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Miércoles, 25 de Abril 2018


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carne

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Recuerdo que, durante el gobierno militar, se decretó la famosa “veda de carne”, lo cual significaba que durante varias semanas no se vendía carne en los mercados. Terminado el periodo de veda, se vendía nuevamente también por tiempo limitado y así sucesivamente. Por aquellos años setenta, mi padre por razones de trabajo viajaba mucho a la ciudad de Quito, Ecuador. Eran viajes cortos de dos o tres días. Debo agregar que mi padre siempre fue carnívoro por naturaleza. De allí que, durante los periodos de veda carnívora, se desesperase por no comer carne fresca, pues uno no la encontraba por los mercados peruanos ni de broma. Fue así como un buen día, a mi padre no se le ocurrió mejor idea que traerse la carne de Ecuador. Ya que viajaba al menos una vez al mes a Quito, decidió comprar varios kilos de carne en el mercado de esa ciudad y traérsela en un maletín a Lima. Así podría comer sus deliciosos bistecs él y toda la familia.

Fue así como en el siguiente viaje, mi padre prometió traernos carne a toda la familia. El día que regresó de su viaje, todos lo esperábamos con gran ilusión y también con bastantes ganas de comer carne. Ese día mi padre llegaba con su maleta personal y un maletín de mano repleto de carne. Mi madre procedía a filetearla y a freírnos grandes chuletas para todos. El resto lo guardaba en el refrigerador. Fue así como en cada viaje, mi padre nos traía varios kilos de carne en su famoso maletín, con el logo de la compañía de aviación incluido.

 

Todo iba de maravilla, hasta que en uno de sus viajes sucedió un pequeño pero importante imprevisto que vale la pena mencionar. Resulta que mi padre, no bien llegaba a Quito, se iba al mercado y compraba varios kilos de carne, los traia al hotel y allí se lo guardaban en los frigoríficos de la cocina del hotel. Cuando mi padre dejaba el hotel, pedía la carne congelada y la guardaba en su maletín. El viaje por avión de dos horas a Lima no afectaba la calidad de la carne. Sin embargo, sucedió que un día, el vuelo se retrasó y el avión partió para Lima con un atraso de cinco horas. Al llegar a Lima, mi padre llevaba su maletín de mano el cual siempre viajaba con él en la cabina. Al pasar por la aduana, por lo general revisaban su maleta grande mas no el maletín de mano. Pero en aquella ocasión, una vez pasada la Aduana, los empleados de aduanas y todos los pasajeros y familiares que allí se encontraban, vieron con estupor que del maletín de mano de mi padre, iba chorreando un hilillo de sangre que caía cual goterones, a medida que mi padre caminaba hacia la salida del aeropuerto, dejando pues todo un rastro de sangre. A mi padre le llamó la atención que todo el mundo le mirasen con cara de perplejidad, con los ojos muy abiertos y algunos inclusive, con cara de terror. Fue así que en esos momentos se le acerca un policía y uno de los empleados de aduanas para indicarle que de su maletín venían chorreando gruesas gotas de sangre por todo el aeropuerto. Sin sorprenderse mi padre, les respondió simplemente: “Ah, no se preocupen, es solo carne. Mil disculpas”.

Obviamente que ante esta situación, las autoridades le pidieron a mi padre que abriera el maletín de inmediato y cuando lo hizo, efectivamente, pudieron apreciar que se trataba de carne, toda sanguinolenta y fresca. Todos lo miraron a mi padre sospechosamente. Uno de ellos le preguntó: “¿Ha asesinado y descuartizado usted a alguien?” Otro policía, más avezado, le preguntó: “Esto parece carne humana, ¿No serán partes del cuerpo de su suegra u otra persona?”. Ante este interrogatorio, mi padre se rió por un buen rato y les contó la verdad: que era carne de vaca para el consumo humano y por la veda en Perú, traía carne de Ecuador para su consumo personal y de su familia. Luego de esta explicación, le dejaron ir, pero las autoridades no pudieron dejar de mirar a mi padre con el rostro perplejo y los ojos desorbitados, como si se tratara de uno de los más grandes asesinos del mundo.

Recientemente, una noticia me hizo recordar esta anécdota y es que, se está estudiando la posibilidad de gravar con impuestos el consumo de carne. El Fondo de Inversión y Riesgo de Animales de Granja (FAIRR, por sus siglas en inglés), una red de inversores que asesora en temas de agricultura industrial, afirmó que es "cada vez más probable" que los países comiencen a aplicar impuestos a la carne, a fin de luchar contra el cambio climático. El objetivo de este tributo sería el de contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. Ello basado en un nuevo “principio medioambiental”: comer demasiada carne es malo para el medio ambiente y además es perjudicial para la salud.

Según la FAO, y aunque suene increíble, la ganadería es responsable de alrededor del 14,5% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. Pero, aunque parezca un asunto de locos, el aumento en el consumo de carne podría arruinar los esfuerzos del Acuerdo de París. La ONU pronostica que la demanda mundial de productos pecuarios se duplicará en 2050 y la agricultura podría representar más de la mitad de todas las emisiones permitidas según el acuerdo de París. Chatham House, un grupo de expertos en el Reino Unido, informó que la única manera de abordar verdaderamente el problema es lograr que la gente coma menos carne. Se ha recomendado que los gobiernos adopten reformas que incluyan impuestos para cambiar el comportamiento público. La ONU también ha pedido políticas diseñadas para reducir el consumo de carne. Con relación a la tributación de otros productos como tabaco, carbono y azúcar, el primer paso fue que hubo consenso internacional. Ahora la carne está en camino hacia eso. Se han propuesto impuestos a la carne en Dinamarca, Suecia y Alemania, pero en ningún se ha convertido en una política estatal.

De allí que, señores, aprovechen de comerse un jugoso bistec o una suculenta chuleta, ya que el mundo camina hacia la tributación de la carne. Disfrute su pavo en esta navidad ya que de gravarse con un impuesto a la carne en general, no nos quedará más alternativa que comer una pulcra ensalada o traer carne del extranjero, tal como lo hacía mi padre, pero ya saben que ello tiene sus riesgos. Nadie quiere verlo a usted en el aeropuerto con un sospechoso maletín goteando sangre, pues... podría ser mal visto. ¡Feliz navidad para todos!

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