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Miércoles, 21 de Febrero 2018


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Escribe: Héctor Ñaupari.- Que los estudiantes de mi alma mater, San Marcos, hayan pasado de rechazar a sangre y fuego a la Policía Nacional del Perú, a rogar porque los protejan de los crímenes de los que son víctimas a diario, es de una ironía trágica. Que hace unas semanas dos decanos de la Universidad San Luis Gonzaga de Ica se hayan enredado en una trifulca con conatos de pelea de callejón es la viva imagen de la decadencia de la universidad pública. A pesar de estos dos botones de muestras, y otros más, siempre resulta un tema muy polémico el que se presenta con el título de este artículo. Casi todos los estudiantes de las universidades públicas y privadas están en contra de las privatizaciones en general –y en particular de la que concierne a la educación y a las universidades–.

Si bien los estudiantes de las universidades privadas estarían contra una hipotética estatización de sus claustros, lo cierto es que una mayor seguridad o mejores autoridades serían el resultado de una administración privada de la universidad pública peruana, incluso sin cobrar pensiones a los estudiantes: en San Marcos, el 50% proviene de “recursos propios” que no es otra cosa que lo cobran a los estudiantes por postular, a los profesionales por sus estudios de postgrado, a los escolares de último año por su academia pre-universitaria, el estadio universitario a los grupos religiosos y a las bandas de rock – a las que antes la izquierda que gobierna, hasta hoy, a los estudiantes, había impedido actuar–, y así. En esos casos la decana de América se olvida que es “pública” y “popular”.

El problema de fondo es el “relato”. La corrección política que impera obliga a todos a considerar que la universidad pública está dedicada a estudiantes de recursos nulos o muy escasos. Y lo dicho líneas arriba demuestra cuán lejos se está de esa realidad, y sólo el espejismo del relato es lo que anida en las mentes y corazones de la opinión pública.

La verdad es que todo el mundo reduce los términos “privado” y “público”, cuando se refiere a las universidades, al dinero que se paga o no en ellas. A esta estrecha visión contribuyen los argumentos de incontables especialistas, educadores y dirigentes estudiantiles de la comunidad universitaria, cada uno con su jerga especializada y altisonante, hecha, como decía don Pedro Beltrán al referirse a los economistas, “para impresionar a los indígenas”. Por ello creo que un relato nuevo, donde el sentido común debe imponerse, es indispensable para tratar este asunto. Lo privado se define como el conjunto de cosas o aspectos que son de dominio exclusivo de una o varias personas asociadas que cooperan entre ellas para alcanzar un fin que sólo a ellas interesa. Además, este dominio exclusivo se opone a todos los demás miembros de esa sociedad en que lo privado está protegido por la ley.

Lo público, en cambio, a todos pertenece. Y si invertimos la idea, vemos que a nadie. Sin embargo, como todos los particulares no se pueden encargar de lo público simultáneamente dejamos que un ente en el que “estamos representados” se haga cargo. Dicho ente es el Estado. Así, éste opone su dominio exclusivo sobre las cosas o actividades públicas, como un particular con aquello que es suyo. Si trasladamos este análisis al caso de las universidades, constatamos una terrible verdad: que en ellas nada es privado, todo es público. Veamos: ¿De quién depende que una universidad funcione o no? Del Estado. ¿De quién depende que un título de educación superior sea válido o no? Del Estado. Y ¿acaso la estructura administrativa de las universidades no es igual, sean públicas o privadas?

Así, los estudiantes de universidades privadas y públicas que protestan contra la privatización de las universidades del Estado lo hacen sin considerar que están atrapados en las redes de este ogro que no tiene nada de filántropo, contribuyendo a que miles de jóvenes no disfruten de los beneficios de una educación de dominio exclusivo de los interesados, es decir, ellos mismos, y no participen en el diseño de los planes académicos ni capitalicen su esfuerzo al máximo, en un claustro público que los desampara y que vive, en verdad, de cobrarles.

El cambio del relato es lo primero, queridos estudiantes. En cuanto sean más realistas, tendrán una universidad donde no lo asalten, ni sus autoridades salgan a pelearse de modo tan ruin. Empiecen ahora, por el bien de ustedes y del Perú.

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