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Lunes, 11 de Diciembre 2017


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concentraciedios

Escribe: Alfredo Gildemeister.- “Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de baile para comunicarles una noticia de último minuto procedente de la agencia intercontinental Radio. El profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago reporta que se ha observado en el planeta Marte algunas explosiones que se dirigen a la Tierra con enorme rapidez… continuaremos informando… (luego de unos minutos) damas y caballeros, tengo que anunciarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones científicas como la más palpable realidad nos obligan a creer que los extraños seres que han aterrizado en una zona rural de Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte…”. Aquel 30 de octubre de 1938, más de doce millones de estadounidenses comenzaron a escuchar por la radio como un locutor daba la terrible noticia de que los Estados Unidos estaba siendo invadido por un ejército de alienígenas de otro planeta. Eran cerca de las 8 de la tarde cuando el Estudio Uno de la Columbia Broadcasting System, en Nueva York, se convertía en el lugar en donde un tal Orson Wells, acompañado de todo el elenco de actores de la compañía teatral Mercury que el mismo Wells dirigía, ponía en escena la famosa novela del escritor británico H.G. Wells: “La guerra de los mundos”. La novedad radicaba en que no sería una escenificación de una obra como normalmente se hacía –tipo radio novela, por ejemplo-, sino que Wells prefirió adaptar la obra en forma de noticia, con lo cual puso rápidamente los pelos de punta a los oyentes.

Fueron los 59 minutos más espantosos escuchados por radioyentes norteamericanos, que dejaron en total pánico a gran parte de la población de los Estados Unidos. Cabe aclarar que si bien al principio del programa, la C.B.S. y sus estaciones asociadas habían presentado a Orson Wells así como al elenco de actores del Mercury Theatre, en la adaptación de “La guerra de los mundos”, la mayoría de radioyentes sintonizaron más tarde la emisión del programa, o simplemente ni prestaron atención a la introducción del mismo, pensando que se trataba de un programa más. Adicionalmente, debemos recordar que eran las vísperas de la fiesta de Halloween, tan celebrada en Estados Unidos. Hubo miles de casos de pánico, personas abandonando sus casas, carreteras colapsadas, estaciones y comisarías de Policía invadidas. ¡Muchos decían haber visto a los extraterrestres! Inclusive Wells puso en el micrófono a supuestos reporteros que “transmitían” desde la misma zona de invasión en Nueva Jersey: “Señores y señoras, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado… Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien… o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos… ¿Son ojos? Pueden que sea una cara. Puede que sea…”. Finalmente, ¡Se anunció la muerte del propio Orson Wells por los gases de los invasores! Al día siguiente, en rueda de prensa, Wells pidió disculpas públicas a los radioyentes norteamericanos. Demás está decir que el pánico hubiera sido infinitamente mayor si en aquellos años existiese como hoy, el televisor, la computadora, el teléfono celular y el internet, con imágenes, audios, etc. ¿Se imaginan?

Hoy, casi 80 años más tarde de la broma de Wells, nadie duda que los medios de comunicación, aquí y en cualquier parte del mundo, influyen tremendamente en la opinión pública. Los medios constituyen pues todo un poder que, como todo poder, puede ser utilizado para el bien o para el mal. De un tiempo a esta parte, estamos siendo testigos de cómo en el Perú, desde la década de los 90 -con el dominio que Montesinos ejercía en los medios- hasta llegar al día de hoy, los medios de comunicación, al constituir un poder mediático fundamental para el control o manejo de la opinión pública, han continuado de una forma y otra controlados por el gobierno de turno. Ya no se trata de una broma como la realizada por Wells en 1938, sino de clara manipulación política, lo cual es algo muchísimo más grave. Pues se trata de manipular la opinión de las personas, ya sea desinformándolas o no informándolas o tergiversando y manipulando la información. Así de claro.

