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Sábado, 15 de Diciembre 2018


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Escribe: Alfredo Gildemeister.- Siempre me llamó la atención un pedazo de fierro retorcido, del tamaño de una cuarta, de color negruzco -como chamuscado- que mi padre tenía encima de su escritorio. Toda la vida pensé que sería una especie de pisapapeles o algo así, que alguien le habría regalado. Un buen día le pregunté qué tenía de especial ese fierro retorcido para que lo tuviera siempre encima de su escritorio, al lado de apreciados adornos, recuerdos y fotografías. Me miró fijamente y me dijo lo siguiente: “Ese fierro retorcido me recuerda el día que volví a nacer y que tu vida -y me señaló- pudo haber cambiado para siempre”, y me contó la siguiente historia.

Mi padre fue gerente de una compañía de aviación de transporte de pasajeros muy importante. Pese a que era abogado, la vida lo llevó a que recién graduado, recibiera el encargo de un cliente de constituir en el Perú la sucursal de una compañía de aviación extranjera y que se quedara como su gerente general, cargo que ocupó por más de veinte años. Él siempre decía que en la vida existen dos trabajos que, sin tener grandes recursos, puedes vivir como millonario. Uno de estos trabajos era ser diplomático representando a tu país en el exterior. Te lo pasas bien viajando y asistiendo a recepciones y cocteles, todo pagado por el Estado al que representas. El otro trabajo era el de aviación y turismo. Este trabajo fue el que la vida quiso que mi padre tuviera, además de ejercer la abogacía como presentante de compañías aéreas. Una de las ventajas de gerenciar una compañía de aviación es que tienes pasajes gratis a donde quieras ir para ti y tu familia, además de mil ofertas en los mejores hoteles del mundo, tours a los lugares más bellos, etc. además de asistir a reuniones en el extranjero de gerentes de compañías de aviación y reuniones de promoción de lugares de turismo, etc. ¿A qué viene esto y el pedazo de fierro retorcido?

Pues que encontrándose mis padres a comienzos de los años sesenta precisamente en uno de esos congresos de turismo y aviación en la ciudad de Rio de Janeiro, se lo habían pasado muy bien una semana, entre almuerzos, paseos, playa, bailes y cocteles a más no poder. Todo gratis e invitados por Varig, la compañía brasilera de aviación más importante en aquellos años. La delegación peruana era numerosa y prácticamente llenaron un avión entero entre gerentes de compañías de aviación, así como representantes de agencias de turismo y hotelería. La última noche en Rio de Janeiro hubo una gran recepción en el mejor hotel de la ciudad, con una vista espectacular del Pan de Azúcar, la música brasilera a todo meter, todos bailando a ritmo de zamba pasándola muy bien entre caipiriñas y otros cocteles típicos cariocas. En medio de la fiesta, mi madre le pide a mi padre quedarse unos días mas en Rio, pues la ciudad es preciosa y quería terminar de conocerla bien. Eran ya cerca de la media noche y el vuelo para Lima salía al día siguiente temprano en la mañana. Mi padre accedió y decidieron quedarse tres días más en Rio de Janeiro. Una decisión que tendría consecuencias trascendentales en sus vidas y en la mía también.

Resulta que el vuelo de Varig, con toda la delegación peruana, salió efectivamente de Rio de Janeiro temprano en la mañana con destino a Lima, mientras mis padres dormían plácidamente en su hotel con una hermosa vista de la playa de Copacabana. Al aproximarse el avión a Lima, la niebla impidió visualizar los cerros que rodeaban la playa Santa Rosa lo cual hizo que el avión se estrellara contra uno de los cerros y se incendiara totalmente, muriendo todos los pasajeros y la tripulación. El accidente causó una gran conmoción en Lima. Ese mismo día, los diarios de la tarde publicaban la lista de pasajeros fallecidos ¡entre los cuales se encontraban mis padres! Pues mi padre por cuestiones de tiempo no había podido avisar a la compañía Varig que ellos no viajarían sino en otra fecha. En mi casa, la tragedia causó conmoción. Mi abuela materna María, mujer practica y resuelta que siempre nos cuidada cuando mis padres viajaban y se quedaba a dormir en nuestra casa, nos miró con pena durante un rato a mi hermano Lalo, de un año de nacido, y a mí de tres años. “¡Huérfanos tan pequeños!” exclamó y luego tomó una decisión: “Hay que repartir a los chicos”. “¿Cómo es eso?” preguntó mi abuelo Rafael. “Muy simple” dijo mi abuela “Alfredo se queda con nosotros y a Lalo lo enviamos con mi hermana Regina. Asunto resuelto”. Así fue como mi abuela resolvió nuestra orfandad. De la manera más práctica y sencilla. Y fuimos pues repartidos mi hermano y yo, que obviamente no nos dábamos cuenta de nada.

Pasados unos días, aparecen mis padres de lo más campantes en el aeropuerto de Limatambo, que llegaban de Rio de Janeiro. Mi padre era un hombre conocido en el aeropuerto por lo que los empleados, aeromozas y funcionarios de aviación allí presentes los comenzaron a mirar como si vieran a dos fantasmas. Mi padre empezó a notar algo raro pues todo el mundo los miraba como si fueran unos aparecidos. Cuando preguntó qué era lo que sucedía, le explicaron lo del accidente y que sus nombres habían aparecido en los periódicos entre los fallecidos. Mis padres no sabían nada del accidente pues en Rio no leían periódicos y menos en portugués. Mi padre se sintió muy dolido pues muchos amigos, compañeros de trabajo y colegas gerentes de otras compañías habían muerto en el accidente, amigos con los que habían estado bailando y compartiendo caipiriñas en la recepción en Rio hacía solo tres días atrás.

Al día siguiente de su arribo a Lima, mi padre fue al lugar del accidente y recogió entre los restos calcinados del avión, un pedazo de fierro retorcido y derretido por el calor del incendio tras la explosión de la aeronave. Lo primero que hizo fue rezar por el alma de todos los pasajeros fallecidos y agradecer a Dios por haberlo salvado él y a mi madre del accidente. Fue así como decidió poner aquel fierro retorcido siempre en su escritorio para que cada vez que lo viera, agradecer a Dios por todo y rezar por sus compañeros fallecidos. En cuanto a este humilde servidor, les cuento que luego de la repartija que hiciera mi dulce abuela, una vez regresados mis padres de su viaje, mi hermano y yo regresamos ipso facto a nuestro hogar como Dios manda. ¡Ah, casi lo olvidaba! Cuando mi padre falleció a hace unos años, heredé el fierro retorcido el cual tengo ahora encima de mi escritorio. Cada vez que lo veo sigo agradeciendo a Dios por todo y pidiendo por todos. ¡Cosas de la Providencia Divina!

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