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Miércoles, 21 de Noviembre 2018


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Escribe: Rodrigo Saldarriaga.- La República del Perú es heredera de esa pandilla de arribistas que se hicieron con el poder cuando los nobles de Lima demostraron su poca valía y huyeron. Ese vacío constituyó la elevación de viles magistrados que juraron por el pueblo peruano, que no entendía esa novedad llamada república y menos esos congresos rebosantes de discusiones bizantinas y pagos extraoficiales. Y aunque los citadinos, mestizos en su mayoría, acataron por miedo o desidia la voluntad de los nuevos tiranos, fue el sur indígena el que no claudicó. Influidos por las revoluciones de Condorcanqui y Katari, o por la lealtad (que los académicos separatistas llaman ignorancia y analfabetismo) hacia el Rey y la Fe, el sur siempre ha sido un bastión de tormentas de pólvora y sangre.

En Huanta siguió ondeando la cruz de Borgoña hasta después de la Batalla de Ayacucho, los principales regimientos realistas fueron conformados por indígenas de Cuzco y Arequipa, los mismos que habían derrotado en Guaqui a los separatistas del Río de la Plata, y sentenciado a muerte a las campañas de “Intermedios” en su avance a la sierra.

El sur andino es agreste y hambriento. Resulta comprensible la elevación y caída de los señoríos que precedieron al Incario, al observar detenidamente los valles profundos y la imposibilidad de construir caminos sin caer al abismo en su empresa, la cordillera como muralla y los ríos como fronteras. No por eso a Pizarro se le dio el Marquesado de la Conquista por haber sometido a los reinos del Perú, pues para el entendimiento de los españoles, se trataba de reinos, como los suyos, a los pueblos aborígenes unidos bajo la figura de un monarca absoluto, el Sapa Inca. Estas tribus se enfrentaron entre sí por centurias, y en el siglo XVI se aliaron a los conquistadores europeos para acabar con el Cuzco y su supremacía. Así los Huancas llevan en su escudo las cabezas de los generales incas muertos, por citar un ejemplo. Y aunque los incas fueron despojados de su poder real, en el Cuzco los indios nobles supervivientes, agrupados en doce panacas, gozaron de privilegios, ostentaron títulos de Castilla y rimbombantes blasones. Era natural para los aborígenes someterse a la autoridad de un rey, y por eso les fue ajeno reconocer la república casi tres siglos más tarde.

La costa mestiza y criolla responde sumisa a la voluntad egoísta de Lima y sus usureros, mientras el sur andino e indígena se alza en rebelión. Cuando la Confederación Perú-Boliviana, auspiciada por Santa Cruz, el sur peruano fue estado aparte, y aunque satélite de La Paz, esa huella política efímera responde a las diferencias entre Lima y esas cinco ciudades de histórica rivalidad: Cuzco, Arequipa, Ayacucho y Puno. Cabe señalar que la expedición restauradora que acabó con aquella confederación fue financiada con la venia de las haciendas azucareras del norte y dirigida por los caudillos peruanos exiliados en Santiago. La ocupación chilena del litoral tras el fracaso de la defensa en 1881, puso en relevancia de nuevo al sur andino, y también al centro (Junín), dónde Cáceres levantó polvo con sus montoneras, teniendo que enfrentarse no sólo al invasor, sino también al compatriota traidor, que obedeció las órdenes de la capital ocupada, y acabó con esa resistencia fiera, de los pocos soldados que nos quedaron, y el océano de lanzas y hondas de los indígenas peruanos. Y fueron estos indígenas los que pusieron al Brujo de los Andes en el poder tras la guerra civil apenas acabada la tragedia de 1879, y que en guerrillas siguieron enfrentándose a los gamonales mucho tiempo después, hasta que fueron pasadas por las armas por su otrora caudillo.

Ha sido el sur peruano antagonista histórico de Lima, y su gente la representación de todo aquello que desprecia la costa: la terquedad y la subversión. Les hemos llamado terroristas, holgazanes y resentidos. Es cierto que el alcoholismo está muy presente en la serranía, y que sus marchas paralizan la economía, pero hay algo más de fondo. El desdén del Estado peruano, centralista y déspota, es innegable, y la indiferencia de la costa por las carencias del campesinado, imperdonable. El comunismo demencial encontró en esas poblaciones fanática militancia, y así fue como Sendero Luminoso usó al campesinado resentido e ignorante como carne para su guerra popular. Y si no fuera porque la demencia maoísta buscó derrumbar la ancestral identidad aborigen de esta gente, suplantándola por su credo, Lima pudo haber caído muy fácil tras un asedio de milicias indígenas enarbolando trapos rojos, como ahora izan telas poli-cromáticas, afirmando se trata de los colores del Tahuantinsuyo, y que los “etno-nacionalistas” utilizan hábilmente para insertar el separatismo.

Lima y el norte ha elegido a Fujimori, mientras el sur se ha inclinado por el Frente Amplio. Vale señalar que Arequipa ha votado por Kuczynski, pintando la región de los colores de PPK en un mapa mayoritariamente anaranjado, donde sólo el sur se ha teñido de rojo con el discurso, según algunos analistas, “antisistema” de la señora Mendoza. Las elecciones del 2011 polarizaron al país de un modo bastante preocupante, aunque también risible. Además, brotó de aquella campaña presidencial, el desprecio gigantesco entre las clases sociales, y el odio entre los colores políticos y de piel que no nos son ajenos. Esta segunda vuelta en 2016 será un poco más “light”, pues dos candidatos que muy bien podrían ir en el mismo equipo (Kuczynski apoyó a Keiko Fujimori en la segunda vuelta de 2011) compiten para asumir la jefatura de Estado. La Confiep respira aliviada, y los lectores de Gestión también. Tras los resultados del domingo 10 de abril, la Bolsa de Lima tuvo un buen cierre y el precio del dólar bajó simbólicamente.

Es cierto que el modelo económico nos afecta a todos, y que independientemente de las aspiraciones y simpatías partidarias, trasciende en verdad la cordura y capacidad de los técnicos para conducir este país que a ratos parece ingobernable, y muchas veces resulta hasta atractivo venderlo y comprarse un país chiquito, al lado de Paris, como diría Prado y Ugarteche bajo la pluma de Bryce Echenique.

Estas elecciones nos han comprobado una vez más como el norte y el sur peruanos pueden tanto diferir en pensamiento y sentimiento, y como sus colores no sólo se presentan distintos, sino también enfrentados. Por ahora se trata del mismo juego político amortiguado por las promesas electorales, el asistencialismo y los cada vez menos frecuentes booms económicos. Dios no quiera que esos colores pinten belicosos estandartes, y que el Perú, como antaño, vuelva a partirse por la mitad.

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