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secuela de jpg 604x0

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Siempre me he preguntado cómo sería poder viajar en el tiempo y volver al pasado, especialmente a ese viernes hace dos mil años, que marcó para siempre a toda la humanidad, a ese terrible viernes en que crucificaron a Cristo. Me imagino una Jerusalén agitada, con cientos de personas paradas en el pequeño foro, frente al palacio del gobernador, viendo como el romano Poncio Pilato habla con el acusado, un hombre literalmente destrozado, convertido en una llaga viviente luego de que fuera mandado a azotar por el mismo Pilato. No se escucharía lo que el procurador le dice puesto que pareciera que éste habla sólo. El acusado no habla nada, no contesta las preguntas que Pilatos le hace. Algo se le escucha decir finalmente al reo: “Tú lo has dicho. Yo soy rey”. Luego calla. La gente a mi alrededor grita: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”. No entiendo qué pasa. Pilato le dice algo al pueblo que no alcanzo a escuchar y todos repiten casi al unísono: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Finalmente, veo que Pilato recibe a otro reo el cual es liberado. Luego, vaya uno a saber por qué razón, le alcanzan una jofaina con agua y una toalla. Se lava las manos y emite unas órdenes. Es en ese momento que un par de soldados cogen de mala manera al reo, el cual está totalmente cubierto de llagas y sangre, y se lo llevan a un costado. Ponen una cruz de madera sobre sus hombros y lo empujan para que camine cargando, o mejor dicho, arrastrando esa cruz. Alguien a mi costado dice lleno de odio y cierta alegría: “¡Por fin! Ahora ya lo llevan a crucificar. ¡Vamos todos!” “¿Quién es el condenado?”, pregunto. “Es Jesús, el nazareno, que ahora se cree rey. Es un blasfemo”, me responden algunos.

Me meto entre la gente. El calor es infernal, es casi mediodía. Quiero estar allí, quiero estar cerca, verlo todo. Empujo a algunas personas y me pongo cerca a la estrecha calle por donde pasará el reo ya condenado a muerte. Se acerca caminando muy quedo, despacio. La gente lo insulta, le grita vulgaridades y los que están más cerca le escupen y tiran cosas. Los soldados romanos se ponen a su lado y lo rodean para que la gente no obstaculice su camino. Quieren terminar rápido. El calor va arreciando y al atardecer comienza la fiesta de los judíos, el sábado, por lo que los soldados quieren acabar y regresar a la fortaleza Antonia a jugar a los dados y apostar. Por fin lo veo pasar a un par de metros. Un soldado me impide acercarme más. Su lanza no deja que la gente se acerque. Me impresiona su rostro: es una llaga viva.

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juanpablo

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Aún recuerdo el atardecer de aquel viernes 1 de febrero de 1985. Me encontraba de pie en una de las escalinatas de una gran tribuna a un costado de la Plaza de Armas de Lima, al lado de unos trescientos miembros de la “Coral del Papa”, los cuales nos habíamos preparado para ese día con meses de anticipación. Mis padres también estaban en la Coral. Habíamos practicado diversas canciones. La razón de ello era la visita de cinco días que Su Santidad el Papa, hoy San Juan Pablo II, haría al Perú. A las 6pm. de la tarde arribaba el avión del Papa a Lima. Todo el mundo se encontraba muy excitado y nervioso por la visita. Los miembros de la Coral nos pusimos algunos un poncho blanco y otros un poncho rojo, con el objeto de conformar una bandera peruana gigante en la tribuna en donde estaríamos parados para cantarle al Papa. Por diversos altoparlantes instalados en la plaza, todos escuchábamos el momento en que el Papa llegó a Lima. Un locutor iba narrando en voz alta todo lo que hacía el Papa en esos momentos hasta el momento en que salió la comitiva del aeropuerto. El locutor narraba por qué avenidas y calles iba el “papamóvil” y como poco a poco se iba acercando a la Plaza de Armas de Lima. Fueron minutos increíbles, de gran nerviosismo y tensión. Un poco antes de las siete de la noche irrumpió la comitiva en la Plaza de Armas e ingresa el papamóvil blanco con Juan Pablo II de pie, saludando y bendiciendo a todo el mundo. Todos aplaudimos mientras las lágrimas asomaban por nuestros ojos. Nuestro director Manuel Cuadros Barr, hizo la señal de comenzar a cantar. La voz no nos salía de la garganta por la emoción. Muchos lloraban abiertamente emocionados.

