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Sábado, 21 de Abril 2018


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jajassd
Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- Frase genialmente ideada por el gran Alexandre Dumas y empleada como lema propio de la actividad detectivesca, recogida permanentemente en las novelas de misterio: “buscad a la mujer”, cuyo es el significado, no ha podido ser más precisa.

Y es que, generalmente, en la mayor parte de los enredos y en los crímenes pasionales, detrás se encuentra una figura femenina, sea inspirando o usada como pretexto por la mente enferma del criminal.

Fue el cristianismo, al extenderse por el mundo, el que reivindicó a la mujer al señalar la esencial igualdad de todos los seres humanos. Ya, por cierto, el judaísmo había hecho lo suyo y admirablemente, en medio de los pueblos paganos en donde las mujeres valían poco más que un objeto, procuró realzarla al punto que destacan las figuras de Esther, de Ruth, de Débora que llegó a ser Juez de Israel, y otras más. Todo ese impulso hacia la colocación de la mujer en un justo sitial alcanzará, con el cristianismo y, en especial, con el catolicismo, su punto culminante con el destaque de la Virgen María como madre del mismo Dios.

Por cierto, fuera del ámbito de influencia de las confesiones judeo-cristianas, a pesar de la civilización tecnológica en que nos encontramos inmersos, la mujer todavía sigue teniendo una posición de segundo orden en el concepto social. En contraste, las crónicas de viajeros desde inicios del siglo XIX, y la propia Flora Tristán, se muestran sorprendidos del grado de desenvoltura de que gozaban las mujeres en Lima, enteramente a la par de sus maridos, relatando que hasta montaban a horcajadas como los hombres, y con pantalón de montar.

Una serie de deliciosos relatos lo constituyen las “Historias de amor en la historia de Francia” de Guy Breton. A través de ellos, y recorriendo todas las épocas del devenir de esa hermosa nación, el autor nos va mostrando cómo en cada etapa importante y decisiva de sus aconteceres políticos, sociales, culturales y religiosos, una o varias figuras femeninas tuvieron un papel de primer orden. Desde Santa Clotilde por cuyo influjo el rey Clodoveo se encomienda al Dios de los cristianos y al vencer a su enemigo pide el bautismo, pasando por personajes como Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, Santa Juana de Arco, Madame de Pompadour, María Antonieta, la Emperatriz Eugenia y muchísimas más de una extensísima lista, las mujeres intervinieron decididamente para influirlo todo, sostenerlo todo, inspirarlo todo, y a veces también para confundirlo todo.

Desde que encontré ese conjunto de pequeños relatos, me pregunté si me sería posible escribir, algún día, “Historias de amor en la historia del Perú”. Porque sería estupendo contener en una sola relación las bellísimas y estupendas páginas de nuestra historia que escribieron mujeres como Mama Ocllo –aunque fuese legendaria-; como la iqueña que al tener rendido a sus pies al gran Pachacútec y ofrecerle este cualquier cosa que le pida, le solicita, pensando más en el bien de su pueblo que en sí misma, que disponga el inca que se haga un gran canal de regadío para que nunca falte el agua: tal, el origen de la hasta hoy existente “Achirana del Inca” que cargando en su cauce el líquido elemento sirve para regar una buena parte de los campos de la soleada Ica, aliviando la inclemencia a que la somete el astro rey.

La participación decisiva de Inés Huaylas Yupanqui en la afirmación de la conquista española y del mestizaje que ello produjo fundándose propiamente el Perú. Catalina Huanca y Santa Rosa de Lima, contemporáneas y amigas, y la consolidación de la fe religiosa. Isabel Barreto, tras la muerte de su esposo Álvaro de Mendaña, conduciendo a buen puerto y como jefa de la expedición, las naves que partiendo del Perú surcaron el Pacífico y descubrieron Oceanía. Doña Ana de Borja y Doria, condesa de Lemos y primera mujer que gobernó el Perú. La Perricholi, Micaela Bastidas, Rosa Campusano y las conspiradoras de la independencia, Manuelita Sáenz, que aunque no fuese peruana, tuvo influencia fundamental en Bolívar, y tantas figuras más que sería muy largo enumerar. En los tiempos recientes, cómo no recordar la figura señera de Violeta Correa, y hasta más cercanamente, el destaque que le cupo a la señora Karp durante el gobierno de su esposo. Y, ni qué decir de todo lo que se ha hablado hasta la saciedad de la participación de la señora Heredia durante el gobierno del presidente Humala. Claro está, que una suerte de historia del Perú vista por el lado de la influencia femenina, no podría comprender gobiernos muy recientes pues difícilmente el historiador podría despojarse de sus simpatías o antipatías políticas, corriendo el grave riesgo de teñir con la pasión del momento, la historia que debe procurar ser objetiva tanto cuanto posible. Si tuviesen que historiarse los acontecimientos más cercanos, probablemente habrían de acabar con la decisiva intervención de Matilde Pinchi Pinchi en el descalabro del régimen del presidente Fujimori, al punto del procesamiento y encarcelamiento del ex gobernante.

En todo caso, aun cuando no quepa historiar todavía sobre el presente para no provocar, además, controversias innecesarias y divisiones mayores entre peruanos, ello no impide que, al analizar políticamente el momento actual, no se tenga en cuenta la figura femenina detrás de los acontecimientos, siendo, probablemente, el factor común de todos ellos; de ahí que, seguramente, le cueste años al señor Guzmán desembarazarse de la sombra real o ficta que proyecta la señora Heredia sobre él. Y ni qué decir del forzado retiro al que se sometió al señor Urresti.

Resulta así, imposible, no aplicar en buena medida en estas elecciones, y al menos como telón de fondo, la famosa frase que encabeza este artículo. El apasionamiento que las luchas políticas traen consigo, no permitirá, hasta dentro de mucho tiempo, hacer un análisis objetivo de lo que realmente ha significado la señora Heredia en el lustro gubernativo que está por terminar. En puridad, no tendría por qué extrañar la existencia de alguien con mucha influencia. En todo gobierno hay personas que influyen más o menos en el entorno presidencial. Solo que, para bien o para mal, muchas actitudes de la señora Heredia no han contribuido para nada en aquietar los ánimos y, más bien, han abundado en dar la impresión de la existencia de un cogobierno.

El tiempo dirá su palabra. Por de pronto, la máxima de “cherchez la femme” continúa vigente.

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