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Lunes, 24 de Setiembre 2018


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Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- Nos parece una exageración la mención del señor Reggiardo de que las elecciones se encuentran “contaminadas”. Hay que tener presente que las elecciones constituyen una disputa, y como tal es comprensible que los contendientes busquen bajar del carro a los demás. Eso no debiera sorprender a nadie mientras se sigan las reglas de la decencia, el respeto debido al contrincante y las normas que rigen, no solamente el proceso electoral sino, en general, el ordenamiento completo del país. Por ello, más que contaminadas, las elecciones nos parecen plagadas de episodios alucinantes.

Si la Constitución permite vacar al Presidente de la República por incapacidad moral ¿sería dable que se elija a alguien cuyo comportamiento moral se encuentre francamente cuestionado? Ese es el primer episodio alucinante: la aparición de una multitud de plagios, no solo en las citas, sino de un libro completo, por parte del candidato Acuña; y que no tenga la honorabilidad de renunciar a su candidatura.

Podríamos, exagerando, entender hasta que no renuncie aduciendo que preferirá respaldar con su presencia –lo que queda de ella– a sus listas para el Congreso, para no debilitarlas. Pero, aun así, no es posible comprender la cerrada defensa que algunos integrantes de esas listas hacen de su líder. Gustaría ver qué dirían esos mismos defensores del señor Acuña si los miembros del Sodalitium Christianae Vitae salieran a defender al señor Figari frente a las serísimas acusaciones de que ha sido objeto, minimizándolas o aludiendo que, si hubo consentimiento de los jóvenes a los abusos, no pasan de ser “exageraciones” en que incurrió Figari.

Y ahora, resulta que un documento de propia autoría del señor Acuña, esgrimido para justificar el plagio del libro del señor Alvarado, contiene una firma falsificada, conforme a lo declarado por el propio involucrado cuya firma se ha reproducido por tercera mano. El señor Acuña no ha necesitado de ninguna “mano negra” para serruchar sus pretensiones. Él solo se ha hecho harakiri enredándose en su propio laberinto, igual que la señora Heredia con sus agendas o el señor Toledo con la adquisición de inmuebles por su suegra.

Cuando joven estudié inglés en el Británico; con cariño recuerdo a Mrs. Blair, una inglesa de clase media muy educada y digna. Ella comentaba en algunas clases cómo en la Inglaterra –de entonces, al menos– el peor insulto que podía decírsele a alguien era “mentiroso” (lier). Muy razonable. Si la vida en sociedad se plaga de mentiras, no existe seguridad ni previsibilidad para nada; la civilización queda en riesgo. Por algo nuestra cultura prehispánica forjó como uno de sus principios “ama llulla” (no seas mentiroso). En el Perú de hoy, por desgracia, se viene perdiendo cada vez más ese principio de orden moral contenido, inclusive, en un mandamiento de la Ley de Dios. Y vemos cómo, de mil formas, se busca evadir la verdad, o colocarse en sus fronteras “a ver si liga”; en lugar del comportamiento franco y honesto, propio de quien tiene la cara limpia. También nuestros antepasados indígenas acuña_ron otro principio importante: “ama sua”: no seas ladrón...

Otros episodios alucinantes son los que día a día vemos en relación a la candidatura del señor Guzmán. Comenzando por su frustrada rebelión consistente en “tomar las calles”, en abierto desafío al orden jurídico que él, si llegase a la presidencia, debería ser el primero en defender. Sumado a ello, las pobres resoluciones del organismo electoral, que más parecen un ping-pong entre instancias que no se deciden de una vez por todas a terminar con el compás de espera, acaban dejando un sabor de que se encuentran., más bien, midiendo los impactos políticos de sus decisiones. El señor Guzmán tuvo la osadía de declarar que si él fuera el candidato del Gobierno, entonces no estaría en estos trances; en otras palabras lo que dijo fue que los miembros del Jurado Nacional de Elecciones o de los órganos electorales, son digitados por Palacio de Gobierno. Y nadie le dijo nada. Sería interesante saber si el señor Guzmán, que ha tenido altos puestos durante el presente régimen, comparte o no las acusaciones que se le hacen a la esposa del Presidente, de entrometerse en el manejo de la cosa pública. Hasta ahora y hasta donde llega mi conocimiento, nadie se lo ha preguntado.

