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Miércoles, 22 de Agosto 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Uno de los episodios mas espeluznantes que mi padre me contara alguna vez, ocurrió en un vuelo entre Lisboa y Caracas allá a mediados de los años sesenta. Sucedió que por una cuestión de trabajo mi padre viajó a Lisboa y habiéndosele complicado el viaje de regreso, puesto que, al ser gerente de una compañía de aviación, tenía derecho a pasajes gratis de cortesía, pero sujeto a que hubiere cupo en el avión, ocurrió que, al querer regresar de Lisboa a Lima no había sitio alguno en el vuelo de Avianca en el cual tenía su pasaje reservado. De allí que no le quedó mejor cosa que embarcarse en una línea aérea portuguesa de padre desconocido y de cuyo nombre prefirió nunca acordarse, como diría el gran Cervantes. Se trataba de un avión cuatrimotor a hélice. Luego de recibir su bolsa de papel para las náuseas y con el logo de la compañía, tomó asiento al lado de la ventanilla. El avión despegó con toda parsimonia y lentitud. Las aeromozas pronto comenzaron a servir la cena, pues comenzaba a atardecer. Curiosamente, al lado de mi padre se sentó un conocido político peruano con el cual pronto inició franca conversación. El resto de los pasajeros eran portugueses y algún que otro francés o alemán. Lugo de la cena, mi padre se aprestó a leer un buen libro que llevaba en su maletín de mano -pues nunca pudo dormir en los aviones-. Al poco rato dejó de leer y se recostó contra la ventanilla, entreteniéndose en ver el inmenso mar y el cielo que comenzaba a enrojecer con el atardecer.

 

No bien se había adentrado la aeronave en los cielos tormentosos que empezaban a cubrir el océano Atlántico, mi padre miró el ala de la aeronave y como giraban las hélices de sus motores. Fue en ese momento que se percató - ¿Sería una alucinación? ¿Le habría caído mal el pollo de la cena o la copa de oporto que se tomó? ¿Le estaría fallando la vista como fruto del cansancio del día? – ¡Pues resulta que luego de frotarse los ojos varias veces, observó que en el ala solo había un motor! Perdón, ¿No eran dos motores por ala? ¿No se trataba de un avión cuatrimotor? Por si las dudas, se puso de pie y pidiendo permiso a su político compañero, se fue al otro lado del avión y observó por la ventanilla y ¡Efectivamente! Pudo apreciar dos motores con sus hélices girando como Dios manda. Al volver al su sitio volvió a mirar por su ventanilla y... ¡Sólo observó un motor! ¡Horror! ¿Y el otro motor? ¡Pues que simple y llanamente se habían desprendido y caído al mar! Sin alterarse ni llamar la atención decidió serenarse y no comentarle de esto a nadie, ni siquiera a su compañero político. Sin embargo, su conciencia le decía que al menos, debía informar a la aeromoza y al capitán de la aeronave.

Fue así que, sin perder la flema al mejor estilo “british”, llamó a la aeromoza y simplemente le dijo al oído: “Disculpe señorita... pero me parece que al avión se le ha caído un motor”. La aeromoza lo miró como si estuviera bebido. Mi padre agregó: “Mire usted misma por la ventanilla. Yo no estoy ciego”. La aeromoza miró por la ventanilla. Se quedó paralizada. Solo le dijo a mi padre: “Sígame por favor”. Mi padre se puso de pie y la siguió por el pasillo. Lo llevó hasta la cabina de mando, en donde la señorita dirigiéndose al capitán de la aeronave y al copiloto simplemente le dijo: “El pasajero aquí presente tiene algo que decirles”. Mi padre simplemente le dijo: “Disculpe capitán, pero a su aeronave se la ha caído uno de los motores. El del ala izquierda para ser más preciso”. El capitán miró al copiloto y éste al ingeniero de vuelo. Luego de dijo a mi padre sin inmutarse: “Tiene usted razón. Si nos habíamos percatado de este pequeño percance, pero no se preocupe, ¡el avión puede volar con tres motores!” “Muy bien” dijo mi padre, “Pero ¿Qué sucedería si se le cae otro motor por allí?”. El capitán miró nuevamente al copiloto y respondió: “Bueno, en ese caso sí tendríamos una situación complicada”. “¿Que tan complicada?” preguntó mi padre. “Pues que terminaríamos nadando en el océano Atlántico”. El capitán dejó los controles, se puso de pie y mirando a mi padre le dijo: “Estese tranquilo. Vaya a su asiento y procure que los pasajeros no se percaten del percance. Es de noche y no verán nada. Ordenaré además que cierren las cortinillas de las ventanas”.

Mi padre tranquilamente regresó a su asiento. Sin embargo, al parecer su compañero de asiento, el reconocido político peruano de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, algo había escuchado cuando mi padre le informó a la aeromoza. Fue en ese momento que el político le preguntó directamente a mi padre: “¿Qué ha sucedido?” Mi padre lo miró fijamente y solo atinó a responderle: “Algo cayó del cielo”. El político no se quedó tranquilo con la respuesta, por lo que insistió preguntando nuevamente cada cinco segundos: “No entiendo, exactamente ¿Qué cosa cayó del cielo?” Mi padre ya harto de tanta insistencia solo respondió: “Uno de los motores del avión se desprendió y cayó al mar”. El político primero se puso pálido, luego empezó a temblar, a sudar y entró en pánico y le decía a mi padre: “¡No quiero morir así! ¡Mi vida no ha sido muy correcta que digamos! ¡Quiero un cura para confesarme!” Mi padre trató de calmarlo y le dijo que en el avión no había cura alguno, pero si quería, podía desahogarse con él. Para tranquilizarlo le contó la historia de aquella aeronave de carga que transportaba vacas lecheras y que, volando sobre Colombia, se abrió la compuerta del avión y las vacas comenzaron a caer sobre territorio colombiano. Al menos la aeronave llegó bien a Bogotá, pero sin una sola vaca. El político no se tranquilizó nada con la historia. Todo lo contrario. Para colmo el avión entro en una zona de turbulencia y se zarandeaba sin parar. Fue en ese momento que el político casi a gritos le contó todo un rollo con todas sus fechorías, sobornos y coimas que pagó en su vida, los favores obtenidos ilegalmente, etc. etc. etc. Mi padre se quedó de una pieza. El hombre no paró de hablar contando todas sus fechorías políticas durante el resto del vuelo. Obvio que todo el avión se enteró de las fechorías del político.

Finalmente, el avión llegó a Caracas con sus tres motores. Al detenerse la aeronave, el político se despidió quedando inmensamente agradecido a mi padre por escucharlo y consolarlo. Todos los pasajeros lo miraban con curiosidad. Así mismo, el capitán de la aeronave le agradeció a mi padre por su serenidad. Mi padre tomó luego una aeronave que lo llevaría a Lima. Eso sí, antes de subir a la aeronave... se percató que tuviere los cuatro motores completos y bien entornillados a las alas. ¡Uno nunca sabe de las cosas que pueden caer del cielo!...

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