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Sábado, 20 de Octubre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Recuerdo que cuando era niño, me encantaba escribir mi nombre y fecha en todo cemento fresco que encontraba en las veredas de la calle. Era común en Lima encontrarte con nombres, dibujitos, fechas y corazones con nombres de enamorados en el cemento de las veredas. Lo mismo la gente escribía en los troncos de los árboles y hasta en las rocas de un cerro en el campo. Lo bueno de todo esto es que tu nombre y fecha, de alguna manera, quedaba registrado para siempre. Y cada vez que uno pasaba por esa calle y veía esa vereda, o ese árbol, observaba como el paso de los años no había borrado tu nombre, claro, hasta que a la municipalidad se le ocurriera reparar las veredas o podar los árboles, y allí terminaba todo. Lo mismo sucede con esos bisontes y esas manos que quedaron grabadas en las pinturas de las cuevas de Altamira, en España. Esos hombres primitivos dejaron el recuerdo de sus manos, huellas que han trascendido miles de años y han quedado para la posteridad.

 

Es algo que impresiona ver la perfección de esas manos que han sobrevivido miles de años y que pertenecieron a un ser humano de esas épocas. Pero ¿Por qué ese afán del hombre de desear poner tu nombre en el cemento fresco de una vereda, componer una canción, escribir un libro, quedar en un monumento, esto es, el querer que no lo olviden o que su nombre sea recordado o repetido de ser posible para siempre? Pues simplemente porque el ser humano busca trascender en el tiempo, de alguna manera. No quiere desaparecer ni ser olvidado. Quiere pues trascender, ser feliz y para siempre. Es como una sed interior de vida eterna dejada por Dios en el hombre para que éste a su vez la busque y la encuentre.

Sin embargo, hoy el hombre ha ingresado en un proceso de empobrecimiento antropológico y ontológico que ha precipitado al humanismo en un deterioro que lo ha transformado en “humanitarismo”, desprovisto de toda dimensión religiosa. Este fenómeno ya había sido vaticinado por el escritor inglés Robert Hugh Benson en su novela “Señor del mundo” publicada en Inglaterra nada menos que en 1907 y que ha sido muy recomendada por el Papa Francisco. En esta brillante novela, Benson describe increíblemente, con más de cien años de antelación, el proceso que la humanidad viene atravesando hoy, comenzando el siglo XXI. El hombre descarta su dimensión religiosa -y en especial la civilización cristiana- dejando de lado obviamente a Dios, y se vuelca sobre sí mismo. Se trata de un hombre sumergido en un hedonismo en todas sus manifestaciones, entre las cuales se encuentra el “humanitarismo”. El hombre termina adorándose a sí mismo y creyendo sólo en sí mismo, en su naturaleza y en la perfección de la naturaleza y el medio ambiente, así como en la ciencia. Pero allí termina todo. No hay trascendencia. No hay vida eterna. Con la muerte termina todo. El consumismo constituye toda una actitud ante la vida, una concepción de la existencia, la cual ha llevado a que el hombre caiga en un materialismo extremo.

Y es aquí donde ingresamos a la gran disyuntiva que san Juan Pablo II analizara sobre el “ser” y el “tener” en el hombre, en su encíclica sobre la cuestión social “Sollicitudo rei socialis”. Esta problemática nos recuerda también la obra de Erich Fromm “Ser y Tener” y su brillante análisis. El efecto más destructivo del “humanitarismo” actual previsto por el referido papa y por Benson, se halla en que las dimensiones metafísicas (moral) y teológica (religiosa) del hombre están siendo socavadas. En las relaciones humanas, tanto a nivel individual como a nivel de los pueblos, la moral ya no es una expresión de la naturaleza del hombre, por lo que el amor (la caridad) ya no pasa por Dios, sino que se queda a ras de tierra, chata, horizontal: se ha convertido en altruismo, en simple filantropía. Lo curioso es que esta “moral” universal tiene la virtud de reconciliar a todas las gentes. Es una “moral” muy tolerante por lo que esa reconciliación se abraza también a quienes tienen una concepción trascendente de la vida, pues la fe no es más que algo adyacente y sin relevancia; lo que importa es que se ponga al servicio de ese “humanitarismo” que, por su parte, prescinde de Dios.

Esta “moral” armonizada con la ciencia, es la que ofrecería las bases de una sociedad justa en que domina la unión entre todos los hombres y nada más. De allí que, bajo esta manera de vivir, el hombre terminaría avocándose en el solo “tener” dejando el “ser” a un lado. Terminaríamos, como dijera Fromm en su referida obra, en que: “La alternativa entre tener que se opone a ser, no atrae al sentido común. Parece que tener es una función normal de la vida: para vivir, debemos tener cosas. Además, debemos tenerlas para gozarlas. En una cultura cuya meta suprema es tener (cada vez más), y en la que se puede decir de alguien que "vale un millón de dólares"... ¿cómo puede haber una alternativa entre tener y ser? Al contrario, parece que la misma esencia de ser consiste en tener; y si el individuo no tiene nada, no es nadie”. De allí que hoy se juzgue a las personas más por lo que tienen que por lo que son.

Por tanto, podemos concluir que, si nos quedamos en el simple “tener” que propone el humanitarismo actual, no trascenderemos, esto es, terminaremos prescindiendo del “ser” y acabaremos en nada, esto es, quedándonos en un simple “tener” cosas, olvidando el verdadero sentido de la vida del hombre sobre la tierra, como diría Viktor Frankl en su gran obra “El hombre en busca de sentido”. “Tener” es bueno, pero no esencial, puesto que es un medio para el “ser” y no un fin en sí mismo, por lo que no acarrea a la larga la verdadera felicidad.

De allí que todo hombre nació para trascender, para vivir eternamente; desea siempre trascender por sobre todas las cosas. Y para ello no le queda otro camino que optar por el “ser”, y ese “ser” está en Dios, pues ese “ser” es Dios. En ello se fundamenta todo el sentido de su vida. De lo contrario, se quedará escribiendo su nombre en el cemento fresco de las veredas y sólo a eso llegará... olvidando que nació para trascender, que nació para tener vida eterna y si olvida esto, su vida carecerá absolutamente de sentido.

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