También es increíble que a la señora Keiko Fujimori se le siga atribuyendo haberse comportado mal con su madre, cuando la misma señora Higuchi, mamá de la candidata ha salido a apoyar públicamente a su hija; cuando ella con su hermana estuvieron presentes apoyando a su madre cuando esta fue electa para el Congreso, y cuando ella era una jovencita al momento de la separación de sus padres, y es injusto acusarla de favoritismos. Si de algo debieran acusar los mismos fujimoristas a la señora Keiko, es de no haber, al parecer, defendido francamente a su padre para sacarlo de la indebida prisión en que se encuentra. El que estas líneas escribe, tiene muy serios cuestionamientos al gobierno de los años 1990-2000, pero eso no impide cuestionar, en conciencia, que una persona –sea o no presidente de la República– sea condenada en base a una teoría jurídica en contraposición a las normas penales que, desde el derecho romano tienen que ser claras en la definición de los delitos. Una teoría jurídica, por respetable que sea, tiene su ámbito en lo académico; y, en todo caso, sirve para infundir la ley y producir su cambio; no puede aplicarse en derecho penal como si fuese derecho positivo. Tal aberración jurídica en que incurrieron los jueces que condenaron al señor Fujimori, evidencia que su sentencia tiene un fondo político; pero la señora Keiko ha dejado bien claro que la lucha por la libertad de su padre es por la vía legal y no por la vía política. Ello, nos resulta alucinante; es como si en una guerra en que a uno lo están destrozando por vía aérea, se empeñase en enfrentar al enemigo por la vía marítima o terrestre, en la que se encuentra en desventaja.

Un candidato que lanza improperios y lisuras agregando un elemento de agresividad que no viene al caso, como si en una elección habría de ganar el que “peche” más. Otro que no duda en conectarse a una entrevista con un evidente alto grado de alcohol en la sangre –al menos parece que no manejó–; y que además pretende crear una sensación de alarma injustificada al mencionar que tal vez no se realicen las elecciones. Otro cuya candidata a la primera vicepresidencia respaldó mentirosamente a su marido que siendo congresista fue interceptado y grabado borracho usando un vehículo del Estado para irse de juerga –y que, además, a pesar de la grabación, lo negó cínicamente–. Otro que, invitado a exponer planes contra la corrupción, se dedicó a denostar a sus contrincantes. Y otro del que no sabemos cómo sería un tercer gobierno: si como el primero o como el segundo, pues si cambió una vez podría cambiar otra. Y uno que deshojó margaritas para ver si renunciaba a su nacionalidad estadounidense y que lleva tras de sí una mezcla de gente que no permite saber qué posición podrían tomar en un caso dado.

Porque lo que más tienen estas elecciones, son episodios alucinantes. Las posiciones técnicas o ideológicas, a pesar de los tremendos esfuerzos que hace el periodismo, se pierden en el mar de las anécdotas. Cuando el señor Kenyi Fujimori acusó al señor Barnechea de que si estuviese en un pueblo joven parecería “un príncipe heredero”, el señor Beto Ortiz, muy convenientemente le respondió a modo de interrogación “¿qué parecería él en medio de una biblioteca?”. Ojalá en este tiempo que queda, pasemos a un enfrentamiento más serio y se despejen todos esos episodios alucinantes para pasar a discutir si el país necesita incentivar la gran empresa o la pequeña y mediana empresa; la gran agricultura y la gran minería o la pequeña agricultura y la pequeña minería; si ha de haber igual o diferente incidencia en incentivar la educación, la vivienda o la salud; cómo debe enfrentarse la corrupción o la proyección de la demanda de energía para poder seguir creciendo, o el poblamiento del país para aliviar a las grandes ciudades, creando fuentes de trabajo esparcidas en el territorio y acceso a las últimas tecnologías; si debemos seguir gastando tanto en armamento o tratar de ponernos de acuerdo con nuestros vecinos para afrontar juntos la carrera espacial; y otros temas no menos importantes en materia de cultura, vías de comunicación físicas y virtuales, orden en nuestro espectro legal, defensa del medio ambiente, patrullaje del mar, cuidado del recurso acuífero y, sobretodo, cómo rescatar nuestros valores, tan venidos a menos, y que son el punto de partida de la vida conjunta en orden hacia una senda que nos conduzca a la prosperidad y a la paz interna en bien de los que estamos en esta casa común que llamamos Perú y de las generaciones que nos sigan.

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