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Miércoles, 29 de Marzo 2017


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Columna nueva bandera 03 Grande

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Escribe: Alberto Benegas Lynch.- El progreso significa cambio para mejor. Como nuestra ignorancia es enorme, la forma de reducirla consiste en abrir debates en todas direcciones al efecto de refutar lo anterior y avanzar en la buena dirección. En otros términos, la faena del intelectual estriba en convertir lo políticamente imposible en políticamente posible. Esto se lleva a cabo en el plano de las ideas, mostrando las ventajas de dejar atrás lo inconveniente para adoptar lo mejor.

Todos los buenos descubrimientos siempre comenzaron con un sueño que parecía imposible. Como ha escrito John Stuart Mill: "Todas las buenas ideas pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción". En otros términos, el progreso está indisolublemente atado a la creatividad y al esfuerzo por correr el eje del debate hacia mejores metas, hacia objetivos de una mayor excelencia, a la curiosidad por explorar lo que aparece como mejor, en definitiva, por apartarse de la trampa del statu quo, al coraje moral por diferenciarse del espíritu rabiosamente conservador.

Los debates abiertos de par en par sin restricción alguna permiten confirmar lo que está bien y revisar todo lo que se estima que está mal o que puede mejorar la marca. Lo políticamente correcto encaja cerrojos mentales que no permiten ver más allá de la nariz acorde con los perezosos para cambiar, a saber, los que se oponen al progreso que inexorablemente se traduce en cambio.

Pues bien, como queda dicho, el lenguaje políticamente correcto significa quedarse estancado y paralizado en lo que es sin percatarse lo que debe ser, lo cual significa imposibilitar que se suba la vara, con lo que en verdad se renuncia a lo esencial de la condición humana, que es el pensamiento. Recordemos el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, es decir, 'no hay palabras finales', en ningún tema.

El lenguaje políticamente correcto está íntimamente vinculado con un concepto errado de lo que significa la discriminación. En este sentido reitero parcialmente lo que hemos consignado antes en cuanto a intentar que se despeje la aludida confusión semántica. Según el diccionario, discriminar quiere decir 'diferenciar y discernir'. No hay acción humana que no discrimine: la comida que elegimos engullir, los amigos con que compartiremos reuniones, el periódico que leemos, la asociación a la que pertenecemos, las librerías que visitamos, la marca del automóvil que usamos, el tipo de casa en la que habitamos, con quién contraemos nupcias, a qué universidad asistimos, con qué jabón nos lavamos las manos, qué trabajo nos atrae más, quiénes serán nuestros socios, a qué religión adherimos (o a ninguna), qué arreglos contractuales aprobamos y qué mermelada le ponemos a las tostadas. Sin discriminación no hay acción posible. El que es indiferente no actúa. La acción es preferencia, elección, diferenciación, discernimiento y, por ende, implica discriminar.

Esto debe ser nítidamente separado de la pretensión, a todas luces descabellada, de intentar el establecimiento de derechos distintos por parte del aparato estatal que, precisamente, existe para velar por los derechos y para garantizarlos. Esta discriminación ilegítima echa por tierra la posibilidad de que cada uno maneje su vida y hacienda como le parezca adecuado, es decir, inhibe a que cada uno discrimine acerca de sus preferencias legítimas. Otro modo de referirse a este uso abusivo de la ley es simple y directamente el del atropello al derecho de las personas.

La prueba decisiva de tolerancia es cuando no compartimos las conductas de otros. Tolerar las que estamos de acuerdo no tiene mérito alguno. En este sentido, podemos discrepar con las discriminaciones, las elecciones y las preferencias de nuestro prójimo, por ejemplo, por establecer una asociación en la que sólo los de piel oscura pueden ser miembros o los que tienen ojos celestes. Allá ellos, pero si no hay violencia contra terceros, todas las manifestaciones deben respetarse, no importa cuán ridículas nos puedan parecer.

