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Martes, 16 de Octubre 2018


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Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- “Vimos al lado izquierdo de Nuestra Señora, un poco más alto, un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda. Al centellear despedía llamas que parecía iban a incendiar el mundo. Pero, se apagaban con el contacto del brillo que de la mano derecha expedía Nuestra Señora a su encuentro. El ángel, apuntando con la mano derecha hacia la tierra, con voz fuerte decía: “Penitencia, penitencia, penitencia”. Y vimos en una luz inmensa, que es Dios, algo semejante a como se ven las personas en el espejo, cuando delante pasó un obispo vestido de blanco. Tuvimos el presentimiento de que era el Santo Padre. Vimos varios otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una escabrosa montaña, encima de la cual estaba una gran cruz, de tronco tosco, como si fuera de alcornoque como la corteza. El Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó una gran ciudad, media en ruinas y medio trémulo, con andar vacilante, apesadumbrado de dolor y pena. Iba orando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino. Llegando a la cima del monte, postrado, de rodillas a los pies de la cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le disparaban varios tiros y flechas, y así mismo fueron muriendo unos tras otros los obispos, los sacerdotes, religiosos, religiosas y varias personas seglares, caballeros y señoras de varias clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la cruz estaban dos ángeles. Cada uno con una jarra de cristal en las manos, recogiendo en ellos la sangre de los mártires y con ellos irrigando a las almas que se aproximaban a Dios.” (Traducción de la visión conocida como el “tercer secreto de Fátima”, dado a conocer el 13 de mayo de 2000 con ocasión de la visita de Su Santidad San Juan Pablo II a Portugal).

* * *

Terribles noticias llegan de varias partes del mundo: en Chile la fe y la piedad han decaído tanto que hasta han quemado templos; monjas y sacerdotes son asesinados o perseguidos en países árabes y orientales, y hasta en Occidente cristiano; en la católica Irlanda la visita del Papa es perturbada por grupos organizados “exigiendo” que por enésima vez Francisco se pronuncie contra los abusos sexuales; en Argentina los colectivos que promueven el aborto y proclaman afrentosamente la homosexualidad pretenden atacar un templo defendido por jóvenes que, haciendo pared, defienden el lugar sagrado mientras rezan el rosario y son agredidos vilmente por los manifestantes; y un ex nuncio apostólico publica una carta en la que lanza acusaciones contra el Papa y pide su dimisión.

Durante casi dos mil años, desde que Cristo mismo nos legó Su Iglesia, Ella ha sido perseguida inmisericordemente por sus enemigos; sus hijos martirizados y ejecutados, sus templos y monasterios destruidos cuando pudieron hacerlo, su legado profanado, vilipendiado, deformado. Montañas de calumnias se han erigido contra Ella y el demonio de la división la ha herido todo cuanto ha podido, desgarrando poblaciones enteras y apartando de la unidad querida por el Señor, a muchísimos cristianos, que también vienen siendo, ahora, asesinados y agredidos en lo que pareciera una suerte de intento último de borrar de la faz de la tierra todo cuanto tenga el perfume de Cristo.

Nos encontramos en una coyuntura muy difícil, con un mundo desacralizado, en que los pueblos de todo el mundo han ido perdiendo paulatinamente la fe en sus dirigentes de toda clase volcándose hacia el escepticismo, en que ídolos de barro se levantan constantemente y son presentados por la media como el ideal al cual tender, sea por su hedonismo, su aspecto físico o su fortuna; en que la confusión de las ideas está llevando casi a que se pierda la luz de la razón y se actúe por impulso; y en que, lo que es más grave de todo, la mayoría de los católicos parece no tener como camino y meta de su vida, la práctica de la virtud.

Y, en medio de esto, aparecen aquí y allá casos aborrecibles y escandalosos de abusos sexuales por parte de sacerdotes o dirigentes católicos mezclados con acusaciones de encubrimiento y hasta de complicidad de miembros de la alta jerarquía, con el agravante que, ahora, ya parece bastar la mera insinuación contra un miembro del clero para arrojar sobre él una sombra terrible de duda y tergiversar la vastedad de la acción de sacerdotes y misioneros, de hombres y mujeres consagrados que a lo largo y ancho del orbe realizan una labor gigantesca de caridad cristiana, de atención, consuelo y protección de niños, mujeres y poblaciones vulnerables, así como de instrucción a todo nivel, y administración de los sacramentos; y, lo que es más significativo, que renuevan todos los días –los sacerdotes– el sacrificio de la Cruz que en todas partes concreta la promesa del Salvador de permanecer con los suyos hasta el fin del mundo.

