Desde este punto tan distante –se sitúa imaginariamente en la ubicación que entonces tendría la Voyager Uno, a 6,0000 millones de kilómetros de nuestro mundo–, la Tierra puede carecer de un interés especial, pero para nosotros es diferente. Consideremos de nuevo ese punto: ese es nuestro hogar, eso somos nosotros. En él, todo aquel que quieres, todo aquel que conoces, todo aquel del que hayas oído hablar, todos los seres humanos que hayan existido, vivieron ahí sus vidas; el conjunto de nuestras alegrías y sufrimientos, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y plebeyo, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada formador de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí, en una mota de polvo, suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un pequeñísimo escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores para que en gloria y triunfo pudieran convertirse en los amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las infinitas visitas crueles de los habitantes de una parte de este píxel hacia los casi indistinguibles habitantes de cualquier otra parte; la frecuencia de sus malentendidos, la impaciencia por matarse los unos a los otros, lo ferviente que son sus odios, nuestras posturas, nuestra imaginada auto importancia, la falsa ilusión de tener una posición privilegiada en el universo, son desafiadas por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una mota solitaria en esta envolvente oscuridad cósmica, en nuestra oscuridad.

En toda esta inmensa vastedad no hay ningún indicio de que la ayuda vendrá de algún sitio, para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora, capaz de albergar vida. No hay ningún otro sitio -al menos en un futuro cercano-, a donde nuestra especie pueda migrar ¿visitar? ¿establecerse? Aún no. Nos guste o no, por el momento, la Tierra es donde estamos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia constructora de carácter y humildad. Quizá no haya mejor demostración de la estupidez de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro diminuto mundo. Para mí, recalca nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente y de preservar y cuidar el pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido.”

Es el testimonio de un hombre que quizás esperó encontrar en la ciencia la demostración de la existencia de Dios, cuando no tenía que buscarla allí, sino en la admiración y en los sentimientos que surgían en su alma al contemplar aquel “pálido punto azul” desde la distancia, tal como se lo permitía el extraordinario avance del dominio humano sobre la naturaleza, que en ese momento alcanzaba los confines de nuestro sistema solar.

Por lo mismo, cuando contemplamos el halo solar aparecido en Suecia, más allá de las explicaciones científicas sobre la desviación de la luz por refacción en una atmósfera con presencia de partículas de hielo, no podemos dejar de considerar la belleza de la creación, y si tal fenómeno natural producido poco antes de terminar el año en que se ha cumplido el siglo de las apariciones de la Virgen en Fátima, no tendrá a la vez un carácter simbólico. Generalmente se ha señalado, basándose en las memorias de la Hermana Lucía, que la Virgen mencionó que el castigo empezaría en el siglo XX, pero, personalmente, tendemos a creer que Nuestra Señora aludió más bien “al siglo”, lo cual pudo ser interpretado por la propia Lucía, como referido al siglo corriente, y no a los 100 años de las apariciones, que acaban de cumplirse.

El tiempo, que aquieta las pasiones, dirá su palabra.

Entretanto, a las estupendas palabras de Sagan y a la vista del maravilloso espectáculo del “ángel de Suecia”, nosotros agregamos, humildemente y con la Escritura: “El firmamento proclama la obra de tus manos, Señor.”

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