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Escribe: Alberto Benegas Lynch.- Es verdaderamente inaudito que a esta altura del siglo XXI se ponga en duda el hecho de la vida humana en el seno materno y, por ende, se niegue la equiparación de ese ser con el resto de las personas y, consecuentemente, se le niegue el derecho a la vida, el primero y más fundamental de los derechos individuales inscrito en todas las normas de convivencia civilizada.

 

Debo reiterar parte de lo que he apuntado antes sobre la materia. Antiguamente, no se establecía conexión causal entre el acto sexual y la procreación. Actualmente, la microbiología muestra que desde el instante en el que el óvulo es fecundado hay una célula única, distinta del padre y la madre, un embrión humano que contiene la totalidad de la información genética (ADN o ácido desoxirribonucleico). Una persona que tiene la carga genética completa, una persona en acto que está en potencia de desarrollar sus características futuras, del mismo modo que el adolescente es una persona en acto y en potencia de ser eventualmente anciano.

 

En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino —que aportan 23 cromosomas cada uno— se forma una nueva célula compuesta por 46 cromosomas, que, como queda dicho, contiene la totalidad de las características del ser humano.

 

Sólo con base en un inadmisible acto de fe en la magia más rudimentaria puede sostenerse que diez minutos después del nacimiento estamos frente a un ser humano pero no diez minutos antes. Como si antes del alumbramiento se tratara de un vegetal o un mineral que cambia súbitamente de naturaleza. Quienes mantienen que en el seno materno no se trataría de un humano, del mismo modo que una semilla no es un árbol, confunden aspectos cruciales. La semilla pertenece en acto a la especie vegetal y está en potencia de ser árbol, del mismo modo que el feto pertenece en acto a la especie humana, en potencia de ser adulto. Todos estamos en potencia de otras características psíquicas y físicas, de lo que no se desprende que por el hecho de que transcurra el tiempo mutemos de naturaleza, de género o de especie.

 

De Gregor Mendel a la fecha, la genética ha avanzado mucho. Luis F. Leujone, el célebre profesor de genética en La Sorbona, escribe: "Aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental".

 

La evolución del conocimiento está inserta en la evolución cultural y, por ende, de fronteras móviles en las que no hay límite para la expansión de la conciencia moral. Como ha señalado Durant, constituyó un adelanto que los conquistadores hicieran esclavos a los conquistados en lugar de achurarlos. Más adelante, quedó patente que las mujeres y los negros eran seres humanos a los que se les debía el mismo respeto que a otros de su especie. Hoy en día, los llamados abortistas, en una macabra demostración de regresión a las cavernas, volviéndoles la espalda a los conocimientos disponibles más elementales y encubriendo las contradicciones más groseras, mantienen que el feto no es humano y, por tanto, se lo puede descuartizar y exterminar en el seno materno.

 

Bien ha dicho Julián Marías que este brutal atropello es más grave que el que cometían los sicarios del régimen nazi, quienes con su mente asesina sostenían que los judíos eran enemigos de la humanidad. En el caso de los abortistas, no sostienen que aquellos seres inocentes e indefensos son enemigos de alguien. Marías denomina al aborto "el síndrome Polonio", para subrayar el acto cobarde de liquidar a quien —igual que en Hamlet— se encuentra en manifiesta inferioridad de condiciones para defenderse de su agresor.

