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Miércoles, 21 de Noviembre 2018


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Escribe: Rodrigo Saldarriaga.- La advocación de la Virgen María en los bandos realista y patriota durante las guerras de separación hispanoamericanas.
José Bernardo de Torre Tagle, a la sazón intendente de Trujillo en 1820, proclama la independencia del vasto norte peruano haciendo jurar a los notables de la ciudad en nombre de Dios y la pureza de María Santísima. Está escrito en los documentos referidos a la independencia de Trujillo (pueden encontrarse en el Archivo de La Libertad) que los nobles y comerciantes que conformaron aquél cabildo, hicieron la señal de la cruz y prometieron ser juzgados por el “Santo Tribunal” del altísimo (no el de la Inquisición) sellando su participación en la gesta separatista con un certero amén.

Una década antes, cuando la invasión napoleónica había sacudido a las Españas, los independentistas paceños depusieron a la autoridades reales y, luego de instalada otra de esas juntas de gobierno que pulularon en el continente, volvieron a sacar en procesión a la Virgen del Carmen (su fiesta coincidía en esos días), y cuenta la tradición que le quitaron la corona de oro y le pusieron gorro frigio en su lugar.
El general rioplatense José de San Martín cruzó los andes en su afán libertador un tiempo después, elevando a la Virgen del Carmen como Patrona y Generala del Ejército de los Andes, y O’Higgins al otro lado de la cordillera, le rindió varias misas a la advocación mariana cuando Chile se deshizo de la figura real, y entre cenas y rezos los afamados próceres enfilaron sus bayonetas al Virreinato del Perú, que ya no habría de ser defendido por Abascal y Goyeneche.
En Lima, la advocación mariana más importante era la Virgen del Rosario, y la imagen había sido tallada en Sevilla por encargo de la hija del Conquistador. La Virgen del Rosario tiene una historia bastante interesante, y desde el siglo XVI en su letanía se le daba el honroso título de Auxiliadora de los Cristianos, pues se le atribuía haber intercedido durante las interminables guerras contra los turcos otomanos. En nuestro país fue igualmente venerada, y el Marqués de Mancera, cómo Virrey, la nombró en 1643 “Patrona y Protectora de los Reinos del Perú”. En los tiempos de las llamadas guerras de independencia, fue por extensión “Patrona de los Reales Ejércitos del Perú”. Curiosamente, y aunque no fue desterrada de Lima por su “antecedente” monárquico, su figura fue medianamente oscurecida por la flamante Virgen de la Merced, que ya en 1730 había sido proclamada “Patrona de los Campos de Lima”. Pero fue recién el 24 de setiembre de 1823, en ceremonia presidida por Torre Tagle, quien era entonces jefe de Estado peruano, que fue declarada “Patrona de las Armas del Perú”, y bajo su advocación fue ganada la batalla de Ayacucho al año siguiente.

 

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Desde entonces tuvo la categoría de Castrense y reconocimiento del nuevo ejército patriota. En setiembre de 1969, el general Velasco Alvarado (presidente de facto) le concedió el título honorífico de Gran Mariscala del Perú y Patrona de las Fuerzas Armadas. Parece ser que la veneración de la Virgen de la Merced, si bien la orden de los mercedarios y la imagen habían estado en Lima desde el siglo XVI, vino exportada con grandilocuencia por la corriente libertadora del cono sur, pues ya en 1812 el general insurgente Belgrano había invocado la protección de sus tropas a la Virgen de la Merced antes de la batalla de Tucumán, dónde resultaron victoriosos. En 1813, nuevamente bajo la protección de esta advocación (fueron repartidos escapularios entre las tropas), los separatistas se enfrentaron en Salta contra las tropas realistas, venciéndolas y asegurando así la continuidad de su revolución. Belgrano le entregó su bastón de mando a la Virgen, y exhortó a los soldados y oficiales a entregar los trofeos de guerra a la imagen como gesto de agradecimiento.
Resulta bastante paradójico que ambos bandos se hayan entregado a la protección de la imagen de la Virgen María, y que las advocaciones hayan variado y luego ensombrecido tras el final desgarrador de la victoria separatista. Las advocaciones marianas, tan populares entre los pueblos de la América española, terminaron jugando un papel fundamental en la sacralización de las campañas militares, y en la legitimización de los dos partidos que se enfrentaban por la preservación o la conquista del poder. No obstante, mientras la “Meche” recibía bastón de mando en la costa, en la sierra profunda, el patrón Santiago seguía blandiendo la espada, y cuando los soldados regulares rindieron las aspas de Borgoña, las guerrillas indígenas las levantaron otra vez en un intento desesperado por vencer a quienes consideraban traidores al rey y a la religión.

 

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