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Jueves, 19 de Julio 2018


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Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- El próximo lustro que corre del 28 de julio de 2016 al 27 de julio de 2021, será el último antes del gran festejo del Bicentenario de nuestra independencia nacional proclamada por el General don José de San Martín, Libertador y Protector del Perú. En otros términos, toca al gobierno que estamos por elegir, conducir al país hasta el umbral del tercer centenario del Perú como país soberano.

Las fechas encierran simbolismos. Por eso, contamos las edades, conmemoramos todos los años diversas fiestas cívicas y religiosas y festejamos el inicio de cada nuevo año. Ello nos permite a los seres humanos poder ubicarnos en la dimensión temporal, así como con la ayuda de los sentidos nos ubicamos en las dimensiones espaciales. Y quizás sea por ello que, estando el espacio sujeto a la secuencia de los acontecimientos, arrastra consigo al tiempo –que no es otra cosa que la forma en que contabilizamos dicha secuencia– y lo sujeta también al efecto de la gravedad a que está sometido el espacio.

Pero en fin, para no desviarnos hacia los aspectos filosóficos que se hallan detrás de las concepciones científicas, quedémonos por el momento en algo más inmediato: dado el carácter simbólico de nuestro próximo Bicentenario, hemos de preguntarnos cómo quisiéramos que nuestra dimensión espacial conjunta se encuentre con la dimensión temporal el 28 de julio de 2021. En otros términos: qué país, qué sociedad peruana quisiéramos ser ese día.

Pienso, sin temor a equivocarme, que la inmensa mayoría de los peruanos, si se les plantease tener para esa fecha un país en donde los valores se respeten, respondería masivamente de modo afirmativo. Y es que, imaginemos por un momento que el Perú se transformase en un país en donde la honestidad, la disciplina, la consideración hacia los demás, la limpieza, el respeto a los mayores y en especial al anciano, el cuidado de los niños, el trato educado, respetuoso, galante y gentil hacia las mujeres, la cordialidad, el sentido de familia, la laboriosidad y tantos otros valores cívicos, fuesen lo común: ¿no sentiríamos que al menos en ese aspecto fuéramos ya de primer mundo, y uno de los primeros entre los primeros?

Del mismo modo, imaginemos un Perú en donde el 28 de julio de 2021 existiesen instituciones sólidas y respetables, cuyos entes gubernamentales actuasen con idoneidad, justicia y sentido del deber; en donde las organizaciones de toda clase, que se engranan para propender al bien común, se preocupasen por cumplir su cometido sin tener que perder tiempo en burocratismos, intrigas y enredos internos; en donde tengamos un Congreso que diera ejemplo de civilidad y preocupación por el bien público, sin robacables, comepollos o mataperros; en donde las leyes fueran el resultado de concienzudos análisis de sus efectos económicos, sociales, culturales y hasta sicológicos, y no de juegos de toma y daca. Que tengamos un Poder Judicial en donde el desdichado litigante no se sienta expuesto a que su contraparte le rompa la mano al juez y se le aplique una sentencia injusta, ni tuviese que esperar largos años para obtener una migaja de justicia. Un Estado que no parezca más, como al presente, el enemigo de los nacionales, sino el protector del pobre, del desvalido, del necesitado; que no malbaratee el dinero mientras año a año la sequía y el friaje le arrebatan a pobladores pobres los pocos recursos que tienen. Seguramente, una aplastante mayoría respondería afirmativamente en el sentido de que ese es el Perú que quiere.

¿Qué necesitamos entonces para que eso se dé? ¿Cómo se entiende que si la inmensa mayoría respondería afirmativamente, parezca tan difícil lograrlo?

Dos voluntades se conjugan para forjar un país: la de los gobernantes y la de los gobernados. Todos hemos escuchado hasta la saciedad aquello atribuido a Aristóteles de que los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Y es cierto; pero en dicha afirmación se encierran dos aspectos: no solamente es que el gobierno que se tenga sea el merecido por los gobernados, sino que son los gobernados quienes de modo directo o indirecto se prestaron a la existencia de ese gobierno.

Así, el devenir del Perú no depende solamente del gobierno que finalmente resulta electo en una elección, sino del concurso de todos los peruanos. Generalmente no se toma en cuenta que cada peruano es importante y representa al conjunto. Se dice, en materia de religión, que en nuestro padre Adán estaba resumido todo el género humano que le siguió, al modo en que los efectos se encuentran reunidos en su causa; y que, por ello, al pecar Adán, pecó el Adán-persona, pero también el Adán-humanidad. Algo parecido sucede con cada miembro de una institución o de un pueblo: cada uno, de cierta forma y para efectos externos, representa al conjunto al ser parte de él; por eso es que duele tanto cuando un miembro del clero actúa mal o comete inmundicias, pues no se desprestigia él, sino que afecta a toda la institución eclesiástica. Pues bien, también pasa lo mismo con los integrantes de un país: el portero de un consulado del Perú en el extranjero, por sencilla y simple que sea su función, nos está representando frente a cualquier visitante, y si lo trata mal o inadecuadamente, se afecta la imagen del Perú. Eso, es importante que el futuro gobierno ayude a que se internalice en la mente de los peruanos.

