Buscar en LA ABEJA:

Martes, 16 de Octubre 2018


Frase Cabecera 245px

funecu
Escribe: Manuel Castañeda Jiménez.- Hace poco más de una semana, manos asesinas quitaron la vida en plena misa, al sacerdote francés Jacques Hamel, de 85 años en la ciudad de Ruán, que siglos atrás presenció el sacrificio de Santa Juana de Arco condenada a muerte por un tribunal eclesiástico comprado por ingleses.

Esta vez no han sido cristianos matando a otro cristiano, sino unos muchachos musulmanes, miembros terroristas del llamado “Estado islámico”, imbuidos del fanatismo propio de quienes creen que Dios pudo haber creado a los hombres para que se masacren unos a otros.

¡Cuán lejos se encuentran otras confesiones religiosas del concepto de Dios misericordioso que contiene el cristianismo y que tanto nos lo recuerda el Papa Francisco, quien ha proclamado además este año como “El año de la misericordia” para recalcar, precisamente, uno de los atributos del Creador que tantas veces no se toma en cuenta!: El padre Hamel, muerto por odio a la religión católica, debe estar implorando al Señor, en el Cielo, piedad y misericordia para sus asesinos.

Pero el odio al catolicismo y a cuanto representa como guía moral de la humanidad, como freno a las bajas pasiones, como recordatorio de la existencia del pecado y de un cielo y un infierno más allá de la muerte, que conllevan el reconocimiento de la fragilidad del hombre y de la necesidad de que acepte con humildad servir a su Señor y Dios, no se manifiesta solamente con esta clase de bárbaras acciones que dieran, a veces, la impresión de estar destinadas a crear una atmósfera similar a la de mediados del siglo XI, cuando las atrocidades cometidas por los turcos contra los peregrinos que iban a Tierra Santa, acabaron produciendo la reacción de Occidente al grito de “¡Dios lo quiere!” y desatando las Cruzadas, que acabarían al morir San Luis, rey de Francia.

Son múltiples las formas de expresión de ese odio. Además del odio frontal, está también un odio camuflado de mil modos. Las manifestaciones de ese odio contra la religión católica van desde la mofa o burla sobre las cosas más sagradas de la religión hasta el abierto enfrentamiento intelectual y la denigración de sus líderes. La persecución a la Iglesia Católica no es algo nuevo. A través de sus dos milenios de existencia, no ha habido día en que en alguna parte del planeta los católicos no hayan sido perseguidos, ultrajados, despreciados y hasta muertos por confesar su fe y recordar a los otros las enseñanzas que recibieron de sus mayores hasta remontarse a Cristo, quien encomendó, especialmente a sus apóstoles, que las transmitiesen a los demás, principiando con ello una sucesión apostólica a través de los obispos, principales encargados de guardar el depósito de la fe e irlo transmitiendo a los demás directamente y por medio de los sacerdotes y predicadores.

No hay duda de que así como los apóstoles huyeron cuando Jesús fue capturado en el Huerto de los Olivos, y Pedro hasta cometió el tremendo yerro de negar tres veces a su Señor, los obispos puedan también equivocarse, padecer una debilidad humana o faltarles un determinado conocimiento. No es por nada que el Papa Francisco pide constantemente que se rece por él. Hemos visto, especialmente en estos últimos años, cómo altísimos dignatarios eclesiásticos, inclusive, han estado acusados de los actos más reprobables cometidos contra pequeños. Y no han faltado tampoco escándalos patrimoniales o de corrupción.

Por ello, muchas veces se ve que personas de la mejor buena fe, sufren desánimo, escepticismo o tibieza en relación con los asuntos de la religión, y muy destacadamente frente al clero, por penosas experiencias que pueden haber tenido, y acaban tentados de abandonar la Iglesia por causa de ello, sea para engrosar las filas de otras vertientes cristianas o para, simplemente, pasar a vivir como agnósticos o como ateos prácticos.