“Tu est Petrus”, (tú eres Pedro) comenzamos a cantar a todo pulmón, el hermoso cantico en latín a cuatro voces. Juan Pablo II nos bendijo y se quedó parado contemplándonos desde el atrio de la catedral. Se le veía fuerte, vigoroso, con una sonrisa de oreja a oreja, el rostro colorado por el sol de días pasados. Ingresó unos momentos a la catedral de Lima. Nosotros seguíamos cantando. Luego el Papa salió y dio su discurso. Su estampa era impresionante. Sentíamos que estábamos no solo ante un Papa, sino ante una persona extraordinaria, como nunca antes se había visto. Su fuerza y santidad la percibíamos todos. Yo pensaba, si esto sientes ante un Papa como Juan Pablo II, ¡Cómo será estar ante el mismo Dios!

Pasaron siete años. Era el mediodía del domingo 18 de mayo de 1992. La plaza de San Pedro en Roma se encontraba abarrotada de gente. El día anterior, sábado 17 de mayo, miles de peregrinos de todo el mundo habíamos asistido a la misma plaza para participar en la ceremonia de beatificación del hoy ya santo, San Josemaría Escriba de Balaguer. Ese domingo era también un día especial pues el hoy beato Álvaro del Portillo, celebraría una Misa de acción de gracias en la misma plaza, pero adicionalmente, era cumpleaños de nada menos que de su Santidad Juan Pablo II. Fue así como una vez terminada la Misa, apareció sorpresivamente Juan Pablo II en el papamóvil saludando a todo el mundo. Un detalle llamó la atención de todos: el papamóvil estaba descubierto, sin protección alguna, como el que utilizaba el Papa antes del atentado de mayo de 1981. Era un gesto de confianza del Papa hacia todos nosotros, como si se encontrara “en familia”. El papamóvil recorrió toda la plaza. Nadie se quedó sin ver al Papa de cerca y saludarlo. Finalmente, el Papa se bajó del papamóvil y caminando hacia el altar instalado en la plaza, se dio un gran abrazo con Álvaro del Portillo y fue en ese momento que sucedió algo nunca visto en Roma: todas las personas que abarrotaban la plaza de San Pedro, comenzaron a cantarle el célebre “Happy birthday” a Juan Pablo II. Se le veía emocionado, feliz, contento como nunca. Era como un niño que sonreía feliz mientras todos le cantábamos por su cumpleaños…

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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Lo primero que se preguntó Roberto aquella mañana fue: “¿Qué puedo hacer yo para ayudar?” Había llovido toda la noche. ¡Decían que más de quince horas! El rio Piura se había saldo de cause y toda la ciudad estaba inundada. Nunca había visto algo así en toda su vida. Intentó bajar al primer piso de su casa. Le fue literalmente imposible. El agua le llegaba al cuello. Subió nuevamente al segundo piso y al asomarse a una ventana, el panorama lo dejó mudo. Todo estaba cubierto de agua y vio que muchas personas se encontraban aterradas en los segundos pisos –en las casas que tenían la suerte de tener segundos pisos- pero otras casas sólo tenían un piso por lo que a los habitantes de esas casitas no les quedaba otra que treparse como pudieran al techo de su casa, si es que la calamina aguantaba. El nivel del agua para colmo, seguía subiendo. Había que, de alguna manera, salvar a esta gente o al menos llevarla a un lugar más seguro. ¿Pero cómo? Lo ideal sería tener un bote a remos o mejor con motor y sacar a toda esa gente de allí. Pero Roberto no tenía bote alguno. Sin embargo, en los momentos supremos el ser humano siempre se las ingenia para salir adelante. ¿Inspiración divina, adrenalina? ¡Vaya uno a saber!

