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Domingo, 18 de Noviembre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- De un tiempo a esta parte, los peruanos estamos apreciando con mucha preocupación lo que políticamente viene sucediendo en nuestro país. Desde que estallara el caso Lavajato durante el breve gobierno de Pedro Pablo Kuzcynski, como que todo ha empezado a distorsionarse, a polarizarse y a confrontarse, y no por mera casualidad. ¿A qué nos referimos? Pues que pareciera que se hubieren coludido la “megacorrupción” liderada por Odebrecht, con una oleada de caviares e izquierdistas extremos, que prácticamente han capturado al gobierno y a su presidente.

Si bien el presidente Vizcarra inició su gobierno con una actitud abierta y conciliadora, llena de esperanza y optimismo, su estilo de gobierno en solo siete meses, desde que juramentara en marzo de este año, ha cambiado diametralmente. En lugar de buscar la unión de todos los peruanos con miras a un futuro mejor, simplemente ha ido tomando con cada vez mayor fuerza y -por qué no decirlo- descaro, una actitud de confrontación contra diversas instituciones del Estado, en especial contra el Congreso de la República y el Ministerio Público. Efectivamente, para comenzar, el gobierno a través de la gran mayoría de los medios de comunicación -controlados por medio de la millonaria publicidad estatal pagada a estos medios-, se ha dedicado prácticamente a atacar a diario, a la institución del Congreso de un lado y la Fiscalía por el otro.

Aprovechándose del bajísimo nivel de aceptación del actual Congreso, el Poder Ejecutivo a través del presidente y de su premier, no deja de criticar, amenazar y hasta faltar el respeto al primer poder del Estado como lo es el Parlamento ya que constituye el pueblo representado. Aún en medio de estas agresiones, el Congreso le concedió sin dificultad alguna, facultades delegadas al Ejecutivo para legislar sobre diversos temas, especialmente los tributarios. Así mismo, la Comisión Lavajato y sus miembros fueron objeto de múltiples ataques y críticas hasta que dicha comisión investigadora cumplió con presentar su informe.

No satisfecho con la delegación de facultades, el Ejecutivo propuso cuatro proyectos de ley de reforma constitucional, a fin de reformar la Constitución sobre cuatro temas determinados. Lo increíble de esto fue que el presidente al presentar los proyectos de ley le exigió al Congreso su pronta aprobación en un plazo determinado. Luego señala que dichos proyectos una vez aprobados, deberán ser sometidos a un referéndum el 9 de diciembre. ¿En qué país del mundo democrático, un presidente le impone a un Congreso las leyes que quiere que apruebe y en un plazo determinado? ¿En qué país del mundo, un presidente amenaza con cerrar el Congreso si no hacen lo que el presidente desea? ¿Se imaginan a Donald Trump amenazando al Congreso de los Estados Unidos y exigiéndole a la Cámara de Representantes o a la de Senadores, que apruebe las leyes que propone? Inmediatamente sería removido del cargo y se le iniciarían un proceso de “impeachment”.

Pese a todo, el Congreso aprobó los referidos proyectos en el plazo establecido. Una vez que los aprueba, el presidente lo agradece públicamente. Sin embargo, a la semana de ello, el presidente critica el proyecto de ley sobre bicameralidad y amenaza nuevamente al Congreso. De nuevo la confrontación. Esa misma semana, un juez provisional revoca ilegalmente el indulto otorgado a Alberto Fujimori por el expresidente Kuzcynski y a la semana de ello, es detenida la líder de la principal fuerza opositora al Congreso, Fuerza Popular (FP), al lado de diecinueve personas más, acusada de lavado de activos y señalándose que dicho partido era una agrupación del crimen organizado. Una semana más tarde, detienen a sus dos asesores.

De otro lado, se inicia toda una campaña mediática contra el fiscal de la Nación, Gonzalo Chavarry, electo por la Junta de Fiscales Supremos del Ministerio Público -organismo autónomo, por cierto- comenzando el nuevo fiscal a investigar, ahora sí en serio, el caso Odebrecht o Lavajato, y no como lo hiciera su antecesor Sánchez, esto es, no haciendo nada en absoluto y blindando a su vez a los implicados. Al parecer, las investigaciones y decisiones de Chavarry han incomodado a muchos, los cuales quieren verlo fuera del Ministerio Público como sea, por lo que los medios de comunicación comienzan una fuerte campaña de desprestigio y acusaciones de todo tipo, para sacarlo. El mismo presidente manifiesta públicamente que también lo quiere fuera.

Es así que el presidente en lugar de gobernar para todos los peruanos y buscar la armonía y unión de todos, confronta y polariza la política peruana entre los que apoyan al gobierno y a su presidente -cuya popularidad es sustentada en cuestionadas encuestas que muestran una supuesta alta popularidad del presidente-, más aun cuando la situación económica del país se encuentra en franca desaceleración: los combustibles suben toda las semanas elevando el costo de vida y afectando a los más pobres; la reconstrucción de las zonas afectadas por el Niño Costero y huaycos solo con un 15% de gastado, esto es, prácticamente sin avance; la inseguridad ciudadana aumentando día a día y, especialmente, la lucha contra la corrupción que prácticamente pasó al olvido. Un país económicamente paralizado, las inversiones públicas y privadas paralizadas y con miras a no mejorar la situación. El premier nuevamente amenaza chabacanamente con cerrar el Congreso y así la situación se va polarizando. A ello debemos agregar una lamentable dosis de odio y resentimiento en diversos sectores políticos de extrema izquierda y que promueven ese odio, lo cual obviamente no nos va a llevar a nada bueno.

¿No se da cuenta el presidente que con esa actitud le está siguiendo el juego a esa izquierda extrema, proterrorista que solo le interesa ver al Perú sumida en el caos, a esa gentuza que no ama al Perú? ¿No se da cuenta el presidente que con esa manera de actuar está logrando lo que tanto deseó y desea Sendero Luminoso, Movadef, etc. y las demás agrupaciones terroristas, proterroristas y de extrema izquierda: dividir al Perú y enfrentar a los peruanos inculcando su odio visceral? ¿No se da cuenta el presidente que está destruyendo y socavando el Estado de Derecho y las instituciones democráticas al imponer o, en todo caso, permitir que se imponga la arbitrariedad y la prepotencia en el Poder Judicial, en el Ministerio Público o imponiendo su voluntad al Congreso bajo la amenaza de su cierre? Así no es presidente, así no funciona la democracia. Recapacite. No deje que el odio y la maldad de algunos que no aman al Perú, lo empujen a actuar de manera déspota y arbitraria. Usted personifica a la Nación y a todos los peruanos. ¡No nos quite la esperanza de un Perú mejor, de un Perú grande!

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