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Martes, 16 de Octubre 2018


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Escribe: Alfredo Gildmeister.- Aquella mañana del 2 de octubre de 1928, un joven sacerdote se preparaba para celebrar Misa. Acababa de comenzar unos días de retiro espiritual. Lo necesitaba. Reconocía que se sentía bastante cansado pues el cargo que venía desempeñando de capellán del Patronato de Enfermos, el cual reunía a más de cuatro mil pacientes por año con la sola ayuda de un cuadro de médicos, farmacéuticos y enfermeras, lo dejaba casi exhausto.

El joven sacerdote de tan solo veintiséis años venía atendiendo mañana, tarde y noche, a decenas de enfermos, personas pobres y humildes a las cuales este sacerdote dedicaba todo su tiempo, a fin de darles ayuda espiritual. Se movilizaba a todas horas por los barrios extremos de Madrid para brindarle ayuda a los enfermos. Se camina Madrid de arriba abajo. Si bien dedica su vida a su sacerdocio y es feliz, hay algo que aún no tiene claro, que no ve con claridad. Desde el fondo de su alma, este joven sacerdote siente que Dios le pide algo más, muchísimo más, pero no sabe qué. Pues bien, esa mañana del 2 de octubre tendrá la respuesta que tanto buscaba y por la cual rogaba a cada instante a Dios: “¡Señor, que vea!”

Se encuentra en el convento de los Padres Paúles, donde hace su retiro espiritual por unos días. A los que asisten a la Misa les llama la atención el recogimiento y concentración del joven sacerdote. Pocas veces se ve algo así. Comienza la celebración de la Misa. El joven sacerdote recita las oraciones del rito. Se nota que vive y siente cada palabra. Al llegar el momento supremo, eleva el pan y luego el cáliz con el vino, pronunciando las palabras de la Consagración y transformando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sienten que las pronuncia como el mismo Cristo las habría pronunciado, con devoción, como muy metido en ello. La Misa concluye y el sacerdote se retira. A muchos les llama la atención su juventud y su piedad.

El joven sacerdote se retira a su habitación para continuar rezando y meditando. En su oración, se encuentra muy atento a lo que Dios quiere de su misión sacerdotal. Está a la escucha de la voluntad de Dios. En otras ocasiones suele escribir en pequeñas fichas que guarda, las inspiraciones que recibe, lo que se le viene claro en la oración. Pero esta vez, no escribe nada. Solo reza. A veces se ayuda con una lectura espiritual. Coge el libro que viene leyendo, pero al poco rato lo deja. No quiere leer, solo estar atento al Señor.

Fue en ese momento que, de una extraña e inexplicable manera, en aquella humilde habitación, lo vio todo con total claridad. Fue una especie de visión sin horizontes ni límite alguno, en donde vio los caminos de santidad en medio del mundo y para todo el mundo. La voluntad de Dios y lo que Dios quería de su vida le quedó totalmente clara.

No cabía duda alguna. Dios le mostró como sería a través de los siglos los caminos de santidad en medio del mundo y los millones de seres humanos santificándose cada día por lo siglos de los siglos. Vio clara su misión y el sentido de su vida en la Tierra. Hacer de esa visión una realidad. Que todos los seres humanos se santifiquen en medio del mundo, esto es, en medio de su vida ordinaria, en sus trabajos, labores, sus familias, sus qué haceres cotidianos. Era lo mas lógico y verdadero. ¡Ahora lo tenía todo claro! Su corazón siente una gran alegría y su alma una paz inmensa. En esos instantes, el joven sacerdote oye a lo lejos con toda claridad, el repique de las campanas de la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, situada a pocas cuadras de allí. ¡Es el día de los santos ángeles custodios! Nunca en su vida olvidará esas campanadas. ¡Sonaban a gloria!

Aquel joven sacerdote se llamaba José María Escrivá de Balaguer y eso que vio, aquello que Dios le mostró con toda claridad, es lo que unos años más tarde denominaría como “Obra de Dios”, lo que en latín se traduciría como Opus Dei. La vida de ese joven sacerdote quedaría marcada para siempre y no bien terminado su retiro espiritual, comenzaría a trabajar intensamente para poner literalmente manos a la obra, aquella Obra maravillosa que Dios le había mostrado y que le pedía hiciera realidad.

Hoy ese joven sacerdote es santo y la Obra de Dios que vio aquel 2 de octubre de 1928, esto es, hace nada menos que noventa años, se va haciendo poco a poco una realidad palpable en todo el mundo. Esto son solo los comienzos. El mensaje de ser santos en medio de la vida ordinaria, en medio del mundo, viene calando poco a poco en todos los seres humanos. No es otra cosa que poner en práctica lo que el mismo Cristo había pedido hacía dos mil años: “Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”.

Recientemente, a principios del presente año 2018, el Papa Francisco ha publicado la exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate – Sobre el llamado a la santidad en el mundo actual”, importante documento en donde el Papa recuerda a los católicos el llamado universal a la santidad y esto en medio del mundo. “Alégrense y regocíjense” son las palabras de Cristo citadas por Mateo con las que comienza el referido documento. Dios nos quiere santos a todos y que seamos muy felices. Estoy seguro que si aquel joven sacerdote leyera hoy ese documento, sonreiría de seguro.

El pasado 2 de octubre hicieron noventa años de esa importantísima mañana del octubre madrileño en que Dios le mostró a un joven sacerdote de veintiséis años, algo tan sencillo, pero tan profundo como nadie nunca imaginó: la misión de ser santos en medio de tu vida ordinaria, esto es, el verdadero sentido de tu vida. Así trabaja Dios, mostrando la Verdad a los sencillos y humildes... como siempre.

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