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Martes, 16 de Octubre 2018


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matatatatias

Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- El título de este artículo corresponde al primer versículo del Libro de la Sabiduría de las Sagradas Escrituras. La frase, aun siendo serena, tiene una contundencia tal, que equivale a un fuetazo a las piernas de los poderosos.

Pero no se piense que una admonición así está destinada a advertir o instruir solamente a quienes ostentan altos cargos de poder en una sociedad, puesto que quienes gobiernan este sufrido planeta no son solamente aquellos que tienen un puesto público que les confiere autoridad. No; también es aplicable a todo aquél que tiene una capacidad de influencia y pertenece a cualquier clase dirigente, sea política, social, militar, religiosa, cultural o económica.

Un líder sindical o el presidente del directorio de una importante corporación, un influyente escritor o un destacado periodista, un párroco, un predicador, un oficial a cuyo mando se encuentra un grupo de efectivos, una señora de estatus, un congresista o un dirigente universitario, el representante de los vendedores de un mercado o de un grupo de transportistas y, por supuesto, un alcalde de pueblo y un líder local, todos ellos, de una forma u otra, gobiernan la tierra, influyen en su entorno o círculo con su ejemplo, consejos, actos y decisiones, marcando una pauta que probablemente los influenciados sigan o traten de imitar.

La doctrina social de la Iglesia enseña que toda autoridad viene finalmente de Dios. “Tú no tendrías autoridad sobre Mí, si no te hubiese sido dada de lo alto” le dice Jesús a Pilato en el curso del interrogatorio al que este lo sometió. Ante esa afirmación Pilato no pudo responder. Se daba cuenta que había allí algo muy profundo que no tenía forma de contradecir.

Por eso, cuando una persona con autoridad, sea que tenga un cargo o una capacidad de influencia, se marea y, ebria de su posición, actúa injustamente, se pone en riesgo de perder legitimidad. Y perdida ésta, no es más que un cascarón sin sustancia. Los últimos escándalos en el Perú, que han puesto al descubierto una red de corrupción en el Poder Judicial, dejan eso en claro. La indignación ciudadana ha sido inmensa al constatar el modo vil en que se han venido manejando muchas altas autoridades, manchando sus nombres y los de sus familias.

Amar, es inmolarse hacia el ser amado; vivir por los ojos de quien se ama y dejar de ser uno para transformarse en el sujeto de su afecto. Amar la justicia es, pues, buscar ser justo en todos los actos de la vida aunque le cueste a uno, no escatimar a nadie lo que le corresponde aunque suponga desprenderse de algo, no pretender usurpar lo que a otro toca aun cuando nos apetezca.

Lo anterior tiene una múltiple implicancia. Aquél que tiene el poder de decidir sobre otro en cualquier asunto y tuerce su acción a sabiendas, por cualquier mezquino interés; o el que actúa con prepotencia o agrede gratuitamente a otro, actúa de modo injusto. Injusto es aquél que arrebata la tranquilidad a otro o, con mayor razón, aquél que arrebata la vida o infiere un daño a tercero, por mínimo que sea. Injusto es el que se apropia de lo que es de otro, así sea de un mínimo derecho como puede serlo una simple preferencia en el tránsito. Injusto es aquél que se aprovecha del esfuerzo de otro para sí, ya sea para satisfacer placeres mínimos o inmundos.

Y si todas esas acciones deleznables merecen rechazo, cuando no repudio, con mayor razón lo son cuando ellas son cometidas por alguien que “gobierna la tierra”.

Los romanos, capaces de genialidades tales como su orden jurídico, base y soporte de casi todo el derecho occidental, tomaban ciertas precauciones con aquellos que encumbraban. Los consulados eran conferidos por un tiempo, lo mismo que el sumo pontificado. Para procurar evitar los golpes de Estado de los generales victoriosos que regresaban hinchados de orgullo del frente de batalla, pusieron un límite distante de la ciudad de Roma, de manera que ningún ejército o tropa pudiera traspasarlo sin caer en desgracia y ser sometido al destierro. Llegado un general vencedor de los enemigos de Roma, hasta el límite permitido, el Senado romano podía, no obstante, concederle el “triunfo”. Consistía este en la procesión que por las calles de la Ciudad Eterna era autorizado a efectuar el vencedor, montado en un carro hermosamente adornado y tirado por caballos blancos enjaezados magníficamente. Con el general victorioso desfilaban sus tropas con relucientes cascos e insignias, portando los lábaros y los estandartes con las inscripciones “SPQR”, así como los carros repletos de trofeos seguidos de encadenados caudillos del pueblo vencido, no pocas veces ajusticiados a continuación de la ceremonia. Mientras realizaba su recorrido, el general triunfante era vitoreado por el pueblo que arrojaba pétalos de flores y agitaba paños o colocaba alfombras al paso del vencedor. Podemos imaginar la euforia del momento y el grado de exaltación interna del aclamado, ante el entusiasmo que despertaba a su paso.

Mientras recorría las calles en medio de este fantástico espectáculo, un individuo le acompañaba sobre el resplandeciente carro, sujetando sobre la cabeza del general una corona de laurel de oro bruñido. Este hombre tenía la obligación de susurrar al oído del general, de trecho en trecho: “Recuerda que eres mortal”.

Con ello, compensaban los romanos la ebriedad de poder que sentiría el general victorioso, haciéndolo poner los pies sobre la tierra para que la soberbia no le haga creer que lo puede todo. Claro, que lo que a veces no cuentan los libros, es que el Senado romano, generalmente acababa mandando asesinar o desterraba a los mejores generales como medida “precautoria” para evitar el retorno al régimen monárquico que detestaban. Hasta que llegó Julio César, cruzó el límite marcado por un riachuelo llamado Rubicón, sin autorización del Senado y se constituyó en dictador de Roma; pero esa es otra historia.

Baste para nuestros efectos, hacer notar lo necesario que es el que las personas y, en especial, quienes son encumbrados por méritos propios o por esos azares del destino, consideren que son mortales y que el obrar injustamente, si no le es cobrado en esta vida, lo será en la otra. Aquel que sube alto, considere que cuanto más se sube, más fuerte es la caída cuando se produce.

Por tal, las palabras del primer versículo del Libro de la Sabiduría que encabezan este artículo, debieran tenerlas grabadas en el alma todos aquellos que gobiernan la tierra, sea que ostenten cargos o no, de manera que sean la inspiración de todos sus actos. Con mayor razón, los que ejercen la judicatura ¡Qué interesante y formativo sería, con ocasión de la necesaria reforma del Poder Judicial, que en el frontis de los edificios de justicia, o en los principales ámbitos judiciales o gubernativos, se mandase colocar esa frase de la Escritura: “Amad la justicia los que gobernáis la tierra”!

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