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Martes, 22 de Enero 2019


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Christma

Escribe: Alfredo Gildemeister.- Aquel atardecer del 24 de diciembre de 1914, el soldado británico John Hamilton se sentía un poco melancólico, por no decir triste, pues se venía la nochebuena y mientras escribía una carta a su madre, le era casi imposible concentrarse en la fría trinchera del frente belga a donde lo habían designado con su batallón. La noche anterior había nevado y el frio era espantoso. Un suave sueño fruto del cansancio le comenzó a invadir. Se apoyó en la pared de tablones de madera de la trinchera, dejó su pequeño lápiz y su libreta de apuntes en su morral y recostó su cabeza en un saco relleno de tierra que utilizaba como almohada. Ya era de noche y faltaba poco para la medianoche.

Era inevitable que se le vinieran a la memoria tantas nochebuenas pasadas con sus padres y hermanos en su casa en Londres, la cena navideña y los regalos que no podían faltar. Sus padres lo educaron en la religión católica por lo que siempre cantaban villancicos frente al nacimiento y luego rezaban una oración. El asado que preparaba su madre era el mejor del mundo. Lo prefería mil veces más que al pavo. Se le hacía agua la boca. Así se fue adormeciendo recordando los villancicos que cantaba con su familia. Sus compañeros de trinchera también estaban en las mismas: algunos escribían, otros dormían, otros jugaban a las cartas y finalmente, algunos solo miraban al vacío ensimismados en sus recuerdos de tiempos mejores. La gran guerra les había arrebatado todos esos recuerdos. La guerra en las trincheras era dura, aburrida y salvaje a la vez.

Hamilton estaba a punto de dormirse recordando los viejos villancicos cuando se le vino a la mente el conocido villancico “Noche de paz”. Pero debía de estar soñando, pues lo estaba escuchando, pero como si se cantara a lo lejos y en otro idioma, no en el inglés que le enseñó su madre. Abrió los ojos y su compañero al lado también había abierto los ojos y escuchaba. ¡Era “Noche de paz” pero... en alemán! (Stille Nacht). Sus compañeros despertaron, se levantaron y se percataron de lo que nadie podía creer. ¡Los alemanes en su trinchera estaban cantando “Noche de paz”! Roy Barton, su compañero de al lado se puso de pie y empezó a cantar a toda voz “Noche de paz”, obviamente en inglés. Los británicos no podían ser menos.

Poco a poco todos lo fueron siguiendo y el campo de batalla se fue transformando de un campo de muerte y horror en un campo de paz y amor, como dice la canción. Los alemanes les gritaron divertidos en inglés que si ellos no disparaban ellos no dispararían. Hamilton asomó la cabeza -con miedo a que se la volaran de un balazo- y pudo apreciar que la trinchera alemana estaba adornada con símbolos navideños. De la alambrada de púas colgaban bolitas de colores y cintas. No podía creer lo que veía. En eso un soldado alemán salió de su trinchera y con los brazos en alto se fue lentamente acercando y cantando a la trinchera británica. Un par de soldados británicos hicieron lo mismo y al final tanto alemanes como británicos salieron de sus trincheras y se fueron acercando a la trinchera contraria, recorriendo los 36 metros que los separaba.

Cuando estuvieron frente a frente, un alemán le ofreció un cigarrillo al británico que tenía enfrente. El británico sacó una botella de champan francés y le ofreció un trago al soldado alemán que lo miraba atónito hasta que empezó a sonreír. Finalmente se empezaron a saludar dándose la mano. Un milagro estaba ocurriendo esa noche ante los ojos de dos ejércitos que no hacía ni un día se habían estado matando, disparado y bombardeando hasta el cansancio.

Los oficiales de ambos bandos no sabían si impedir lo que venía sucediendo o dejar que sucediera. ¿Traición a la patria? ¿Deserción? ¿Qué diablos estaba pasando se preguntaban los sargentos y tenientes de ambos bandos? Tácitamente, sin ningún acuerdo previo, se estaba dando una tregua, un alto el fuego, sin que el alto mando de ambos ejércitos lo hubieren acordado y menos autorizado. Los soldados de ambos ejércitos se pararon en la tierra de nadie, al medio de las trincheras, se mezclaron entre sí e intercambiaron diversos “regalos” (whisky, cigarrillos, barras de chocolate, etc.), deseándose mutuamente una feliz navidad. Esa noche los soldados de ambos bandos conversaron, compartieron recuerdos, se mostraron fotografías de sus novias y familiares. John Hamilton terminó haciéndose “amigo” de un soldado alemán de Bremen, Heinrich, el cual le enseñó la foto de su esposa e hijos. Hamilton le enseñó a tocar la armónica y el alemán le dijo que, si algún día iba por Bremen, le enseñaría a tocar el piano, pues el alemán era concertista de piano.

La noche transcurrió silenciosa. No se escuchó ni un solo tiro, ni una sola bomba en el frente. La artillería permaneció en silencio. La tregua también permitió a ambos bandos recoger y enterrar a sus muertos. Ambos bandos se mostraron respeto y se dieron condolencias mutuas por los caídos. Ambos bandos rezaron juntos un fragmento del conocido Salmo 23: El Señor es mi pastor, nada me falta. Sobre pastos verdes me hace reposar, por aguas tranquilas me conduce...”. La tregua se fue propagando a lo largo del frente. Inclusive John Hamilton terminó no solo discutiendo de música y de chicas con sus colegas alemanes, sino que al día siguiente 25 de diciembre, un alemán se apareció con una pelota de futbol, formaron dos porterías con cascos y muchos acabaron jugando un partido de futbol, en donde se dice que los alemanes ganaron 3 a 2 a los británicos. Definitivamente un milagro de navidad estaba ocurriendo. En muchos sectores la tregua solo duró esa noche, pero en algunas áreas duró hasta el día de año nuevo, e incluso hasta el mes de febrero.

Pasada la navidad, el día 25 al atardecer, un ruido muy lejano de artillería hizo volver tanto a alemanes como a británicos, a la triste realidad. Los soldados británicos se despidieron de los alemanes, muchos inclusive con tristeza, llevándose recuerdos, fotografías y cartas por si alguno caía luego muerto en el campo de batalla. Roy Barton se despidió de su amigo alemán el cual no tenía más de 18 años y era el mejor tirador de su división. Así mismo, Hamilton se despidió de Heinrich. Le regaló su armónica y regresó a su espacio en la trinchera. Cogió su fusil y se sintió el hombre más estúpido de la Tierra. La guerra no tenía ningún sentido. Con el tiempo, la guerra se fue volviendo mas cruenta y salvaje, más aún con la utilización de gas venenoso en los asaltos. Nunca más se repitió el milagro de navidad. Pero esa navidad de 1914, el campo de batalla de transformó en un milagro, en una noche de paz, una noche de amor.

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