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Domingo, 18 de Noviembre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Hacía varios días que aquel negro esclavo venía pintando lo que parecía una crucifixión, en una de las paredes toscas de adobe del galpón, cerca de una acequia de regadío. Al menos es lo que los demás esclavos angoleños percibían que estaba pintando. Algunos otros esclavos se acercaban al esclavo pintor para ayudarlo en lo que pudieran, a lo que el pintor respondía que podían ayudarlo en el pintado del fondo y de alguna que otra cosa más. El esclavo pintor respondía al nombre de Benito, aunque algunos esclavos que lo conocían también le llamaban por el nombre de Pedro Dalcón.

Daba igual. Benito en todo caso, siempre fue muy creyente y piadoso, además de artista. Él solito diseñó el mural, dibujando la imagen de un Cristo crucificado, con la Santísima Madre a un lado, mirándole como madre que es; luego una imagen del Espíritu Santo en forma de paloma encima del Hijo; y en lo alto, Dios Padre en las alturas por encima de la cruz. Al otro lado de la cruz, un hombre de rodillas, posiblemente el apóstol San Juan, al menos era lo que había pensado Benito.

El local en donde se encontraba no era otra cosa que un viejo galpón en donde los negros angolas se habían agremiado, levantando el local de su cofradía en la zona de Pachacamilla, en las afueras del Centro histórico de Lima. En dicha sede de la cofradía, o pre-cofradía como postula Antonhy de la Cruz, Benito pintaba paciente y amorosamente su crucifixión.

Estamos en la Lima del año de 1650. El Virrey García Sarmiento de Sotomayor es la cabeza del extenso Virreinato del Perú y como Arzobispo de Lima está Pedro de Villagomez. Si bien la pintura que Benito ha diseñado y pintado en la pared del galpón es de un acabado imperfecto, ello no impide que se aprecie cierta belleza en el rostro del Cristo Crucificado así como el dolor de la Madre Dolorosa que mira llorosa a su Hijo.

La obra quedó terminada y Benito quedó satisfecho así como sus amigos angoleños. Sin embargo, no fue hasta cinco años más tarde, un 13 de noviembre de 1655 a eso de las 14:45 horas, un terrible terremoto sacudió Lima y Callao. El fuerte sismo hizo que se derrumbaran diversas iglesias, casonas y especialmente muchas viviendas frágiles, dejando miles de víctimas mortales y damnificados. Como es de suponer, el terremoto sacudió al pueblo de Pachacamilla en donde diversas viviendas de adobe y quincha igualmente se derrumbaron. Las paredes de la cofradía también se derrumbaron. Sin embargo, sucedió algo muy curioso: el muro de adobe en donde se encontraba la imagen del Cristo crucificado pintado por Benito quedó intacto. Ni siquiera una rajadura afectó a la bella imagen.

Desde aquél día, no solo Benito y sus compañeros angoleños, sino muchos feligreses de Lima, tomaron el extraño hecho como un increíble milagro, empezando a venerar la imagen del Señor como la de una imagen milagrosa. Ese día había nacido al que con el paso del tiempo se denominaría el Señor de los Milagros.

Desde aquel día, la imagen fue objeto de un gran culto popular. Tanto así que algunas autoridades religiosas solicitaron que intervenga la autoridad y que se prohibiese las reuniones, ordenándose inclusive que se borrara la imagen del Cristo crucificado. Fue así que el Provisor y Vicario General Esteban Ibarra, por haber fallecido el Arzobispo Villagomez, dictaminó que se prohibiesen tales reuniones y que se borrase la imagen. El primero en intentar borrar la imagen fue un pintor que al momento de subir por la escalera hacia la imagen comenzó a sentir temblores y escalofríos, teniendo que ser atendido, intentó de nuevo proseguir con su tarea, pero al subir otra vez, fue tal su impresión que bajó rápidamente y se alejó asustado del lugar sin concretar el encargo.

El segundo hombre, se acercó a la imagen, pero algo vio en ella que le hizo desistir de raspar la imagen. El tercero, fue un soldado real de ánimo más templado, éste subió, pero bajó rápidamente explicando luego que cuando estuvo frente a la imagen, vio que ésta se ponía más bella y que la corona de espinas se tornaba verde. Finalmente, el virrey y el vicario Ibarra decidieron revocar la orden. El Vicario Ibarra autorizó su culto. Luego de una visita del virrey y su esposa, dispusieron se levante una ermita provisional, celebrándose el 14 de septiembre de 1671 la primera misa oficial en la ermita. Sin embargo, el 20 de octubre de 1687, a las 4:45 a. m., un violento terremoto que según cronistas de la época duró más de 15 minutos (sic) arrasó Lima junto al Callao, teniendo una réplica a las 6:30 a. m., derribando la ermita edificada en honor al Cristo. Ante la sorpresa general la pared de la imagen del crucificado quedó nuevamente en pie, por lo que se ordenó la confección de una copia al óleo y que por primera vez saliera en andas por las calles de Pachacamilla por idea de Sebastián de Antuñano. Una vez elaborada la copia, se sacó en procesión. Así nació la procesión del Señor de los Milagros.

Menos de un siglo más tarde, en el año de 1746, Lima padeció el terremoto más destructor de su historia y una réplica de la imagen salió en procesión y la tierra dejó de temblar. Luego se construiría la Iglesia de las Nazarenas. Hoy miles de personas van a la procesión el día 28 de octubre de cada año recordando lo que en ese día aconteció el terrible terremoto, pero también se recuerda cuando el muro del Señor de los Milagros no se derrumbó, quedando en pie otra vez. Finalmente, es bueno mencionar que el origen del hábito morado se encuentra en la historia de la Madre Antonia Lucía del Espíritu Santo, llegada a Lima desde el entonces corregimiento de Santiago de Guayaquil, mujer de mucha fe, quien viuda de un matrimonio obligado, fundó un beaterio de nazarenas cuyo hábito era de color morado propio de la túnica nazarena. Debe recordarse que el color morado de los hábitos de las Madres Nazarenas es en honor a Jesús Nazareno. Así mismo, es interesante indicar que las madres llevan el nombre de Nazarenas y utilizan el color morado desde antes de conocer al Señor de los Milagros, esto es, cuando el Instituto Nazareno estaba ubicado en el Callao, por lo que la denominación nazarena o nazareno no quiere decir devoto del Señor de los Milagros. Posteriormente el color morado se volvería característica de los devotos del Señor de los Milagros.

Fue así como la imagen pintada por un humilde y piadoso esclavo angoleño, en una vieja pared de un humilde galpón, ha llevado y continúa trayendo a Cristo Crucificado a los corazones de cientos de miles de peruanos cada año.

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