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Domingo, 25 de Junio 2017


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Cabecera Libertad bajo palabra

 

Escribe: Héctor Ñaupari.- Arthur Rimbaud, causante del rompimiento del matrimonio de su amante Paul Verlaine, desertor y traficante de armas. William Burroughs, morfinómano y asesino involuntario de su esposa Joan Vollmer, a la que le disparó en drogas creyéndose Guillermo Tell. Maurice Sachs, estafador, ladrón, espía de la Gestapo. Jean Genet, ladrón también, prostituto, falsificador de documentos, rufián, con diez condenas y a punto de ser sentenciado a cadena perpetua. Louis Ferdinand Céline, confeso antisemita, colaboracionista con los nazis, declarado desgracia nacional en Francia. Norman Mailer, alcohólico, agresor de su segunda mujer, a la que acuchilló, “descubridor” del asesino devenido en escritor Jack Abbott, al que logró poner en libertad y que volvió a asesinar a poco de salir de la cárcel.

 

Todos estos escritores delincuentes – y muchos más, porque la lista es muy larga – comparten dos rasgos en común: ser grandes renovadores de la literatura de su tiempo, y ser a su vez protegidos o mimados por amplios sectores culturales, “progresistas”, bien o mal pensantes, que pasaron por agua tibia sus crímenes, los negaron abiertamente, o los silenciaron con bochornosa complicidad, en nombre de la amistad, del compadrazgo ideológico – todos, en diversa medida, compartían las siniestras coordenadas de la izquierda, desde el nacionalsocialismo hasta el anarquismo y el comunismo – y de esa actitud en manada tan propia del socialismo, donde cualquier condena a alguien de los suyos es una abierta concesión al enemigo, y que se sintetiza de manera rotunda en la frase de uno de sus santones, Jean Paul Sartre: L’enfer c’est les autres – el infierno son los otros –. Y, claro, el reverso de esa moneda nos dice: el paraíso somos nosotros.

 Gustloputver

El tema viene a cuento porque el escritor y crítico literario progresista Gustavo Faverón ha sido acusado de acosar sexualmente a una decena de mujeres a través de las redes sociales. Y ha sido, por supuesto, defendido con uñas y dientes por esa progresía limeña con los mismos y manidos argumentos de siempre: desde la patética comedia de errores – de ¡mujeres! que intentan hacer parecer gracioso el acoso sexual: a mí también me mandaron mensajes insinuantes y me pareció divertidísimo – hasta la descalificación abyecta de las ultrajadas y señalar a quien ose denunciar estos hechos de ser poco menos que un sátiro, un inmundo y un deshonesto. Mención aparte merecen los grandilocuentes calificativos sobre la obra literaria del acosador, que más que por ésta – escasa, por lo demás – es de sobra conocido por vituperar a sus reales o imaginados enemigos ideológicos, políticos, culturales, literarios y otros, a extremos de obsesivo delirio, sin tregua ni cuartel, pero sólo a través de las redes, nunca cara a cara, y que explicaría, en primer lugar, porque la emprende contra señoritas por medios virtuales con esa misma impertinencia; y, en segundo término, porque, en lugar de afrontar con un mínimo de dignidad estas acusaciones tan fáciles de desbaratar de ser falsas, sencillamente haya decidido cerrar sus cuentas y que, como bien señala el colectivo Ni una menos, haya dejado “a las denunciantes solas y expuestas en el debate público, mientras que (Faverón), convenientemente, desaparece del mismo, (hechos que) han despertado reacciones que no podemos sino rechazar de manera tajante. (…) Esperamos que las mujeres que han hecho pública su denuncia encuentren justicia. Esperamos, también, que el acusado no se esconda detrás del cierre de sus redes sociales, sino que dé la cara”.

 

Pero, con todo lo penoso que tiene este asunto, hay que resaltar dos cosas todavía más lastimeras. La primera, que Gustavo Faverón no es – hasta ahora – Rimbaud, ni Burroughs, ni Genet, ni Céline, ni Mailer. No es el gran modernizador de la narrativa peruana, como Mailer de la americana. No es el poeta que da el paso siguiente al género príncipe, como Rimbaud en Francia. No es el padre de una generación literaria – los beat – como Burroughs. No es quien lleva la lengua de los bajos fondos franceses a una nueva frontera, como Céline. No es el autor de la gran obra crítica que desentrañe, a través de las obras de nuestros escritores y poetas, el por qué somos los peruanos cómo somos y cómo seremos mejores o estamos condenados a permanecer así. Sus pésimas acciones ni siquiera alcanzan la cota de perversa fascinación que, en el caso de los literatos reseñados al inicio de este artículo, les hace todavía más interesantes, si cabe. Que sus defensores sepan esto, pues lectores instruidos son, y lo callen deliberadamente para decirnos lo distinguido y buen escritor que es, dice mucho de ellos. ¿A quién y qué defienden?

 

La segunda, que resulta nauseabundo que la progresía peruana quiera que nos tomemos, porfiadamente y a la fuerza, la sopa rancia de su doble moral.

 

 

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dora

Escribe: Héctor Ñaupari*.- Conocí a Dora Ampuero en 1999, en un evento organizado en Lima por el doctor Enrique Ghersi, siendo un poeta y articulista aún en ciernes, sin ningún libro publicado y apurado por diversas tareas – esto último sigue igual –. Me impresionó desde el primer momento: era la dulzura y la firmeza personificadas. Parecería una contradicción en términos, pero no: la encantadora suavidad de sus maneras iba acompañada de una solidez a prueba de todo en sus convicciones liberales.

