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Martes, 20 de Febrero 2018


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Luis Jose de Orbegoso y Moncada
Escribe: Rodrigo Saldarriaga.- Había escrito ya sobre la Orden del Sol, llamada actualmente “El Sol del Perú”, y los antecedentes de la misma desde 1821 a la par de la gesta emancipadora de los rebeldes contra la Corona Española, dando paso a su derogación en 1825 por la corriente liberal contraria a los méritos de tinte conservador y pro-monárquico, y su final restauración en 1921 por las celebraciones del Centenario.

Siendo esta la máxima condecoración del Estado del Perú en su nacimiento, y luego ya de la República Peruana durante y después del Oncenio, fueron casi cien años en que no hubo una orden civil de relevancia que otorgara el estado para felicitar u honrar a sus ciudadanos y visitantes de prestigio. Hubieron si medallas, las cuáles fueron elaboradas para celebrar combates y victorias y entregárselas a sus participantes. No tuvieron un carácter significativo y trascendente en nuestra historia, a diferencia de otras condecoraciones extranjeras que vieron la luz en el siglo XIX, y que si calaron en la simbología e incluso identidad de sus respectivas naciones, cito por ejemplo la Legión de Honor francesa (1802), la famosísima Cruz de Hierro (1813), la Cruz Laureada del Reino de España (1809), o situándonos en nuestra región, la Orden Imperial de la Cruz del Sur (1822), que sobrevive sin el titulo de “Imperial” en Brasil hasta nuestros días.

No obstante, y aunque la historia poco caso les ha hecho, y no sólo resultan olvidadas, sino que aparentan jamás haber existido, hubieron dos “Legiones al Mérito” en el Perú, inspiradas sin duda alguna en la que el emperador Napoleón I fundara para honrar a sus oficiales y soldados por sus méritos en la guerra, su lealtad al nuevo régimen, y claramente, obediencia incuestionable a su persona. El primero en aventurarse en copiar el gesto napoleónico fue el presidente peruano José Luis de Orbegoso, a instancias del mariscal Santa Cruz, en vísperas a que este último terminase ostentando el rimbombante título de “Protector” de aquella invención paceña por unificar al bajo y alto Perú en una confederación que desde su nacimiento tosió enferma por las heridas que sangraban desde adentro.

En setiembre de 1835, De Orbegoso, considerando que “el mérito de los hombres ilustres que se han hecho célebres por sus virtudes y remarcables servicios debe exaltarse por todo Gobierno que se precie de justo”, crea una orden civil y militar con la denominación de “Legión de Honor del Perú”, la misma que “se compondría de un Jefe Supremo, doce grandes dignidades, treinta y seis comendadores, doscientos miembros de número, y cien supernumerarios”. Los portadores de la “Legión”, como empezó a llamarse, gozarían en sus grados más altos, de una pensión dada por el tesoro público, y todos los legionarios estaban en la obligación de portar sus insignias con el lema: Al mérito relevante. Con la victoria de los restauradores y chilenos, la condecoración fue abolida en febrero de 1839.

Cuarenta años habrían de pasar para que otra vez una condecoración peruana llevara este nombre, y sería de las manos de Piérola, quien aprovechando la ausencia controvertida de Prado, da un golpe y se adueña del poder. En mayo de 1880, el Califa (así le llamaban a Piérola) creó la Legión del Mérito, para premiar a los militares que enfrentaban la invasión chilena. Para McEvoy (1997) la legión al mérito era “una muestra del desborde imaginativo pierolista”. La condecoración estaba dividida en tres clases, estando reservada la primera “para quienes se hubiesen hecho notar por acciones eminentes de valor o pericia militar en mar o en tierra” (Moya, 2003). La llamada Cruz de Acero de la Legión del Mérito consistía en “una banda de seda al cuello, color rojo de dos centímetros de ancho, terminada en una cruz griega de acero con guirnalda esmaltada” (McEvoy, 1997). El Califa la presidió acompañado del Gran Consejo de la Legión del Mérito y del Gran Libro de la República, en dónde el dictador tenía planeado apuntar todos los hechos heróicos de su régimen, iniciándolo con el Combate de Pacocha, que es un hecho para otra columna.

El final de la legión pierolista vino con el desastre del Alto de la Alianza y la catástrofe de Arica. Con los regimientos invasores a las puertas de Lima, por más uniformes de mariscal que se pusiera el Califa, o cruces de acero y bastones de mando, la derrota era inminente, y su huída de la capital apenas terminadas las jornadas de San Juan y Miraflores, dejó en el olvido también sus intentonas reformistas innecesarias en plena guerra,y por supuesto, de su Legión del Mérito, la misma que le negó a Grau a pesar de su inmolación en Angamos.

Hoy, la única legión que tenemos en nuestro país es la Legión de “Honor del Perú”, instituida en 1994, (y reconocida por Ley en el Congreso en junio de 2015) que depende de los aportes voluntarios de sus integrantes, y que ha participado en zonas de desastres y emergencias, además de haber realizado campañas gratuitas de salud gracias a su personal calificado en tareas de rescate, paramédicos, primeros auxilios, seguridad y salvataje.

Me es satisfactorio conocer de la existencia de la misma, y que haya sido reconocida por el estado peruano además como órgano de apoyo en casos de emergencias, y aunque no reciben apoyo económico del erario público, quizás sea su labor ad honorem lo que mantiene la dignidad y esfuerzo de sus integrantes, que deben vérselas por sí mismos para obtener fondos. De esto se trata la cívica, aquella conducta ciudadana que para muchos peruanos es ajena y hasta ridícula, pero que debe estar presente si es que se quiere construir algo valedero. Seamos pues legionarios y ganemos nuestros méritos con trabajo, pues de nada nos sirven uniformes, condecoraciones o eslóganes sino pensamos conscientemente. La parafernalia es para la foto, la acción es para el cambio.

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