Nada de ello es, en esencia, justificable, pero sí se comprende que suceda. No todas las personas tienen la misma instrucción religiosa ni la misma formación anímica. Y las personas de alma sencilla, que ven su confianza defraudada, no siempre tienen la fortaleza suficiente para aguantar el duro golpe de una decepción; el demonio es, en la concepción católica “el padre de la mentira”.

S.S. Pío XII, al describir los grandes rasgos de la historia humana -y teniendo como fondo de cuadro las palabras de su antecesor León XIII quien, refiriéndose a la Edad Media expresó que fue una época en que el espíritu de los Evangelios gobernó los Estados-, resumió con tres frases la decadencia espiritual de la Cristiandad medieval: primeramente, dijo, el protestantismo emergió para lanzar el grito “¡Iglesia no!”; tiempo después, el racionalismo y la Revolución Francesa proclamaron “¡Iglesia no, y Cristo no!”; hasta que llegó el ateísmo comunista para proferir el grito impío “¡Iglesia no, Cristo no, y Dios no!”, y hasta “¡Dios jamás existió!”.

Mucha agua, pues, ha corrido bajo los puentes en estos siglos, y hoy nos encontramos en una situación en que las energías morales de los pueblos que antaño formaron la Cristiandad, se encuentran adormecidas, y casi nadie es capaz de salir en defensa de la religión y de sus líderes. Similar situación se dio en la Inglaterra previa a la imposición del anglicanismo por Enrique VIII, frustrado en su capricho de querer casarse con Ana Bolena a quien, no obstante, hizo decapitar más adelante, después de haber regado el suelo inglés con la sangre de centenas de mártires que prefirieron morir antes que desligarse de la Iglesia, sacrificados en aras de la soberbia y la lujuria del rey, ante los ojos temerosos, indiferentes o cómplices hasta de importantes miembros del clero.

De igual modo, y aprovechando la debilidad de la corona de Francia y la efervescencia revolucionaria, Jean Paul Marat, a través del L’Ami du peuple se encargó de denigrar a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, acusándolas de los hechos más infamantes, creando la atmósfera que dio lugar a las “masacres de setiembre”. Fue esta, probablemente, la primera vez en que los incipientes medios de comunicación fueron empleados para esparcir mentiras, infamias o visiones personales cargadas de odio y de mentiras, por parte de quien tenía la ventaja de usarlos.

Es innegable que todo ser humano intenta siempre que su entorno sea lo más parecido a él que se pueda. No es de extrañar, por tanto, que los medios de comunicación transmitan también las opiniones de sus detentores o propietarios, del mismo modo como cualquier educador u orador transmite sus conocimientos y expone ante los demás sus puntos de vista. Pero lo que no se puede admitir, es el abuso de una determinada posición para dañar a otro. Múltiples son las circunstancias agravantes de ciertos delitos, señaladas en nuestro Código Penal para el caso de abuso de una posición dominante o de influencia.

Es por ello que resulta necesario rechazar el cargamontón que diversos medios de comunicación han efectuado contra el Cardenal Cipriani a raíz de una expresión poco feliz que hiciera en un programa reciente. Más allá del asunto particular en sí, no es posible obviar el hecho de que cada vez que el Cardenal, conversando como puede conversar cualquier persona, o expresándose ante un auditorio determinado, “se va de boca” como se dice vulgarmente, tal circunstancia es aprovechada para hacer un escándalo mayúsculo sin reparar en todo el contexto en que las palabras fueron dichas, en el fin con el que han sido expresadas o, inclusive, en el momentum en que, como persona, podría encontrarse el involucrado. Nadie se pregunta si el Cardenal tuvo mala noche por algún motivo, si se encontraba resfriado o cansado, o si estaba influenciado por dimes y diretes que seguramente debe escuchar a diario. Respecto de él, no existen contemplaciones ni atenuantes posibles. Como es el Cardenal, está obligado a que cada palabra sea la exacta, y si se sale un poquito, pues merece el más atroz “callejón oscuro”: nada más injusto.

