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Lunes, 22 de Octubre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Recuerdo que un día a principios de los años ochenta, me iba al centro de Lima al Estudio de abogados en el que practicaba. Caminaba hasta el paradero del micro. Sin embargo, encontré el paradero atiborrado de gente y lo peor de todo: no pasaba un solo micro y el gentío de potenciales pasajeros iba creciendo.

Algunos decidían tomar un taxi, pero cuando paraba un taxi, este cobraba tres veces más de lo normal por llevar a un pasajero. Luego de dos horas de espera, repentinamente apareció un micro a toda velocidad el cual paró delante de nosotros, pero por desgracia, venía atiborrado de gente.

Haciendo acopio de coraje y valentía, no me quedaba otra que tratar de luchar por ingresar a codazo limpio al micro y por lo general, me quedaba colgando de la puerta, agarrado a lo que sea o a quien sea mientras el micro arrancaba raudamente. Luego de cincuenta apretones, veinte codazos y tres intentos de robo, llegaba a mi destino medio atontado. ¿Qué estaba sucediendo? Pues simplemente que el transporte público se había declarado en huelga debido a una nueva alza del precio de los combustibles, así de simple y claro. Razón por la cual tanto “buses” como micros se habían declarado en huelga pidiendo que suba el precio de los pasajes.

 

Como resultado de ello, le complicaban la vida a todos los ciudadanos los cuales no podían llegar a su centro de labores y los que llegaban, como era mi caso, luego tendrían que luchar por regresar a sus casas como sea.

Uno trabajaba todo el día, pero por lo general tenía que salir del trabajo más temprano puesto que no había transporte público para regresar a casa. En mi caso, como practicante de Derecho, tenía que caminar por todo el centro de Lima de escribanía en escribanía, incluyendo el Palacio de Justicia. Por lo general, en días así solía encontrarme con todo el sindicato de transportista en plena marcha por la avenida Abancay lo cual implicaba tener a la mano mi pañuelo, mojado en agua, para poder soportar los gases lacrimógenos que la policía arrojaba sobre los huelguistas.

Cual bandolero del lejano oeste, me ponía mi pañuelo mojado en la cara y trataba de no respirar el repelente gas lacrimógeno. Eso en el mejor de los casos, pues la cosa podía ponerse peor como cuando aparecía la policía a caballo, a todo galope, dando palazos a todo el mundo; o cuando salía de la nada el famoso “rochabus” o “pinochito” y te arrojaba potentes chorros de agua sobre todo el mundo -huelguistas y no huelguistas-, agua que por cierto no era San Luis ni San Mateo ni nada que se le pareciese, pues era agua de dudosa procedencia, esto es, de acequia.

Al terminar el día venía la odisea del regreso al hogar, esto es, regresa como puedas ya que el transporte público está de huelga. Si tenías suerte, conseguías un taxi el cual lucraba contigo a su antojo, cobrándote un platal. Al llegar a casa, me encontraba con mi padre requintando a todas las generaciones de madres de los gobernantes de turno ya que tuvo que hacer una cola interminable de cinco cuadras de autos – durante unas tres horas- en un grifo cercano a la casa, para llenar el tanque, antes que el grifo subiere los precios de la gasolina.

Así vivíamos en los ochenta, entre huelgas, marchas, hiperinflación, terrorismo y alza de precios de los combustibles a granel, con la correspondiente alza de los alimentos, servicios, luz, agua, teléfono, etc. alza debida al nuevo precio de los combustibles.

La semana pasada, al presidente Vizcarra y su ministro de economía David Tuesta, no se les ocurrió mejor cosa que volver a los años ochenta y decretar un “gasolinazo” a todo meter. Si bien en los últimos años la gasolina ha venido subiendo paulatinamente de manera “solapa”, sin que los peruanos lo “sintamos”, lo ocurrido la semana pasada bate todos los récords. Se elevó el Impuesto Selectivo al Consumo (ISC) a los combustibles de manera fuerte y, no contentos con ello, se les ocurrió en un afán de cuidar nuestros pulmones y nuestro hígado, elevar el ISC a las bebidas azucaradas (gaseosas), a los cigarrillos y a las bebidas alcohólicas. Adicionalmente, al parecer con el animo de descongestionar el tráfico automotor en Lima, elevaron también el ISC a la venta de vehículos nuevos. En resumen, todo un “gasolinazo” al mejor estilo de los ochenta.

Al parecer, el señor ministro de economía no le ha servido de mucho el doctorado en economía que ostenta puesto que medidas como la aplicada en realidad no solo no generará una mayor recaudación, sino que, todo lo contrario, generará menos recaudación y más informalidad. Está demostrado hasta el cansancio que el “facilismo” de recurrir al alza de los impuestos al consumo, peor aún si es un alza hacia productos de consumo masivo como las gaseosas, cerveza (bebida popular) y peor aún, a las gasolinas, es contraproducente y definitivamente afecta a la población mas pobre y necesitada. ¿Pretende el gobierno desalentar el consumo de cigarrillos, bebidas alcohólicas y gaseosas con estas medidas? ¿Pretende acaso originar una mayor recaudación para el Tesoro Público? ¿No se ha enterado que vivimos en un país con un índice de informalidad que supera el 70% y que simplemente aumentará el consumo de productos alcohólicos, cigarrillos y gasolinas producto del contrabando? ¿No se ha percatado que este tipo de medidas afectan tremendamente a los más pobres y humildes, pues subirán los precios de los alimentos y productos de primera necesidad al subir el precio de los combustibles? ¿De cuándo acá al gobierno le preocupa nuestra salud y el medio ambiente? ¿Creen de verdad que los peruanos dejaran de fumar o de tomarse unas cervezas aumentando un impuesto tan injusto y ciego como el ISC?

Si lo que desea el presidente Vizcarra es elevar la recaudación tributaria, ¿No es mas razonable reducir los millones de dólares que venimos gastando en extraños sobrecostos en obras como la refinería de Talara, carretera Transoceánica, Gasoducto, aeropuerto de Chincheros, Juegos Panamericanos, etc., así como asesorías, contrataciones de personal, viajes de comisión de servicios (los miles de dólares gastados en el reciente viaje a París en primera clase de la exministra M. Araoz), etc.? Ya basta de recurrir al facilismo de los “gasolinazos” y el alza de tributos al consumo que afectan a los mas pobres y benefician a la informalidad. Tengan un poco mas de seriedad e imaginación, realizando una verdadera reforma tributaria de fondo y dando verdaderas medias de austeridad, comenzando por el propio Estado. Señor presidente, la tremenda deuda dejada por su anterior jefe, P.P. Kuczynski, no se resuelve elevando impuestos. Los “gasolinazos” al estilo de los años ochenta... definitivamente no dan buen resultado. El tiempo dirá.

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