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Lunes, 15 de Octubre 2018


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2 Represion en Venezuela

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Cuando uno vive y ve lo que es una dictadura, nunca lo olvida. El que no puedas expresar tu opinión, ir a donde desees o leer lo que te provoque, es algo que hoy a muchos les puede costar entender el que exista alguien, un gobierno o un dictador que te lo impida, porque gracias a Dios hoy vivimos en un país como el Perú, en donde se respetan las libertades y los derechos. Pero quien ha vivido en un país en donde las libertades y derechos no se respetan, será consciente del inmenso valor que tienen y como el ser humano no puede vivir sin ellos. Mi niñez y adolescencia, como la de muchos peruanos, transcurrieron durante la dictadura militar de Velasco y Morales Bermúdez. De allí que pude crecer entre toques de queda, golpes de estado, tanques y soldados, amen de ver a toda clase de militares ocupar cargos ministeriales, embajadas y todo lo que uno se pueda imaginar.

 

Al margen de las diferencias con la realidad de la dictadura militar en el Perú de entonces, una experiencia que nunca olvidaré fue la primera vez que visité la Argentina con mis padres y hermanos. Transcurría el mes de junio de 1976, a mis quince años, estaba feliz de conocer una gran ciudad como Buenos Aires. Sin embargo, grande fue mi sorpresa al encontrarme con una ciudad bajo toque de queda, custodiada por soldados, tanques y tanquetas por doquier. Percibí mucho miedo y una gran desconfianza en la población. Con mis padres solíamos caminar por el centro de la ciudad, viendo tiendas, librerías, boliches y restaurantes. Sin embargo, a eso de las diez de la noche ya teníamos que comenzar a enrumbar hacia nuestro hotel puesto que en unas horas más se iniciaba el toque de queda. Ya en el hotel, todos nos acostábamos en nuestras respectivas camas y no bien comenzaba el toque de queda, las balaceras hacían su aparición. Una bullanga de ráfagas de metralletas que no tenían cuando detenerse. No bien la noche se silenciaba, a los pocos minutos nuevamente otra balacera y voces de alto. Una de esas tardes, paseando con mis padres por la conocida calle Florida en el centro de Buenos Aires, caminaba delante de nosotros un señor muy serio de cierta edad, muy bien vestido con terno, corbata y un largo abrigo negro. No bien llegamos a un cruce de calles, delante de nosotros se detuvo un automóvil de color gris, se bajaron dos individuos bien vestidos con saco y corbata, y a punta de golpes sujetaron al señor que caminaba delante de nosotros y lo introdujeron en el automóvil gris, el cual salió luego raudo a toda velocidad. Faltaba poco para el toque de queda. Mi padre y yo nos quedamos paralizados. Mientras esto sucedía mi padre me decía en voz baja que no me moviera y que me quedara quieto. Sudábamos frio. Cuando partió el automóvil con estos hombres, nosotros salimos disparados hacia nuestro hotel. Estábamos mudos.

Sucedía que eran los días de la dictadura militar argentina. De allí el miedo en la gente y su gran desconfianza hacia cualquiera que hiciese preguntas. Estuvimos varios días en Buenos Aires e inclusive pudimos visitar la ciudad de Bariloche en donde me impresionó la gran afluencia de alemanes y austriacos, así como el estilo de sus casas y chalets, tan austriacos, pero ese es otro tema. Regresando a Buenos Aires, mi madre tuvo la idea de que antes de ir a Lima, visitáramos Chile, “para que los chicos conozcan de una vez Santiago ya que estamos por aquí”. Convenció a mi padre ante mi gran alegría y la de mis hermanos. Tramitamos las visas para Chile y al día siguiente salimos para Santiago. No bien llegamos al aeropuerto de Pudahuel, me llamó la atención ver estacionado al costado de nuestro avión, nada menos que el avión presidencial de los Estados Unidos. Mi padre me dijo muy bajito al oído: “Se encuentra en Chile de visita el canciller norteamericano Henry Kissinger con diversos asesores de la CIA, los cuales asesoran al gobierno de Pinochet”. No tuvo que explicarme más. Lo entendí todo perfectamente.

Eran los días en que la dictadura del general Pinochet se encontraba en todo su apogeo. Se me vino a la cabeza la imagen de diversos matrimonios chilenos, amigos de mis padres, que venían exiliados de Chile y mi padre los recibía en casa. Amigos de toda la vida que nos contaban de las ejecuciones y desapariciones de tantos en Chile, bajo la dictadura de Pinochet. Cuando con mis padres fuimos a visitar el Palacio de “La Moneda” -o lo que quedaba de este- era impresionante contemplar las ruinas del palacio bombardeado, lo que quedaba en pie, la fachada llena de agujeros de balas, todo destruido e inclusive ver la fachada del hotel “Carreras” (Sheraton) al lado de las ruinas de la Moneda, aún cubierto de agujeros de balas. Se me vino a la memoria un libro de la biblioteca de mi padre en Lima sobre el golpe de estado de Pinochet, con diversas fotografías de los cuerpos de cientos de desaparecidos o ejecutados flotando en el rio Mapocho, los aviones a reacción bombardeando La Moneda y la imagen del presidente comunista Salvador Allende asomando con una ametralladora por una de las ventanas, disparando a los soldados.

Ese día regresé medio mareado al hotel con las imágenes de la Moneda aún en la cabeza. Esa noche nuevamente, al igual que en Buenos Aires, sufrimos el toque de queda con el acompañamiento de todo un concierto de balazos, ráfagas de metralleta, etc. No pude pegar el ojo en toda la noche ni en las tres siguientes que nos quedamos en Santiago. La mirada de miedo y desconfianza de la gente en las calles era la misma que vi en las miradas de cientos de argentinos en Buenos Aires. Son los efectos en la gente de las dictaduras: miedo, desconfianza, terror, y por que no decirlo, indignación y rabia.

Hoy que Venezuela pasa por lo mismo que vi en Chile y Argentina a mis quince años, me pregunto: “¿Quo vadis Venezuela?” ¿A dónde vas Venezuela? ¿Qué futuro te espera? ¿Existe siquiera un futuro para Venezuela? El pueblo venezolano sufre lo indecible -como en todas las dictaduras- por un miserable dictador, el cual tarde o temprano terminará desapareciendo como todos los dictadores, pero luego de masacrar a su pueblo. El Perú y la comunidad internacional no puede permanecer impasible ni indiferente ante esta situación. Seamos solidarios con Venezuela como ellos lo fueron con nosotros en los setentas durante la dictadura militar. Finalmente, todos somos hermanos latinoamericanos.

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