Si es así, entonces vamos por partes y cucharadas: si tanto se le exige, entonces tanto se le debe respetar. Entendámonos: o el Cardenal puede cometer errores y es como cualquiera y entonces no se justifica escándalo alguno, porque igual tendría que hacerse escándalo de cualquiera que diga una tontería en un bar; o bien el Cardenal es una figura de principal importancia, y entonces sus declaraciones deben ser meditadas serenamente y preservarse la objetividad al calificarlas.

Sin embargo, no es eso lo que vemos. Las acusaciones contra monseñor Cipriani son descargadas a modo de metralla a través de muchos medios, y proviniendo de diversas canteras. Se llega hasta a faltar el respeto a la inteligencia de los peruanos y de los católicos, cuando una líder feminista tiene la osadía de expresarse en el sentido de que, como el Perú es un Estado laico, el Cardenal debiera callarse y no meterse en los asuntos públicos!! Es decir, que para todos existe la libertad de expresión y la libertad de opinión, excepto para el Cardenal o –seguramente eso diría la feminista– para quienes piensen como él o para quienes opinen respecto de cualquier asunto desde la perspectiva de la religión.

Es el imperio de la intolerancia propia de las filas de la izquierda a las que son conducidas tantas personas de buena fe y que, sanamente motivadas por una sensibilidad social absolutamente necesaria, son bombardeadas con frases cliché que, con apariencia de verdad –como aquella de que “el Perú es un Estado laico” –van mellando las resistencias ideológicas o doctrinales y haciendo resbalar a muchos hacia los abismos a los que conduce la visión socialista del mundo; de modo similar al abismo al que contribuyó Marat con sus libelos y con la basura que a diario esparcía contra cientos de personas cuyo solo delito fue el de haber nacido con determinada posición social o económica.

Quienes así actúan se parecen a aquellos malos policías que cuando se produce una nueva señalización o un cambio de dirección del tránsito en una calle, en lugar de advertir a los conductores para que no cometan errores, se agazapan tras de una pared para ver a cuántos incautos o distraídos “pescan”. Así actúan muchos periodistas y personajes, incluso de la insoportable farándula local, con el Cardenal: se ponen al acecho a ver cuándo se le pasa la mano en alguna frase o simplemente, cuándo pueden coger una expresión suya para sacarla de contexto y descargar su furia; cosa que no hacen contra ningún sacerdote, religioso ni autoridad que se encuentre real, o aparentemente, más inclinado a la izquierda o a posiciones liberales.

Mucho se asemejan a aquellos de quienes dice el salmo: “El malvado espía al justo e intenta darle muerte; pero el Señor no lo entrega en sus manos, no deja que lo condenen en el juicio”.

Quienes atacan injustamente al Cardenal se enmarcan, quieran o no, en la línea de toda la persecución religiosa que sufre y ha sufrido la Iglesia en toda su historia. Y se olvidan, todo indica que a propósito, de que cuando se dio el caso de las esterilizaciones en los 90, quien levantó su voz para condenar fortísimamente tales hechos, fue precisamente Cipriani, en ese entonces Arzobispo de Ayacucho, cuya amplia labor social en esa región asolada por el terrorismo comunista, nunca ha podido ser desconocida.