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Escribe: Alberto Benegas Lynch.-Todos los seres humanos somos desiguales desde el punto de vista anatómico, fisiológico, bioquímico y, sobre todo, psicológico. Talentos y potencialidades distintas naturalmente conducen a resultados diversos.
Como los bienes no crecen en los árboles, en una sociedad abierta la institución de la propiedad privada permite que la producción se ubique en las manos de quienes son más eficientes para atender los requerimientos de terceros. Los cuadros de resultado muestran quiénes dieron en la tecla a través de ganancias y quiénes incurren en quebrantos como consecuencia de que erraron respecto a los gustos y preferencias del prójimo. Esta situación da como resultado diferencias de rentas y patrimonios que, a su vez, permiten que las consiguientes tasas de capitalización incrementen salarios e ingresos de todos.
Cada uno puede actuar conforme a sus creencias y resolver lo que está a su alcance enmendar; sin embargo, se prefiere recurrir a la primera persona del plural y convertir el asunto en algo abstracto y grandilocuente. Comodamente instalados en sus poltronas, estos personajes de pacotilla pretenden defender sus posesiones con el célebre todo o nada: es sabido que un buen modo de eludir las propias responsabilidades y no hacer nada es vociferar que se debe encarar la absoluta totalidad del asunto. El dictum anglosajón viene muy al caso: Put your money where your mouth is.
En prácticamente todas las campañas electorales se promete la “redistribución de ingresos”; es decir, volver a distribuir por la fuerza lo que en el supermercado la gente ya hizo voluntaria y pacíficamente.
Por esto es que las nivelaciones crematísticas surgen de un proceso impuesto y artificial tipo en la isla-cárcel cubana. Son los megalómanos de siempre que pretenden rediseñar al ser humano y convertirlo en un imaginario “hombre nuevo” para lo cual se cercenan libertades, se destrozan vidas y se instaura un sistema de miseria ge-neralizada, excepto para los autócratas de turno.

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Escribe: Alberto Benegas Lynch.- La otra noche un matrimonio amigo nos invitó a mi mujer y a mí a comer a un restaurante. Muy agradable resultó el convite y los temas fueron muchos y muy jugosos, pero hubo un asunto que pasó desapercibido y quedó oculto debido a que inmediatamente se superpusieron otros temas que coparon los intercambios de ideas.

Ese asunto a que me refiero trata de un relato que fue contado brevemente a raíz de otro comentario de los anfitriones de la jornada. El cuento se refería a que en un pueblito africano se estableció un concurso deportivo en el que participaban varios niños, el cual consistía en correr una carrera con el anuncio de que quien llegara primero obtendría un premio. Los niños a poco de deliberar y cuchillar graciosamente se agarraron todos de la mano y corrieron a la par todos juntos hacia la línea de llegada (por mi parte agrego que a los efectos podrían haber ido caminando con el mismo resultado final).

Ese fue el relato y quedó en el aire la interpretación o las interpretaciones y moralejas puesto que, como digo, se pasó a otro tema pisando lo anterior, como a veces suele ocurrir en reuniones sociales por más armónicas y amigables que resulten.

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Escribe: Alberto Benegas Lynch.- En su célebre discurso sobre Florencia, Giovanni Papini subraya que los habitantes de esa ciudad se han convertido en “porteros de salas mortuorias” porque no han hecho nada por agregar valor artístico a los Giotto, Leonardo, Botichelli, Dante y Miguel Ángel de otros tiempos. Afirma que esos habitantes solo lucran con sus ancestros sin preocuparse por ningún valor agregado, lo cual, sin embargo, ha hecho lo contrario el propio Papini con sus escritos monumentales.

En nuestro mundo de hoy se observa que en su eje central no solo se ha hecho muy poco por conservar los valores esenciales de la civilización sino que se ha hecho bastante por demolerlos. No hay más que mirar a los Stalin y Hitler y sus imitadores de nuestra época para horrorizarse frente a tanta miseria y muerte.

Los modales han cambiado, el uso de lenguaje soez se hace cada vez más común, empleado por muchos que no se percatan que lo referido a la cloaca convierte a todo en un estercolero. El valor de la palabra empeñada ha decaído significativamente. La institución familiar para formar almas se ha deteriorado en grado superlativo. El homicidio en el seno materno (mal llamado aborto como si se hubiera interrumpido algo que nunca fue) está a la orden del día.

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