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Sábado, 26 de Mayo 2018


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impartiran curso especializado para exorc

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Desde muy niño me encantaron las películas de terror y de fantasmas. Me divertían y hasta me hacían reír. Igual me sucede hoy. Si se trata de películas de fantasmas, espíritus, brujas o de asesinos sanguinarios que aterran y matan a todo el mundo, ello entretiene y no pasa nada. Simple ficción. Pero la cosa cambia si se trata de películas sobre el demonio. En esto hay una gran diferencia: el demonio existe.

Es una realidad que –guste o no- está permanentemente acechándonos, muy cerca de nosotros y por muchos motivos, aunque muchos no se percaten de ello. ¿Cuál es su objetivo? Destruir nuestras vidas, perdernos, hacernos caer, alejarnos de Dios, hacernos infelices para finalmente, capturar nuestra alma y destruirnos para siempre. Para ello empleará todas las artimañas y engaños posibles. Es un experto en la materia. Es el “Padre de la mentira”. Es un maestro del engaño y en embaucarnos en las peores situaciones.

Recuerden que se trata de un ángel caído y como ángel que fue, aún posee una inteligencia sobrenatural muy superior a la nuestra. Se las sabe todas definitivamente. De allí que uno deba estar permanentemente preparado mediante los sacramentos, luchando permanentemente a fin de evitar caer en las tentaciones, trucos, trampas y toda clase de ardides que el demonio nos pone delante permanentemente, mientras estemos en este mundo.

 

Estas trampas pueden ser de toda clase: dinero fácil y poder mal habido, placeres mundanos de todo tipo, pretextos de una falsa felicidad y amores a fin de destruir tu familia, tu matrimonio, etc. De allí que tratará por todos los medios de causar desorden en nuestra vida y destruirla, por lo que debemos estar preparados para no caer en su juego. Nos conoce muy bien; conoce nuestras debilidades y defectos, nuestras cualidades y virtudes así como nuestros puntos sensibles y débiles. De allí su gran inteligencia y habilidad para tendernos trampas permanentemente aprovechándose de nuestras debilidades.

Hace unos días, vino a almorzar a mi casa un sacerdote, de nombre Javier, al cual no conocíamos personalmente, pero un amigo en común sí. Nos lo presentó y al instante nos se ganó la simpatía de mi familia. Tenía viviendo ya bastantes años en el Perú, era español, de Burgos para ser más precisos. ¿Y que tenia de especial este sacerdote? Pues que además de ser sacerdote era también, como se diría, en sus ratos libres, nada menos que exorcista.

Al instante se me vino a la cabeza la imagen que siempre recuerdo de mi madre, cuando yo era pequeño, leyendo en su cama la novela de William Blatty “El exorcista”. Nunca vi la película del mismo nombre estrenada allá por 1973, con la popular actriz Linda Blair, ni me interesa verla. Recuerdo que cuando mi madre regresó del cine luego de ver la película, me dijo: “La novela es muchísimo mejor, es más fuerte”. Sin embargo, más me imagino al demonio como lo personificó Al Pacino en “El abogado del Diablo”: pícaro, seductor, simpático, sociable, agradablemente sinvergüenza, aparentemente generoso -pues te ofrece todo- pero en el fondo no te quiere, pues solo quiere tu perdición. Así me lo imagino.

Obviamente mis hijos y yo no aguantamos la curiosidad y le rogué a Javier que nos contara el peor exorcismo que haya realizado, el más aterrador y complicado. El sacerdote de lo más pancho y feliz nos empezó a contar, mientras almorzábamos, la siguiente historia: “Se trataba de una niña pequeña de rostro dulce y tierno. Vivía con su familia en San Juan de Miraflores. El arzobispo de Lima me pidió que fuera y cuando llegué a su casa, estaban los padres y los hermanos con la niña. Yo fui con sotana, con mi libro de oraciones y un crucifijo de plata en el bolsillo. Siempre que veo a un poseído, primero descarto que se trate de una enfermedad mental o neurológica. En este caso la niña me miraba con suma dulzura y parecía normal.

Cuando le dije a sus padres que aparentemente no veía nada extraño en ella, la niña se volteó, me miró fijamente y con una voz ronca masculina llena de odio me gritó: ‘¡Vota esa porquería que llevas en tu bolsillo!’ Recordé el crucifijo y lo saqué de mi bolsillo. La niña empezó a agitarse y a gritar con una voz ronca de hombre y me gritaba: ‘¡Lárgate de aquí maldito! ¡Que se vaya ella también!’ Allí me percaté que miraba hacia un rincón y algo al interior me dijo que veía a la Virgen María. Recordé que no hay nadie que el demonio odie más, que a la Madre de Dios. Ordené a sus hermanos que sujetaran de brazos y piernas a la niña. Con las justas podían sujetarla. La fuerza del demonio era descomunal que se sacudía sin parar. Se me vino a la mente el Padre Pío, hoy santo, y sus peleas con el demonio. La niña empezaba a convulsionarse gritando groserías, insultos y vulgaridades contra todos y en especial contra mí y contra Dios.

Saqué mi botellita de agua bendita y comencé a rociar a la niña con el agua. ¡‘Aleja esos orines infectos de mi’! gritaba la niña poseída furiosa y desesperada. ‘¡En nombre de nuestro Señor Jesucristo te ordeno que abandones a esta niña! le pedía a cada rato, pero el demonio, que luego supe que eran varios -una legión les llama el evangelio- se negaban a irse.

Con la familia rezamos varias veces el rosario y varias oraciones mas durante cinco horas. Finalmente, la niña se calmó y se quedó dormida. El demonio la había dejado”. El sacerdote nos explicó que hay veces que debe regresar varios días más para continuar con el exorcismo. El demonio es muy fuerte y hay muchos y hasta tienen nombres.

Otras veces, el demonio salta al padre o a la madre allí presentes y comienza a decir, por sus bocas, cosas contra Dios y a insultar. Una vez incluso le habló por su nombre, Javier, y le dijo cosas que nunca olvidaría.

En resumidas cuentas, debemos entender que el demonio fue, es y será siempre una realidad. El demonio existe. Pueden creerlo o no. Es cuestión de cada uno. Su gran triunfo hoy es hacer creer precisamente lo contrario: que no existe. Hasta Cristo se dejó tentar por el demonio para enseñarnos a rechazarlo. El mal es una realidad y lo vemos a diario. Si quieren ignorar esta realidad, harán feliz al demonio pues exactamente eso es lo que quiere. Vean a su alrededor. Y en todo caso, como bien dice sonriendo Al Pacino al final de “El abogado del diablo”, luego de tentar al protagonista: “Ah la vanidad... mi pecado favorito”. Definitivamente, el diablo siempre se viste a la moda...

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