Lamentablemente, durante toda nuestra historia republicana, gobierno que subió persiguió a los que venían del gobierno anterior en una seguidilla sesquicentenaria, hasta que llegó Velasco y persiguió ya a todos los nacionales (no solamente con las reformas que constituyeron una expoliación de los bienes particulares, ejercida bajo la violencia de las armas, sino con la persecución política, la carcelería para el que tuviese unos cuantos dólares en el bolsillo o tuviese la desgracia de que un soplón le escuchase una crítica al gobierno, sino hasta penando con prisión a quien osase hablar –sí, hablar- contra la reforma agraria). Esta historia trágica de las persecuciones –qué interesante sería que alguien pudiese parafrasear a Alfonso Quiroz y su “Historia de la corrupción en el Perú” e investigase la historia de las persecuciones en el Perú– ha llevado a que las clases dirigentes del país se replieguen hacia sí mismas, levantando sus murallas de defensa, sea con Panamá Papers u otra modalidad, para tratar de defenderse de los futuros ataques. Recuerdo alguien que decía, con mucho acierto, que, antes de Velasco, difícilmente habría escuchado que alguien tuviese su dinero en el extranjero.

Pero lo más trágico, es que ese aislamiento de las clases dirigentes las ha llevado a desligarse del resto de la población; y así, tenemos, al presente, un país atomizado, con un grado de desconfianza tremendo entre los propios peruanos. Corresponde al gobierno atacar ese problema y generar un nivel tan alto de confianza, que recupere para el Estado y sus instituciones anejas su papel de garante de la prosperidad de los nacionales. Ello habrá de ir de la mano con la recuperación de las instituciones y de la práctica de los valores (a la Iglesia y las demás confesiones religiosas, toca, especialmente velar también por la recuperación de los valores morales).

Alguien se preguntará: qué es primero ¿el huevo o la gallina? ¿Será primero la recuperación de la confianza entre los peruanos, o la recuperación de los valores, o del prestigio de las instituciones? Pero la respuesta es sencilla: todos esos aspectos, son a su vez causa y efecto de los otros. Si bien, en el origen de la pérdida de los valores y de la institucionalidad existe un problema de confianza interna entre peruanos y de estos con sus gobernantes e instituciones, con el correr de los años esos problemas se retroalimentan entre todos, armándose una suerte de círculo vicioso. Pues bien: los círculos viciosos se cortan por cualquier lado, a semejanza de Alejandro Magno con el nudo gordiano*. Así que, si para efectos teóricos o curiosidad histórica pudiera discutirse durante largo tiempo qué sucedió primero, para efectos prácticos hay que atacar el problema con energía y por cualquier parte; no importa por dónde se comience, con tal de que se persevere. Y en ello, tanto el gobierno como cada peruano han de ser un actor principal y no secundario. El premio para el esfuerzo conjunto, no será otro que un país próspero, integrado, en donde la autoestima nacional alcance el nivel que debe tener y capaz de enfrentar con decisión el porvenir. Y, hasta probablemente, acabe cambiando, por fin, el resultado de nuestro fútbol.

* * *

Hace unos años, en la calle en donde quedaba mi oficina, pedía limosna una serranita ya mayor, sentada en el piso con su pollera gris, su blusa blanca y su chompa azul. Día tras día, desde que llegué a esa oficina, procuré que me dijese siquiera su nombre, el cual le pregunté decenas de veces sin obtener respuesta y a pesar de las limosnas que constantemente le obsequiaba. Un rotundo silencio y una mirada lanzada hacia la lejanía, ignorándome olímpicamente, era la respuesta cotidiana. Hasta un día en que me vino una genial idea: le pregunté su nombre en quechua. “¿Iman sutiyki?” le dije. E, inmediatamente, de forma automática levantó ella la mirada hacia mí y con su acento medio indígena, medio castellano, me dijo en alta voz: “Apolonia”. Se comprenderá mi alegría al haber logrado finalmente una conexión. Fue, más que nada un pequeño gesto como el de hablarle en su lengua materna, el que permitió el inicio de una enorme confianza que llevó a Apolonia a reírse cada vez que llegaba en mi carro aparentando que yo la fuera a atropellar o a buscarme cuando los municipales querían sacarla de la calle –¡como si a la desgracia de ser pobre hubiese que añadir la de ser perseguido!–.

Valores, confianza, institucionalidad: He ahí el reto más importante del próximo gobierno, más allá de las medidas económicas y del incentivo de tal o cual sector de la economía. Si algo puede estabilizar realmente la economía, es esa recuperación de los valores en nuestra sociedad, y de la fe que debemos tener en nuestras instituciones, con un fondo de confianza entre todos nosotros.

* A Alejandro Magno le fue presentado en una de las ciudades que conquistó, un nudo inmenso llamado “gordiano”, formado por una cuerda enredada decenas de miles de veces, y cuya leyenda decía que quien lo desatase, sería emperador del mundo. Alejandro no esperó a realizar una tarea interminable en la práctica, y de un solo tajo de su espada cortó el nudo en dos. Alejandro llegó a ser, con el tiempo, el amo de casi todo el mundo conocido.

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