Su explicación sobre la indisoluble condición de la libertad con la responsabilidad, su cruzada por la dolarización en Ecuador, que salvó a su país de derrumbarse del todo cuando el socialismo del siglo XXI arribó a sus costas, su esfuerzo por acercar al gran público – y en particular, a los más jóvenes – a economistas profundos como Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek y Milton Friedman, reforzaron para siempre mi certidumbre sobre el liberalismo, pensamiento motor de la civilización occidental, contagiándome de un fervor por la libertad que hasta hoy me acompaña y que, en ese ya lejano año, se encontraba salpicado de dudas, esas cosas imperceptibles pero agobiantes que pasan por la mente de un joven cuando tiene que tomar decisiones que definirán para siempre su vida y su quehacer.

Dora Ampuero me enseñó que se debe cuidar de la libertad con la misma dedicación con que se cuida de un hijo enfermo, con la misma valentía con que se protege una familia. Con vocación singular, con esa diaria tenacidad que tiene en ver a la descendencia crecer y multiplicarse la mayor recompensa. Con la amorosa cercanía que nace de una entrega sin límites, ésa que deja la huella imperecedera de los padres en los hijos, y que, cuando éstos hacen lo correcto, con los valores que aprendieron de su ejemplo, se dicen a sí mismos, como en el cuento Página de un diario del narrador peruano Julio Ramón Ribeyro: “Pero si soy mi padre –pensé. Y tuve la sensación de que habían transcurrido muchos años”.

Dora Ampuero me hablaba de lo indispensables que eran las libertades económicas y políticas para nuestros países como si de la dedicación a sus seres queridos y su preocupación permanente por ellos se tratase, como si estuviera abrazándolos en ese mismo momento. No quise – o no pude – dejarla caer en el olvido, y la tuve siempre presente cuando mi aciaga vida me llevó por Salamanca, Quetzaltenango y Lima. Andando el tiempo, cuando, tomada la decisión – gracias a ella y a otros más – de dedicarme a predicar el liberalismo, empezó a nacer la idea de crear un grupo de organizaciones liberales para apoyar a nuestra tradición de pensamiento – ese sueño hecho realidad llamado Red Liberal de América Latina – su nombre, y el del think tank que creó, el Instituto Ecuatoriano de Economía Política, estuvo entre los primeros lugares para integrarlo. No nos cabía duda que el IEEP, fundado en 1991 por Dora Ampuero, ejercería esa misma docencia transformadora que, como me decía una de tantas tardes en que conversábamos, obró en ella cuando estudió en la Universidad George Mason, cambiando las ideas socialistas que le fueron inculcadas en la Universidad de Guayaquil, y que hicieron que una de las misiones de su Instituto fuera dar a conocer las ideas de la libertad a los estudiantes de los colegios, para que la ideología adversaria no los contaminara entrando a la universidad y errasen su camino.

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Escribe: Héctor Ñaupari.- En América Latina, cuando se pregunta a los taxistas que colocan la imagen del Che en sus vehículos o a los jóvenes que lucen el rostro del guerrillero en coloridas camisetas sus razones para hacer tal cosa, se nos responde con la vaga justificación que el Che “luchó por los pobres” o “por sus ideales”. Esta respuesta no debe asombrarnos, si lúcidos intelectuales afirman sin titubear que los niños de la Europa del XIX eran explotados bárbaramente, a pesar de la demostración en contrario de distinguidos historiadores económicos como T.S. Ashton y R.M. Hartwell, o economistas como William H. Hutt y Ludwig von Mises, los cuales aclararon cómo la revolución industrial incrementó notablemente la vida de las masas, expandió la natalidad y el bienestar, gentes menos instruidas pueden creer que un asesino en serie es un justiciero social, una suerte de Cristo de los pobres al que hay que adorar y rendir culto.
Un par de ejemplos anecdóticos de esa veneración delirante las encuentro en mis recuerdos: en mis años mozos nos recibía una estatua del Che Guevara a la entrada de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Marcos, hecha con más ganas que con verdadero arte, ante la cual muchos se arrodillaban; incluso, recuerdo que uno de mis condiscípulos de entonces se llamaba Gerardo Che Janampa, en homenaje al médico rosarino, lo que decía con orgullo entonces, como joven y disciplinado socialista que era, y hoy pretende no recordar, convertido ya en dedicado empresario.

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Escribe: Héctor Ñaupari.- Que los estudiantes de mi alma mater, San Marcos, hayan pasado de rechazar a sangre y fuego a la Policía Nacional del Perú, a rogar porque los protejan de los crímenes de los que son víctimas a diario, es de una ironía trágica. Que hace unas semanas dos decanos de la Universidad San Luis Gonzaga de Ica se hayan enredado en una trifulca con conatos de pelea de callejón es la viva imagen de la decadencia de la universidad pública. A pesar de estos dos botones de muestras, y otros más, siempre resulta un tema muy polémico el que se presenta con el título de este artículo. Casi todos los estudiantes de las universidades públicas y privadas están en contra de las privatizaciones en general –y en particular de la que concierne a la educación y a las universidades–.

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