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Viernes, 20 de Julio 2018


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Edad Media aseo

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Recuerdo que alguna vez, mientras tocaba al piano una sonata de Mozart, me puse a pensar lo hermoso y romántico que se sentiría el joven Mozart tocando el piano ante hermosas damas de las cortes imperiales de aquellos años, damas con hermosos vestidos y pelucas blancas muy empolvadas y perfumadas, bien maquilladas y arregladas, tal como se ve en películas como “Amadeus”, por ejemplo. Todo iba bien hasta que la inspiración se me fue al imaginarme por un instante, cómo olería esa gente en realidad, especialmente si tomamos en cuenta que en aquellas épocas no existía el desodorante, el shampú o finos jabones y aceites de burbujas, mascarillas, cuchillas de afeitar y perfumes o aguas de colonia, como hoy. Terminada la sonata me puse a investigar un poco sobre este aspecto del aseo personal de las personas en otras épocas y que los libros de historia no nos suelen contar. Si las películas de cine tuvieren además de imagen y sonido, olor, estoy seguro que muy pocos asistiríamos al cine.

 

Si investigamos sobre el aseo en la edad media y moderna, por ejemplo, el tema es aterrador. Para comenzar, debemos señalar que las personas que vivían en el período medieval definitivamente tenían costumbres muy diferentes a las de hoy. En primer lugar, ¿Cómo manejaban el tema de los orinales y letrinas? Si eras pobre en la Edad Media, no te quedaba más que hacer tus necesidades en donde pudieras. Así de simple, para luego enterrarlo dependiendo de lo que hicieres. Si en cambio fueras una persona rica, en algo mejoraba la cosa. En Inglaterra, por ejemplo, en muchas casas tipo Tudor, había algo más privado: una pequeña choza con un agujero en el suelo donde los excrementos caían para no volver.

En los castillos en cambio, en una de las esquinas de las habitaciones que daban al exterior, existían especies de asientos de piedra en donde uno se sentaba y todo caía por las murallas del castillo. Ya imaginen como lucían las murallas. Sin embargo, en las calles de una ciudad, mucha gente usaba en sus casas un orinal propio, que era un cuenco decorativo que servía como baño durante la noche, algo así como nuestras “modernas” bacinicas. La gente también hacia sus necesidades en sus propios dormitorios. Pero dejarlas toda la noche al lado de la cama no era lo mas agradable que digamos. Lo peor era que, una vez que el orinal estaba lleno, los desperdicios se arrojaban por las ventanas hacia la calle. A menudo se solía gritar “garde loo”, advirtiendo a los demás que se apartaran para no ser empapados.

No existían sistemas de alcantarillado obviamente. Esta costumbre de arrojar los orines, excrementos e inclusive la basura por la ventana directamente a la calle era una costumbre que inclusive en nuestra Lima colonial y de comienzos de la República, constituía toda una práctica habitual. Ya ustedes imagínense como olería la ciudad. A eso debemos agregar la cantidad industrial de excremento de los caballos, mulas y asnos que circulaban por las calles. De allí que pasear por las calles de una ciudad no era lo más agradable, amén del caso de las mujeres con los vestidos largos que usaban y todo lo que “arrastraban” y pisaban esos elegantes vestidos. La necesidad de usar botines era fundamental en las damas. ¡No quiero ni pensar como sería el caso cuando en la antigüedad romana o griega la gente usaba sandalias y pisaba toda esa basura callejera!

Consecuencia de estas curiosas costumbres higienicas era el terrible hedor que dominaba el ambiente. Con la presencia de los desechos humanos en las calles, la gente se acostumbró a un permanente hedor en el aire. Los inodoros interiores ni siquiera eran una ocurrencia común. Obviamente las duchas no existían y nadie se bañaba, menos aún si era invierno por el frio. ¿Se imaginan cómo olería un pueblo de gente extremadamente sucia? Interesante anotar que con el objetivo de mantener el olor a raya de alguna manera, la gente hacía uso de un pequeño ramo de flores o hierbas, frescas o secas, que se sujetaban a la mano de alguien, se ataban alrededor de la muñeca o se unían con alfileres a la ropa - ¿Quizá antecedente de la costumbre elegante de llevar una flor en el ojal u obsequiarle a la chica una flor para la fiesta de promoción y llevarla en la muñeca o en el pecho? -. Esto fue especialmente útil cuando se caminaba entre una multitud de personas, ya que se podía llevar la flor a la nariz para obtener un aroma a flores mientras se adentraba en un mar de cuerpos pestilentes.

Pero, si la gente apenas se bañaba en verano y en tinas de metal de madera, si es que las tenían o en el rio más cercano, tampoco lavaban la ropa tan a menudo como nosotros. Al estar hecha a mano, las personas disponían de muy poca ropa usándola durante semanas o incluso meses, hasta que decidían lavarla. El detergente era una hierba floral similar a la pastilla de jabón natural: se agregaba un poco de agua y enjabonaba. Sin embargo, la eliminación de manchas era otra historia. Se usaban sustancias que hoy en día serían impensables, como cenizas, uvas verdes trituradas, plumas de pollo u orina. Sin combinamos eso con el hecho de que el agua era escasa, la cosa se complicaba.

De allí que si volvemos a la edad moderna y a las bellas damas de las cortes reales a las que Mozart tocaba el piano y enamoraba, ya podemos imaginarnos como olerían. Para comenzar, debajo de sus hermosas pelucas por lo general lucían poco pelo o eran cuasi calvas. Lo mismo los caballeros. ¡De allí la importancia de las pelucas! Dichas pelucas vivían llenas de ácaros y piojos que pululaban por la peluca y luego bajaban para introducirse en las ropas de la persona, causando urticaria en el cuello, granos y sarpullidos por todo el cuerpo. A ello agreguemos que las damas se maquillaban con un tipo de maquillaje llamado “Ceruse Veneciano”, a base de plomo, una sustancia que también era blanqueador de piel. Sin embargo, lo que muchas creían que las hacían hermosas, también las volvía increíblemente enfermas, ya que el plomo era absorbido por la piel causando envenenamiento. El uso constante de plomo blanco causaba pérdida de cabello y daño severo en la piel o incluso la muerte. Además, ¡algunas usaban pelo de ratón para rellenar sus cejas!

Finalmente, si su bella dama sonreía, ¡prepárese! porque lo más probable es que le mostrara los únicos cinco u ocho dientes que le quedaban, nada más. De allí el origen de nuestras misteriosas “tapadas”. Si bien fueron los italianos lo que comenzaron a realizar las primeras pastas de dientes durante 1700, no era algo precisamente esencial. Los ricos la usaban, mientras que los pobres hacían uso de un palillo de dientes o, como mucho, se secaban los dientes y las encías con un paño. El caso de las mujeres era peor, debido a la pérdida de vitaminas durante el embarazo. Por tanto, cuando vea una película de época en donde un caballero de la edad media o del siglo XVIII enamora y seduce a una bella dama, ya puede ir imaginando a qué diablos olerán ambos, y si luego de ese intercambio mutuo de hedores, el amor aún perdura... definitivamente es amor verdadero. ¡Estas son las cosas que la historia no nos cuenta ni nos quiere contar!

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