Lo que sucede, es que lo que menos le perdonan los liberales que vienen promoviendo la desarticulación de la familia y de las resistencias morales de la población, es que Cipriani, cada cierto tiempo recuerde abierta y palmariamente la existencia del pecado. El católico sabe que existe el bien y el mal, tal como el niño aprende que aquello que le quema es malo y merece rechazo, y aquello que le da bienestar es bueno y merece su aprobación. Afirmar que las niñas, muchas veces se ponen como en un escaparate y ello conlleva a hombres a la violencia, es absolutamente cierto. Un dicho popular universalmente conocido es el de que “la ocasión hace al ladrón”. ¿Acaso ese dicho justifica el robo? ¿Acaso ese dicho supone culpabilidad o complicidad en quien produjo la ocasión? Nada de eso. Pueden existir muchas explicaciones para la puesta de la ocasión por parte de la víctima del robo: simple descuido, ingenuidad, excesiva confianza, etc. Del mismo modo, una niña vestida de manera provocativa no tiene ni puede tener la culpa de que un insano ejerza violencia contra ella. Solamente debe llevar a que quienes tienen la responsabilidad sobre cómo se viste la niña, le aconsejen para que no se exponga; la lleven a vestirse con mayor discreción. Pensar que el Cardenal quiso condenar o maltratar a las niñas que se visten provocativamente, o culparlas de la violencia que se ejerce contra ellas, es sacar la frase del contexto en que lo que estaba comentando es, precisamente, causas y situaciones de violencia contra la mujer. Tan ilógico como pensar que los hombres no van a voltear al ver pasar a una mujer que se viste destacando sus partes íntimas. Si no fuera así, si la naturaleza humana que implica el instinto sexual fuera tan fácilmente reprimible, no existirían los locales de strippers, ni se emplearía a la mujer como un objeto para promocionar toda clase de productos (aunque cada vez más se observa que se emplea hombres-objeto).

Claro está, que la sociedad requiere un saneamiento moral. Cada día se nota un incremento de la violencia contra la mujer. Ya los antropólogos o los sociólogos nos dirán si ese incremento va de la mano con el incremento general de violencia que se percibe, o tiene características propias. El problema ha llevado a que los legisladores hayan incluido una figura especial en el Código Penal, denominada “feminicidio”. Y se entiende que, justificadamente, muchas organizaciones y lideresas femeninas estén atentas y activas en tratar de reducir esos delitos. Pero tales organizaciones y lideresas no deben perder de vista que su mejor aliada para ello es la moral cristiana, porque esta al recordar la idea del pecado, constituye el mayor freno a las pasiones desordenadas pues salvo casos raros, casi todas las personas saben que lo más precioso que poseen es su alma, y ésta se encuentra destinada al Cielo, para lo cual debe procurar hacer el bien y rechazar el mal.

Lejos, por tanto, de hacer escándalo cada vez que Su Eminencia dice algo que, sacado de contexto y malinterpretado sirve para “caerle encima”, deben meditar sobre lo dicho y, si fuese el caso, opinar diferente, en contra o a favor, pero sin buscar de acusar la desafortunada expresión como si se tratase de “otra monstruosidad de Cipriani”, personaje que habla constantemente por radio, televisión, dando sermones y discursos, y que de millones de frases y expresiones que ha vertido en su vida durante miles de horas, sus enemigos extraen una o dos vertidas en pocos segundos, para esgrimirlas como bandera de insurgencia contra la religión y los curas.

Con las acciones del Estado Islámico propagándose por el mundo, el cuidado ha de ser mayor aún; no sea que, al igual que Marat, todos esos forzados escándalos acaben debilitando más todavía la conciencia cristiana de Occidente, y acabe siendo pasto del fanatismo musulmán que quemaba bibliotecas enteras mientras los monjes trabajaban arduamente para conservar para la posteridad los pocos libros que se pudieron salvar de la antigüedad luego del paso de los bárbaros.

Col arriba
Correccion Disenso
Columna Contra Mundum
Columna PinceladasCol 002
Columna 09
Columna Patrimonium
Columna 11Col Dario Enriquez chico
Col Manifesto
Col morrocotudo
Col Ganzalez
Col A primera vistaCol 001Columna Pepe Ladd
Col El higadoCol Libertad bajo palabraCol Elvis
Col A tempo
Columna 14
Col 02Col B CriolloColumna 16Correccion Sin sendero
Col Aldea VCol 05Col Desde el solar trujillanoColumna 17Col ENTREVISTASCol Varios

EXTRANJEROS TITULO
Extranjeros 01Correccion Pensando en voz altaCol bolivianoEXTRANJEROS LechinCol Cubano 06Correccion Agustin LajeExtranjeros 05
Extranjeros 06
Extranjeros 07Col Venezuela futura
Extranjeros 08
Extranjeros 09Correccion Carlos Sanchez BerzainCol 03 CubanoExtranjeros 10

Si desea...

Identificarse Registrar

Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *