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Martes, 23 de Octubre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Nunca imaginó el almirante Don Cristóbal Colón que aquella mañana del 12 de octubre de 1492, se llevaría el chasco de su vida. Al anochecer del día anterior 11 de octubre, mientras las tres carabelas navegaban una detrás de la otra en medio de un océano desconocido –ya los marineros habían intentado amotinarse poco antes aterrados de navegar hacia lo desconocido y no hallar tierra-, el marinero sevillano de La Pinta, Juan Rodríguez Bermejo –que algunos llaman Rodrigo de Triana- comenzó a gritar “Tierra, tierra”. Colón salió de su camarote en la Santa María y miro con detenimiento el horizonte. Efectivamente, una línea oscura se atisbaba en el horizonte. Mandó avisar a las otras naves, que navegaban retrasadas con un disparo de falconete. Todos los marineros prorrumpieron en gritos de alegría y vítores. El más alegre era Juan Rodríguez –el vigía que había sido el primero en ver tierra- debido a que se había ganado los diez mil maravedíes prometidos por los reyes y el jubón que había prometido Colón al primero que avistase tierra. Sin embargo, Colón declaró que la recompensa le correspondía a él mismo, pues dijo que él había sido el primero en ver tierra. ¿Cómo así?

 

En su diario, Colón reconoce que fue el marinero Juan Rodríguez el primero en avistar tierra, pero agrega que él mismo había percibido una luz horas antes, como a eso de las diez de la noche “…aunque fuese cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra”. Rodríguez vio tierra a eso de las dos de la madrugada ya del amanecer del 12 de octubre. Se ha calculado que a la hora que Colón vio la luz, la Santa María distaría entre 40 y 80 kilómetros de tierra. La historia de la luz puede que fuese cierta ya que hoy en día a persistido la costumbre de los indígenas de encender hogueras en los acantilados para mantener a los mosquitos alejados de sus viviendas. Estas hogueras son visibles a 28 millas de distancia. Sea cual fuese la verdad, Colón se quedó con la recompensa y ordenó que la flota permaneciera al pairo hasta el amanecer. Sería peligroso acercarse a tierra sin conocerla antes. La noche se hizo lenta pues Colón y toda la marinería ya soñaban con las sedas, el oro, las especias y toda la riqueza que les esperaban ya que pensaban que habían arribado al Catay o al Cipango, lo que hoy sería Japón y China.

 

Luego que amaneció, Colón costeó la isla hasta encontrar un lugar adecuado para desembarcar, soltaron velas y se acercaron a tierra. Averiguaron que la isla se llamaba en idioma indígena Guanahaní, a lo que Colón la bautizó como San Salvador. “Luego vieron gente desnuda y el almirante desembarcó

en barca armada, con bandera real. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El almirante llamó a los demás y al escribano real y dixo que le diesen por fe y testimonio como él tomaba posesión de la dicha isla por el Rey y por la reina sus señores”. Poco a poco fueron saliendo grupos de indígenas de entre los árboles y agrupándose en la hermosa playa de fina arena blanca. Miraban a los españoles como si fueren criaturas celestiales. Colón repartió algunos gorrillos marineros y cuentecillas de pasta vítrea, esto es, de vidrio. Los observaba minuciosamente con atención, buscando señales de oro en sus desnudeces. ¿Serían estas sonrientes gentes los chinos y japoneses de estas lejanas tierras, de los que tanto habló Marco Polo?

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angamos

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Aquella mañana en Angamos, poco antes de abrir fuego el monitor Huáscar, Grau sabía que su destino estaba trazado y que hoy sería el día en el que su deber sería cumplido hasta el final, por lo que luego de rezar una oración a Santa Rosa, santa de la cual era muy devoto, y luego de encomendarse a Dios, ordenó a la Unión partir rauda hacia Arica y quedarse solo para enfrentar a los seis buques chilenos que se le venían encima, especialmente a los dos grandes acorazados como lo eran el “Cochrane” y el “Blanco Encalada”. Lo que sucedió ya es historia. En medio del combate y por alguna extraña razón, el almirante Grau –desde la mirilla de la torre de mando- miró por última vez el horizonte recordando a su Piura natal, a su amada esposa Dolores y a cada uno de sus hijos. Unos minutos después, poco antes de las diez de la mañana, moría despedazado por una granada disparada por el “Cochrane”.

