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Miércoles, 12 de Diciembre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- A mediados de aquella tarde de principios de agosto, Edward Palomino Chávez, estudiante de arte dramático, caminaba tranquilamente por la cuadra 11 de la avenida Abancay. La garua estaba dejando la vereda mojada y medio jabonosa por lo que tenía que tener cuidado al caminar para no acabar en un bochornoso resbalón. Joven, con 19 años y natural de Chimbote, quería llegar pronto a su casa en Pueblo Libre. Algo lo sacó de su ensimismamiento. A unos metros más adelante, un grupo de personas gritaban algo y miraban hacia arriba. Cuando alzó la mirada vio humo saliendo de las ventanas de un edificio.

Es el piso siete le dijeron. Allí hay un condominio multifamiliar con mujeres y niños. Inmediatamente Edward decidió entrar al edificio. Dos jóvenes más como él ingresaron también detrás de él. Se vieron obligados a romper una de las puertas del edificio para poder entrar. No había tiempo de esperar a los bomberos o a quien fuera. La policía no quería ingresar. En eso pudo atisbar a una mujer anciana con un cartel mediante el cual pedía ayuda dese el piso 7. Por más que gritara y agitara los brazos, nadie la escuchaba pues el ruido de los automóviles de la avenida y los bocinazos eran ensordecedores. Sin embargo, no había como ingresar al piso siete, pues el humo y el fuego se los impedía.

Pero Edward practicaba el Parkour – una actividad física centrada en la capacidad motriz de las personas- por lo que decidió trepar por las columnas interiores del edificio para poder ingresar. “Dios mío, ojalá me den las fuerzas y no se me cierre el pecho”, pensó Edward. El panorama con que se encontraron era terriblemente complicado. Vio unos colchones incendiados y empezó a avanzar hacia donde vio un grupo de personas pidiendo ayuda. Con sus dos compañeros se mojaron con agua los polos para enfrentar mejor el fuego y el terrible calor.

Se escuchaban los gritos desesperados de la gente porque no podían abrir las puertas para escapar del fuego. Edward y sus dos compañeros se envolvieron con frazadas mojadas. Se percataron que el fuego se había extendido por los pisos siete y ocho. Eran cuatro los departamentos afectados por el fuego.

Edward empezó a ayudar a las personas a escapar hacia zonas seguras, alejadas del fuego y del asfixiante humo. Luego Edward recordaría: “Del noveno piso hemos recatado a una familia entera, del octavo hemos sacado animales como gatos y perros. También a la abuelita que estaba con su cartel llamándonos del 791.

No había nadie. Yo no vivo ahí. Estaba pasando y no había nadie y dos chicos querían meterse y no había como entrar”. Edward nunca supo a ciencia cierta a cuantas personas ayudó a escapar. Cree que más de una docena, incluyendo mujeres, niños y sus mascotas. Una vez que salieron todas las personas del edificio, Edward comentó que no espera nada a cambio, indicando que hizo lo que cualquier ciudadano haría: “Ayudé a personas que lo necesitaban, es lo que se tiene que hacer".

Definitivamente, Edward y los otros dos jóvenes que ingresaron al edificio y salvaron a esas personas, pertenecen a esos héroes anónimos a los cuales la gente no conocerá ni recordará nunca. Unos días más tarde, la Policía Nacional del Perú premió a Edward entregándole el Escudo Nacional para honrar su valerosa acción y la estatuilla del Policía de rescate en una ceremonia llevada a cabo en La Victoria.

Así cómo el caso de Edward y sus dos compañeros, cada día aparecen héroes anónimos de los cuales nadie o muy pocos se enteran de su valía y heroica actuación. Tal es el caso, por ejemplo, del ciudadano venezolano que hace unos días salvara la vida de una mujer que se atragantó con un pedazo de carne en la pollería “Rocky’s” de Chorrillos. Resulta que la mujer mientras comía tranquilamente con su familia, comenzó a ahogarse al parecer por un pedazo de carne que se le había atragantado, razón por lo que sus familiares trataron infructuosamente de auxiliarla. Fue entonces cuando de la nada, uno de los mozos de nacionalidad venezolana, rápidamente corrió y abrazó a la señora por atrás aplicándole la conocida “Maniobra de Heimlich”, comprimiéndole el abdomen varias veces hasta que al fin la señora expulsó el pedazo de carne. La señora quedó muy agradecida pues le había salvado la vida. ¡Cosas del destino! Si ese ciudadano venezolano no hubiera emigrado de Venezuela al Perú y conseguido trabajo en ese restaurante, quizá la señora hubiera muerto ahogada. La decisión que tomó en segundos de aplicarle a la señora la conocida maniobra le salvó la vida a ésta y lo convirtió en héroe.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, un acto “heroico” consiste en aquel acto propio del héroe, esto es, de aquella persona que realiza una acción abnegada. Pregunto: ¿Cuántos actos de heroísmo se verán a diario en nuestra ciudad sin que nos enteremos y sin que ningún noticiero o periódico lo mencione siquiera? Muchos. Así como Edward y el mozo venezolano, existen muchísimos héroes anónimos que con su actuar nos enseñan a diario a ser generosos, valientes, solidarios, desprendidos, a ayudar a los demás, a nuestro prójimo.

¡Qué diferente serían nuestros noticieros si en lugar de “informar” sobre tantos bajezas y aspectos negativos del ser humano como crímenes, delitos, vulgaridades, asesinatos, robos, violaciones, engaños, fraudes, corrupción, etc. nos mostrasen aspectos positivos, ejemplos de personas con valores y principios, que los hay y muchos! Posiblemente cambiaria ese pesimismo y derrotismo que tantas veces nos invade a los peruanos. Vayan estas sencillas líneas en homenaje a todos aquellos hombres y mujeres, héroes anónimos que a diario se dan en nuestro país. Miremos la vida positivamente, que héroes existen muchos y hasta ¡Quien sabe! a lo mejor usted mismo el día de mañana, por esas providencias de la vida, acaba realizando un acto heroico por los demás. Uno nunca sabe...

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