Estamos, pues, viviendo la pasión de la Iglesia, que viene siendo crucificada, inclusive por quienes debieran defenderla. Eso es lo más doloroso. Que miembros del clero y católicos mismos, parecieran abocados a demoler ladrillo por ladrillo, el edificio sacrosanto de la fe y la estructura eclesiástica que lo sostiene.

El Papa puede, ciertamente, como cualquiera, equivocarse en muchas cosas que dice (la infalibilidad papal tiene una regulación y alcance específicos), puede hasta resultar imprudente o ingenuo políticamente; puede, inclusive, criticársele sin faltarle el respeto –en estricto no debe faltársele el respeto a nadie–, y discreparse de él, como de cualquier miembro de la Sagrada Jerarquía, dentro de los límites del derecho canónico. No hay duda de que el Papa Francisco se ha colocado en terreno peligroso más de una vez; pero adviértase que vivimos una era de cambios brutales, una era que exige de la Iglesia abordar temas que antes eran impensables. Y abordarlos con espíritu de caridad, tal como Cristo actuaba almorzando y recibiendo a prostitutas, fariseos y publicanos. La Iglesia, y el Papa, caminan ahora en medio de un campo minado, con enemigos que la atacan por todas partes; y en estos tiempos de redes sociales se toma, a veces, una sola frese de un discurso de diez páginas, para hacer escándalo sin considerar el resto del discurso; cada vez es más difícil, para cualquiera, explicarse: parece haber gente al acecho para ver en qué momento alguien al que se quiere abatir, dice algo que puede ser inapropiado, o comete una mera ligereza de lenguaje.

“El Papa es el rey de las almas de los católicos” escuché decir hace años al fallecido pensador católico Plinio Correa de Oliveira; “aun cuando un hilo finísimo me mantuviera ligado a él, besaría ese hilo con todo mi amor y lo sostendría con todas mis fuerzas”, continuó. Así que, mientras el Papa no incurra en una herejía flagrante, y se aparte él mismo expresa y conscientemente de la senda católica, cerrar filas con él es un deber de todo católico, le agrade o no el pontífice. Si durante algún pontificado, en el pasado, podía uno legítimamente sentirse aprensivo y tomar prudente distancia de algún miembro de la jerarquía o de algunos sacerdotes, al presente eso significaría exponerlos a ser demolidos por los malos. Todo católico debe pedir a Dios, le dé ahora fuerzas para poner el pecho primero antes de permitir que en esta guerra en que estamos ingresando, una bala cualquiera fuera a herir a un sacerdote o miembro de la jerarquía eclesiástica. Ya vimos que, en la Vía Dolorosa, Jesús pasó sin ser asistido más que por la Verónica y, un poco a la fuerza, por el Cireneo. No dejemos que esta vez, la Iglesia cargue su Cruz hacia el Calvario sin, siquiera, hacer una barrera contra las blasfemias, las ofensas y las piedras que le lancen.

El Papa, como cualquier ser humano puede, inclusive, haber cometido errores. Nada de ello lo descalifica. Hay una pacatería tremenda, promovida por muchos medios de comunicación, según la cual, todo aquel que cometió una falta, queda descalificado, sin importar si se sobrepuso, si pagó su error, si fue una debilidad humana, y sin ninguna otra consideración ni conmiseración. Y se llega al extremo de, ante cualquier situación pasada, se exige la renuncia so capa de “transparencia” o de búsqueda de la pureza total, como si los seres humanos no tuviéramos pecado original y se pudiese encontrar almas químicamente puras. Personalmente, me tiene sin cuidado si el Papa procuró ser prudente, si tuvo sus dudas de cómo actuar o cualquier otro motivo respecto de lo que se le acusa. Solo sé que él es el “dulce Cristo en la Tierra”; y, hacia él, se dirigen mis oraciones para que el Espíritu Santo lo ilumine y lo sostenga en la extremadamente difícil tarea de gobernar y orientar a los millones de católicos que, si se lo propusieran, serían capaces de inundar el planeta del amor y la misericordia de Dios, tal como hubiese querido Jesús, y nos lo enseñó en el tiempo en que tuvo a bien caminar al lado de los hombres.

Bueno es recordar, pues, la parábola en que el amo perdona al siervo que mucho le debe y le da tiempo para cumplir, y éste, sin embargo, maltrata al que a su vez le debía una muy menor cantidad. El amo hizo encarcelar y azotar al mal siervo que no fue capaz de tener la misericordia que se había tenido con él. Todos aquellos que morbosamente se atreven a señalar con el dedo al que cometió una falta y lo vapulean, midan cuánto deben ellos mismos, no sea que se les acabe cobrando con más dureza que la que aplican a otros.

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