 

Una hora más tarde, el ciudadano británico Edwin B. Penton subía a la cubierta del glorioso monitor aquella mañana del viernes 8 de octubre de 1879. Lo que vio, lo dejó simplemente horrorizado. Penton pertenecía a la dotación del “Cochrane”. Así describe dicho ciudadano sus impresiones esa mañana al abordar el buque con otras personas: “Lo primero que vieron nuestros ojos fueron trozos de cubierta, pedazos de madera, hierro, proyectiles rotos y numerosos artículos, todos mezclados con los cuerpos de los muertos, los moribundos y los heridos… algunos sin cabeza, otros sin brazos, otros sin piernas y algunos sólo con troncos, algunos con sus ropas quemadas, otros con los botones de sus chaquetas desprendidos, quemados por efecto de los proyectiles. Este desagradable espectáculo era igualmente malo tanto abajo como en cubierta, cuerpos que yacían a montones, encima, a lo largo y cruzados unos con otros entre los escombros, tal como cayeron. En un grupo al extremo posterior de la nave yacían siete hombres formando un montículo, quienes habían sido muertos por efecto de una granada explosiva que había atravesado la nave. Estos hombres estaban atendiendo la rueda de manejo del barco. El hombre de encima no tenía cabeza. A cualquier parte que íbamos, en cubierta, abajo, en la torre, en el cuarto de máquinas y en todas partes, encontramos cadáveres que habían caído en diferentes actitudes, un horror de describir… estas visiones tremendas superan toda descripción”.

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Escribe: Alfredo Gildemeister.- “Los chilenos habían comenzado a trepar por la cuesta norte hacia la cima del morro. Muchos de los hombres del batallón Iquique quedaron atrapados entre dos fuegos. Roque ordenó a sus hombres avanzar a como dé lugar y comenzar a trepar hacia las baterías del morro, disparando de un lado a las decenas de soldados chilenos que venían atravesando la ciudad disparando sobre nosotros, y de otro lado, nos habríamos paso hacia la cima a bayonetazo limpio. Roque avanzaba incansablemente en su caballo, subiendo y bajando por la cuesta, animando a sus hombres, dando sablazos sobre todo soldado chileno que encontraba en su camino. Todos los hombres le seguían disparando sus fusiles y en mi caso, disparando mi revolver con la izquierda y pegando sablazos con mi brazo derecho, el cual ya casi no sentía. Logramos abrirnos paso y llegar a las baterías. Por más que pelábamos y eliminábamos o heríamos al enemigo, más y más chilenos se nos venían encima. La lucha era encarnizada y salvaje. Se peleaba con todo, principalmente con la bayoneta, sables, con la culata de los fusiles descargados y hasta con las manos. Un poco más alejado de donde me encontraba peleando, pude distinguir a Alfonso en su caballo blanco, descargando sablazos a la soldadesca chilena, y en la otra mano sosteniendo la bandera peruana. A un par de metros pude ver al coronel Bolognesi disparando su revolver a discreción al lado de Moore. El cuerpo de Ramón Zavala yacía caído a sus pies muerto. Todo sucedió en cuestión de minutos. Nos fuimos cerrando en semicírculo disparando y golpeando a cuanto chileno se nos viniera encima. Me di cuenta que tenía a Roque casi a mi costado en su caballo, cuando una descarga cerrada de la fusilería enemiga le hizo caer herido de su caballo. En el mismo momento vi caer muertos al coronel Bolognesi y a Guillermo Moore. Sentí un fuerte dolor en mi hombro izquierdo y vi mi brazo sangrando. No había tiempo ni para el dolor ni para más. Era el final. Aún sostenía mi sable y me preparé a morir. Pensé en mi familia y me encomendé unos segundos a Dios para que me guardase en su gloria. Lucharía hasta el final. Roque se levantó rápidamente. Tenía una herida en un brazo, por lo que pude distinguir. Continuó peleando con su sable. Lo rodearon tres soldados chilenos que se aprestaban a ultimarlo a bayonetazos. Fue entonces cuando apareció un oficial chileno que gritó que no lo mataran, que lo quería prisionero. Roque clavó su sable en tierra. Su sable se encontraba todo ensangrentado, deformado y mellado por los golpes. En ese momento caí bruscamente a tierra. Sentí que me desmayaba. Fue entonces cuando los soldados chilenos cogieron bruscamente a Roque de la guerrera y se lo llevaron a rastras. Roque me miró unos segundos. Noté su mirada firme y serena. Fue su despedida, No volvería a ver más a mi querido amigo. Me desangraba por la herida en el brazo. Cuatro chilenos se aproximaban hacia mí corriendo con las bayonetas caladas. Sus miradas de odio salvaje eran aterradoras. No podía levantar mi sable. Tan solo cerré mis ojos.”

 

Estas líneas son un pequeño avance de mi próxima novela que narra la epopeya de Arica y en donde el teniente coronel Roque Sáenz Peña ocupa un lugar muy especial. Argentino de nacimiento, su padre Luis sería presidente de la Argentina doce años más tarde, en 1892. El propio Roque también sería presidente de Argentina en 1910. Hace unos días, tuve el honor de conocer al bisnieto de Roque, el médico argentino Javier Ureta Sáenz Peña.

