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Martes, 21 de Agosto 2018


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joven rezando igles

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Aquel atardecer, sentados a la orilla del mar de Tiberiades, los discípulos le preguntaron a Jesús sobre la oración. Jesús sonrió y se alegró de que se lo preguntaran puesto que muchas veces les había hablado de ello, pero estaba seguro de que no le habían entendido nada. De allí que les explicó, de una manera muy sencilla, lo siguiente: “Cuando oren, no sean como los hipócritas que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad les digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto: y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6,5-6). Los discípulos entonces se lo comieron a preguntas: Entonces, ¿cómo hacer oración? ¿Qué decir en la oración? ¿En qué consiste esto de la oración? Jesús con mucha paciencia y cariño les dijo: “Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu reino; hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal” (Mateo 6, 9-13).

 

¿Sabían ustedes que hace un tiempo, un grupo de científicos rusos ha descubierto y demostrado el mecanismo “material” de la oración? “Una oración es un medicamento poderosísimo”, afirmó Valeri Slezin, jefe del Laboratorio de Neuropsicofisiología del Instituto de Investigación y Desarrollo Psiconeurológico Bekhterev, de San Petersburgo. “La oración no sólo regula todos los procesos del organismo humano, sino que también repara la estructura de la conciencia más afectada”. Y como buen científico, el profesor Slezin hizo lo que tenía que hacer: medir el poder de la oración. ¿Cómo realizó esta “medición”? Pues registrando los electroencefalogramas de algunos monjes al momento de orar. De esa manera logró captar un fenómeno extraordinario: la desconexión completa del córtex cerebral de esos monjes. Lo curioso es que dicha desconexión sólo puede observarse en bebés de tres meses, cuando sienten la cercanía de su madre, provocándoles una sensación de seguridad completa. A medida que la persona crece, tal sensación va desapareciendo, la actividad cerebral crece y este ritmo de las bio-corrientes cerebrales se muestra raramente; solamente en las horas de sueño profundo o al orar. Slezin ha denominado a tal estado desconocido: “leve vigía al orar”; y ha demostrado que tiene una importancia vital para la persona. El científico ruso explicó que cuando una persona hace oración, las preocupaciones quedan en un plano secundario e incluso desaparecen totalmente. De esta manera se hace posible el restablecimiento psíquico, moral y físico de la persona que reza.

De otro lado, Slezin indicó que los oficios de la Iglesia también tienen un importante rol en la recuperación de la salud. La ingeniera y electrofísica, Angelina Malakovskaia, del Laboratorio de Tecnología Médica y Biológica, ha dirigido numerosos estudios para medir las diferencias en la salud de las personas, antes y después de asistir a algún oficio religioso. Los resultados han demostrado que participar de los servicios litúrgicos hace que se normalice la presión sanguínea y determinados valores medibles también en la sangre. Se sabe que después de la explosión de Chernobyl, los instrumentos para medir la radiación demostraron valores que llegaban a sobrepasar el límite cuantificable. Sin embargo, en el área en donde se encuentra la Iglesia del Arcángel Miguel, a 4 km de los reactores, el valor de la radiación se mantenía normal. Parece ser que las oraciones pueden incluso neutralizar las radiaciones.

El mismo Jesús nos dice que confiemos en la oración: “Por eso os digo: todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán” (Marcos 11,24), y nos pide que oremos en su nombre: “Y todo lo que pidan en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14,13-14). Pero eso sí, nos pone una condición: que la oración no se quede solo en palabras, pues nos dice: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre Celestial” (Mateo 7,21), esto es, aquel que lucha por ser mejor persona y mejor cristiano cumpliendo la voluntad de Dios. Así mismo, Jesús también les indica claramente a sus discípulos que deben rezar con fe: “Todo es posible para quien cree” (Marcos 9,23); y nos recomienda que recemos con insistencia: “Pedid y se les dará; busquen y hallaran; llamen y se les abrirá”(Mateo 7,7); nos pide no desfallecer en la oración: “Velen y oren, para que no caigan en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mc.14,38). En otras palabras, cuando recemos debemos hacerlo con fe, con perseverancia y con humildad. Jesús les enseña reiteradamente a sus discípulos que deben ser perseverantes en la oración, insistir, aunque parezca que caemos pesados o que Dios no nos escucha. No importa. En diversas parábolas lo enseña, como la de aquel amigo inoportuno que toca insistentemente la casa de su amigo a la media noche pidiendo tres panes para un amigo que ha llegado de noche. Jesús indica, seguro que con una sonrisa: “Os lo aseguro: aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, al menos por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesita” (Lucas 11,5-13).

Tomando en cuenta las palabras del mismo Cristo y el sustento de los mencionados científicos rusos del gran poder de la oración, ¿Qué más podemos pedir? ¿Qué nos falta para hacer oración? Pues decidirnos a hacerla y punto. En su mensaje para la Cuaresma 2018, el Papa Francisco nos dice: “El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida”. Y concluye animándonos: “Si en muchos corazones, a veces, da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo”. De allí que, en esta Cuaresma 2018 que acaba de iniciarse, que sea una buena ocasión para animarnos a hacer un poco de oración. Recuerden que es muy poderosa pues Dios realmente escucha. Tengan la seguridad que, si la hacen con mucha fe, perseverancia y humildad, no se verán defraudados. Dios no defrauda y es buen pagador. Se los asegura... el mismo Dios. ¿Qué mejor garantía podemos pedir?

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