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Martes, 21 de Agosto 2018


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Escribe: Rodrigo Saldarriaga.- Las órdenes y distinciones vinieron de Europa con la Conquista, y fueron tales las hazañas de estos hombres que cruzaron el Atlántico (que hoy la educación española llama ridículamente “exploradores”), que no habría de sorprendernos porque en sus pechos se hayan cruzado bandas y placas, o el porqué terminaron ostentado títulos delante de sus apellidos, y el de sus hijos en adelante.

Tampoco resultaron extraños estos títulos y distinciones a los naturales del Perú, como se les denominó a los habitantes de estas tierras que los conquistadores llamaron al azar con el nombre que hasta hoy llevamos oficialmente. Fueron condes y señores los curacas de los reinos del Perú, y los príncipes incas de la línea de Huáscar, llevaron blasones coronados por mandato del emperador Carlos.

Desde la Orden Militar de Santiago, pasando por las de Alcántara y Calatrava, y ya en el ocaso del imperio, las de Carlos III e Isabel la Católica, el virreinato del Perú acogió entre sus nobles a los caballeros que por sus méritos y lealtad a la Corona, fueron acreedores de estas distinciones. Y en el caso de la estricta Orden de Santiago, la tuvo tanto el peninsular Francisco Pizarro, marqués de la Conquista, como el criollo José Bernardo de Tagle, marqués de Torre Tagle.

Puede que algunos sean escépticos con respecto a las distinciones y medallas. Podrán llamarlas innecesarias, simples placas de metal o cordones de tela para que quienes las reciban puedan pavonearse. Pero no es así. Eso sólo sucede cuando se les arrebata el espíritu auténtico de virtud y trabajo que encierra una distinción o condecoración de tanta importancia y trascendencia.

Primero habría que hacer una pequeña aclaración respecto a la diferencia entre órdenes y condecoraciones. Las primeras constituyen un órgano colegiado, las segundas no forman entidad alguna. Las órdenes modernas tienen su origen en las de caballería, instituciones fundadas por los monarcas del Medioevo para distinguir a sus súbditos de mayor lealtad, o, como siempre ha sido y no puede negarse, para sellar una vital alianza no sólo con el caballero ungido, sino también con su fortuna y armas.

La Orden del Sol, fundada por el general rioplatense don José de San Martín en 1821, es junto a la desaparecida Orden de Guadalupe de México, la orden civil más antigua de la América hispana. Fue creada a instancias del Protector rioplatense y su secretario Bernardo Monteagudo para elevarla en el pináculo de las distinciones del recién nacido Estado del Perú, y para sustituir a las órdenes españolas, en especial, a las ya mencionadas más arriba: las de Carlos III e Isabel la Católica, que lucían muchos de los principales civiles y militares criollos que cambiaban de bando tras la toma de Lima y la huída del virrey a la sierra. Cabe señalar también la intensión de volverla una imitación de la también castellana Orden de Santiago, pues fue en su momento una orden netamente militar, donde sus caballeros eran ordenados previo juramento de fidelidad, y que se intentó llevar como ritual en la mismísima Catedral, algo que impidieron los jacobinos enviciados por las ideas vanas de la revolución francesa. Como anécdota para ahondar en este punto, el marqués de Torre Tagle, convertido en marqués de Trujillo tras la intentona monárquica peruana, fue Caballero Fundador de la Orden del Sol, y previamente, caballero de la Orden de Santiago.

La Orden del Sol demuestra el afán de San Martín por construir (y reconstruir al mismo tiempo) un sistema estamental dónde se definan las funciones sociales de los peruanos, distinguiéndolos por sus méritos. El caudillo separatista, tras la fiebre y el delirio por la libertad, sumido en la desdicha y la desesperación, entendió que el Perú no tenía chance para el experimento. La toma y capitulación de Lima (aunque no la derrota total de los realistas) habían asegurado momentáneamente las fronteras y gobiernos títeres de Chile y las Provincias Unidas, pero no era gratuito que estas tierras se hubiesen llamado la Nueva Castilla, ni que el blasón de la Ciudad de los Reyes estuviese pintado en el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. El espíritu peruano, que Gonzáles Prada llamó servil y contrario a la libertad, es en parte cierto, si bien debemos desprendernos del pesimismo (aunque comprensible por su tiempo) del máximo inspirador del anarquismo a la criolla. Mil años de reyes nativos y otros trescientos de uno universal, no podían ser la base para construir una república democrática dispuesta al sufragio consciente. Aún doscientos años después no estamos listos. Y si los mal llamados “próceres” de la independencia, como Sánchez Carrión o Mariátegui y Tellería, forzaron a su Patria al abismo de la ingobernabilidad, es porque actuaron como adolescentes inflados por ideales pueriles para darle la contra a sus padres, tildándolos de retrógrados. ¿O fue una mascarada tan bien practicada en sus logias?

Volviendo al tema principal, me resulta interesante señalar el juramento que debieron hacer los distinguidos por la orden en la Catedral de Lima cuando llegaban a ser investidos como Caballeros de la Orden del Sol, y que pueden encontrar en la web como apuntes de protocolo del estado peruano:

“Juro por mi honor y prometo a la Patria defender la independencia, libertad e integridad del Estado del Perú; mantener el orden público y procurar la felicidad general de América, consagrando a ella mi vida y mis propiedades”.

¿Quién consagraría hoy su vida y propiedades por un proyecto más grande que su propia existencia material? Sólo un Prócer o un hombre benemérito; un ciudadano de primer orden, y estos títulos deberían ser usados acertadamente, que ya muchos hombres por izar una bandera distinta y arriar otra han sido declarado héroes y no resultaron serlos en lo absoluto.

La orden desapareció con la partida de San Martín del Perú, y fue prohibida por un congreso liberal adicto a la corriente libertadora del norte. Es una paradoja que fuese Bolívar (ese hombre nefato para el Perú y la hispanidad) quien le diera sentencia de muerte a la más importante orden civil peruana, cuando el mismo fue agraciado con una, y que además llevaba brillantes sobre el disco de oro puro. Hoy se encuentra en Caracas, junto a la lujosa espada que le regalara la debilitada y temerosa Lima como señal de obediencia y agradecimiento ante su nuevo caudillo.

Tendrían que pasar cien años para que el radiante sol del Perú volviese a brillar sobre el pecho de un caballero o una dama. El controvertido Augusto B. Leguía la trajo de vuelta como máxima distinción a los visitantes extranjeros y peruanos de prestigio que asistieran a las ceremonias por el Centenario de la independencia en 1921. Y aún con su caída en 1930, la Orden del Sol del Perú se mantuvo vigente hasta nuestros días, aunque sus portadores no siempre han sido los más idóneos para llevarla. Y es que haber tenido de Gran Maestre a Alan García y Caballero Gran Cruz a Luis Castañeda no es para reír o llorar, sólo es comprensible el digno silencio sepulcral.

Yo sí creo en la importancia de estas distinciones para premiar a los hombres probos, quienes por su trabajo, entrega y fe, no han quebrado su juramento de seguir peleando por el engrandecimiento de su Patria e ideales. No existe ninguna maldad en diferenciar a los hombres por sus méritos, todo lo contrario, es lo que permite elevarlos del fango y colocarlos como ejemplos para las generaciones que le sucedan. Es tiempo de exigir mayores respetos y consideraciones para quienes sean honrados con esta suprema orden peruana. Y si los bananeros siguen repartiéndola como si fuera una lata sin pulir, ya habrá momento para quitárselas y recordarles el lema que siempre debió seguir grabada en la placa de oro, y que ninguno de ellos encarna: Al Mérito Acendrado.

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