 

Estuvo en Lima y gracias a mi amigo Luis Enrique Cam -quien próximamente el 4 de noviembre estrenará un excelente documental sobre Francisco Bolognesi en celebración de los 200 años de su nacimiento- pude reunirme con él y conversar sobre su famoso bisabuelo. Pude constatar que la imagen que tenía de Roque, la cual plasmo también en mi novela, era la correcta. Un hombre noble, valiente, de profundos valores y principios, el cual viene voluntariamente al Perú a pelear por lo que el denominaba la “causa de América”, luchando en varias batallas como San Francisco y Tarapacá. Don Javier tuvo la amabilidad de mostrarme algunas de las cartas que Roque escribiera a su padre desde Arica. Es impresionante constatar su firme resolución de luchar hasta el final, en defensa de aquellos deberes sagrados que Bolognesi y todos sus oficiales defenderían también hasta la muerte. Roque sobrevive a la batalla de Arica y a sus heridas; es hecho prisionero y enviado a la prisión de San Bernardo, al norte de Santiago. Poco tiempo después, le es permitido retornar a la Argentina. Curiosamente, veinticinco años más tarde, Roque regresaría al Perú a principios de noviembre de 1905, a la inauguración del monumento a Bolognesi en la plaza que lleva su nombre. Su discurso es impresionante.

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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Dentro del paquete de medidas económicas de tipo tributarias que el actual gobierno piensa proponer para su aprobación mediante facultades delegadas, existen dos propuestas que, a nuestro modo de ver, constituyen toda una burla hacia los contribuyentes personas naturales. Con relación a la primera propuesta, el pasado viernes el ministro de Economía se presentó ante el Congreso de la República y nuevamente volvió a modificar su “propuesta” en relación al impuesto a la renta y los gastos deducibles para las personas naturales. Si bien en un principio había anunciado que las personas naturales pasarían a deducir de 7 a 14 UIT (unidades impositivas tributarias) siempre y cuando se tratase de gastos de educación, salud y seguros -gastos que deberán estar debidamente sustentados- ese mismo día viernes modificó dicha propuesta,

 

proponiendo ahora la deducción de un máximo de 10 UIT (S/. 39,500) y solo para gastos referentes a salud, vivienda y honorarios profesionales (¿?). Ya en anteriores artículos hemos criticado el nefasto sistema de deducción de gastos actualmente vigente para la persona natural, la cual –al margen de su realidad económica, personal y familiar- sólo se le permite deducir 7 UIT al año. Así mismo, hemos señalado que una verdadera reforma tributaria de este punto no debería implicar aumentar UITs sino más bien, desechar dicho sistema, reemplazándolo por el sistema actualmente vigente en todos los países del mundo, en que las personas naturales deduzcan todos sus gastos elementales (luz, agua, teléfono, vivienda, educación, salud, seguros, etc.) debidamente sustentados, y que sus rentas sean gravadas con una escala verdaderamente progresiva y justa, mas no con una ridícula escala de cinco tramos vigente.

 

Como repito, con la referida propuesta solo deduciríamos 10 UIT como máximo, siempre y cuando se deduzcan los gastos efectuados en el año en salud (médicos, intervenciones, consultas, etc.); vivienda (alquileres e intereses por créditos hipotecarios); y recibos por honorarios pagados, todos estos gastos además sustentados con comprobantes de pago (facturas, boletas, etc.) electrónicos. Con lo cual, si en el año no efectué gasto médico alguno porque no me enfermé o vivo en una vivienda propia (no alquilada ni con crédito hipotecario) o no efectué consulta alguna a un profesional, seguiría deduciendo la misma ridícula cantidad fija establecida de manera arbitraria de 7 UIT, sin considerar las realidades de cada persona natural y su familia.

 

Esto a nuestro modo de ver constituye una propuesta de los más tonta y toda una burla del nuevo gobierno hacia los peruanos personas naturales. ¿Por qué no se propone una verdadera reforma a fondo, y se permite que las personas naturales deduzcamos todos los gastos –tal como lo hacen las empresas-, debidamente sustentados, que se tiene para el sustento de dicha persona y su familia, en caso tenga familia? La única respuesta posible es que no se haga por un tema de recaudación, es decir, se antepone la mayor recaudación al establecimiento de un sistema verdaderamente justo y atractivo para los contribuyentes, además de constitucional y respetuoso de los derechos fundamentales de todo contribuyente, persona natural, sistema que con el que a la larga se recaudaría más, pues todas las personas exigiríamos facturas pasa sustentar nuestros gastos, formalizándose más la economía peruana.

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