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Jueves, 19 de Octubre 2017


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Para toda aquella generación de jóvenes de hoy que no vivieron -ni sufrieron- los años del terrorismo de Sendero Luminoso (SL) y del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), pienso que es oportuno recordar un poco cómo se vivía por aquellos años. Deseo contarles como era el día a día de un estudiante universitario -como era mi caso- en aquello años de terrorismo desatado. Comenzaré diciendo que cada día era diferente pues no sabías lo que podía pasar o como tu día podía cambiar radicalmente. Personalmente, todas las mañanas me levantaba temprano, a eso de las 5am., para ir a correr con mi padre y hermanos por la Costa Verde. Mientras trotábamos, no era de extrañar que viéramos a lo lejos en la bahía, como ocurrían explosiones pues por el ruido y el hongo del humo se podía apreciar más o menos en que distritos habían ocurrido. Los que corríamos ya ni nos inmutábamos, pues uno se acostumbraba a ello. A lo más nos preguntábamos donde habría sido esa explosión y rezábamos para que no hubiera víctimas mortales. Así comenzaba mis días.

 

Cuando regresabas a tu casa, podías darte con la sorpresa que no había luz, puesto que los terroristas acababan de volar una torre de alta tensión y se cortaba la luz en Lima. Ello significaba que no funcionaba la terma de agua de tu casa o departamento, por lo que, para comenzar no tenías agua caliente o, peor aún, no tenías ni siquiera agua fría pues la bomba no funcionaba, por lo que no llegaba agua a tu baño. De allí que no te bañabas y tenías que vestirte, así como estabas. A ello cabe agregar que, si deseabas tomar un desayuno caliente, la cocina eléctrica ni el “frigider” funcionaban por lo sólo te quedaba comerte algo frio y punto. Si tenías cocina a gas, era mejor pues sí podías calentar agua y tomarte un café antes de salir para la universidad. De allí que comenzaran a aumentar la venta de cocinas a gas y “primus” a querosene. Era lo más conveniente para cuando te quedabas sin luz.

Una vez en la universidad, existía el riesgo que tu salón de clases no tuviera luz por lo que tenías que oír la clase en penumbras o a oscuras -muy romántico, por cierto- salvo que la universidad hubiere instalado en cada salón, un grupo electrógeno. En esos años la venta de grupos electrógenos a empresas y hogares constituyó un negocio redondo. Recuerdo cuando estando en clases, alguien se enteró del atentado criminal contra el expresidente de la Corte Suprema Domingo García Rada, saliendo de su casa en San Isidro. Todos nos quedábamos tensos y angustiados. Los médicos le salvaron la vida gracias a Dios, extrayéndole una bala de la cabeza. Otro día nos enteramos que a una compañera de clase y amiga, SL acababa de asesinar a su padre, el almirante Ponce Canesa, con lo cual todos los amigos y compañeros nos quedamos muy tristes y fuimos todos al velorio a consolar a nuestra buena amiga. Los asesinatos selectivos de SL o del MRTA ocurrían casi todas las semanas. Pocas semanas antes, mis padres habían perdido también a un buen amigo, el almirante Caferatta, asesinado en su vehículo cerca a República de Panamá, entre Barranco y Miraflores.

Un buen día llegué temprano en la mañana al Estudio de abogados en donde practicaba, en la esquina de Paseo de la República y Andrés Reyes, en San Isidro, donde hoy se encuentra el Ministerio de Inclusión Social. Lo encontré literalmente destruido. Tres bombas colocadas en la vereda, al pie del edificio habían explotado de madrugada. Las lunas y paredes del edificio estaban destrozadas. Cuando ingresé al Estudio, todo estaba en el suelo destruido. Por suerte nos mudábamos en dos días. Sin embargo, unos meses más tarde, encontrándome ya en el nuevo local del Estudio en la calle Dos de Mayo de San Isidro, estaba sentado frente a mi escritorio, cuando repentinamente sentí una fuerte explosión y en cuestión de segundos terminé tirado en el suelo, a varios metros de mi sitio. Un fuerte olor a pólvora impregnaba el ambiente. ¿Qué había pasado? Pues que a dos casas del Estudio, había explotado un coche bomba en la puerta de la Embajada de Corea. Gracias a Dios no me pasó nada ni hubo víctimas mortales. Así se vivía cada día. No sabías cuando te podía tocar.

Por las noches, comenzaba el toque de queda a partir de la 1 de la madrugada hasta las 6am. luego bajó a las 5am. Si bien dormías como un bebe, puesto que el silencio en la noche era profundo, también podías despertarte repentinamente ante una fuerte explosión que escuchada en medio de la noche, producía un terror de muerte. Allí entendí lo que era el terrorismo, causar terror y muerte en la población. Otras veces sería una fuerte balacera con ametralladoras o bombas las que te despertaban. Sin embargo, uno se acostumbraba a todo. Cuando llegaba la época de exámenes parciales o finales, uno debía contar con una buena provisión de velitas “Misionera” o velas blancas comunes para poder estudiar románticamente a la luz de las velas, puesto que fijo había apagones un día sí y otro no. Al final te sentías viviendo en el siglo XVIII, leyendo y estudiando con velas. Olvídate de TV y menos internet o celulares, que en aquellos años ni existían. Solo te quedaba el teléfono fijo y punto, si es que no estaba cortado por las explosiones y apagones.

Los fines de semana, si tenías una fiesta, por lo general comenzaban temprano, esto es, a las 8pm de la noche puesto que con el toque de queda, tenías que salir corriendo cual Cenicienta, antes de las doce de la noche a lo sumo, para darte tiempo de llegar a casa, pues a la 1am. comenzaba el toque de queda y en estos toques, el ejercito disparaba primero y preguntaba después si ve a alguien circulando. Así mismo, si salías con una chica o ibas a un cine o a comer, éramos conscientes que si ocurría un apagón, se terminaba el cine o se cerraba el restaurant. En todo caso, había que regresar temprano, por si las dudas. Si tenías una fiesta de promoción podías obtener un permiso de la Prefectura para hacer la fiesta de “toque a toque” sin salir del lugar. Esas eran las reglas.

En resumen, nos acostumbramos a vivir al susto, en medio de muertes y masacres perpetuadas por SL o por el MRTA, en las provincias y en Lima mismo. Todos perdimos amigos, parientes y conocidos asesinados por los terroristas genocidas. De allí que la noche del 12 de setiembre en que se anunció la captura de Abimael Guzmán, el Perú entero fue una fiesta de alegría. Todos con lágrimas en los ojos y abrazos celebramos la captura del asesino genocida líder de SL. No fue un día triste como mal ha declarado recientemente el presidente Kuczynski. Fue un día de fiesta, de triunfo sobre la lacra asesina. Pues bueno, así se vivieron esos terribles años. No son exageraciones ni ficciones. Allí están los más de veinticinco mil muertos para corroborarlo. Para los que no lo vivieron ni sufrieron, tomen en cuenta lo sucedido para que nunca más se repita algo así.

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