De pronto Roberto recordó que abajo, en el garaje, tenía un paddle de cuando se escapaba con los amigos a Colán o a Yacila. ¡Algo es algo! Pero no es suficiente. También recordó que por allí tenía guardado un unicornio inflable, a modo de colchoneta, para jugar en el mar, que sus primos alguna vez dejaran olvidado en casa. Luego de buscarlo desesperadamente, lo encontró y a fuerza de pulmón lo infló lo más rápido que pudo. Volvió a bajar al inundado primer piso entre nadando e inclusive buceando, llegando al garaje en donde encontró el paddle y su remo. Lentamente, salió por la puerta del garaje a la calle, se trepó en el paddle y acercándose a la ventana del segundo piso, sacó por allí el unicornio inflado. Lo amarró con una soguilla al paddle y poniéndose de pie, empezó a remar suavemente. Era obvio que en su paddle no podría trepar a toda una familia, pero algo se haría.

Fue en esos momentos en que vio a una niña que aferrada a lo que parecía ser un perrito, lloraba desesperada. Estaba sola, por lo que decidió ayudarla. Remando contra la corriente –que aún se sentía y empujaba levemente- se acercó a la niña que dejando de llorar lo miró con más cara de sorprendida que de asustada. Al parecer le llamó la atención el unicornio que venía amarrado atrás del paddle. Roberto se dio cuenta de ello. La animó a subirse al unicornio, pero finalmente la niña prefirió lo más seguro y se trepó en la parte delantera del paddle, digamos que en la proa. Una vez tranquilizada la niña y bien acomodada en el paddle, Roberto se arrodilló y siguió remando tranquilamente, mientras le hablaba a la niña para tranquilizarla. La gente en los techos de las casas y en los segundos pisos lo miraban pasar sorprendida y con cierta curiosidad. Finalmente dejó a la niña y a su perrito en un lugar seguro y continuó “navegando” por las calles de Piura a la búsqueda de quien más rescatar.

Casos como el de Roberto Guzmán, enfrentándose solo a la terrible inundación, con los únicos medios con los que podía ayudar, nos dan una gran lección de cómo al interior de todo ser humano, siempre hay algo que lo empuja a ayudar a los demás con lo que pueda. Es el sentido de solidaridad tan presente ahora, en estos momentos de tragedia y tan difíciles que aquejan a cientos de miles en el Perú, especialmente en el norte. Así de extraño es el destino de los seres humanos. La providencia divina quiso que Roberto salvara a esa niña y a su mascota. Como luego declarara la madre de la niña, enormemente agradecida y muy emocionada: “Gracias a Dios estamos a salvo, con la solidaridad y la gracia de Dios, y gracias a los chicos que fueron tan amables en sacarlos. Para mí, es un héroe. Mi familia está a salvo”. La madre declararía luego que su hija, ante la inundación, buscó un lugar más seguro cuando vio que su casa comenzaba a inundarse. Allí se quedó aislada y sola, hasta que apareció Roberto, trasladándola a una zona segura. Luego diría la niña, muy contenta y emocionada: “gracias, estaba muy asustada”.

Como se puede apreciar, la madre de la niña rescatada por Roberto ha resumido en su breve declaración y agradecimiento, algo muy importante. De un lado, da gracias a Dios. Esto se puede apreciar en muchísimos damnificados que, pese al terrible sufrimiento, falta de alimentos, agua y de haber perdido literalmente todos sus bienes, aun así, dan gracias a Dios, algo que posiblemente algunos no comprendan. Y luego, la madre hace referencia a la solidaridad. Efectivamente, una de las virtudes más grandes de un pueblo es su sentido de solidaridad y ello se pone a prueba en los momentos más difíciles como el que está viviendo el Perú en estos momentos.

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