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Lunes, 22 de Enero 2018


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Escribe: Manuel Aliaga Garfias.-

 Falacias de los Anti Jacinta

Dejemos para otro momento las virtudes y los defectos artísticos o morales que puedan manifestar los personajes de La Paisana Jacinta. La protagonista, en particular, muestra una variedad de cualidades que su público sin duda valora, que tendrían que ser parte de cualquier análisis serio, pero que los críticos soslayan. Las anteojeras del progresismo políticamente correcto impiden a los anti Jacinta apreciar lo que no encaja con su agenda.

La discusión académica importa

La pregunta aquí no será si el estereotipo es uno de los componentes del humor (fino o burdo), ni si lo chocante y lo ofensivo (para unos, para otros, para todos, o para ninguno) pueden ser parte de lo gracioso (y bajo qué condiciones). Tampoco cuáles son los límites morales de lo cómico, ni qué vigilancia (formal e informal) puede una sociedad libre ejercer sobre los discursos que algunos consideren transgresores. Finalmente, aquí no examinaremos qué sucede cuando se construyen personajes cuya gracia gira en torno al verse (o ser observados desde) fuera de su elemento. Todas estas cuestiones son importantes y pueden determinar nuestra opinión sobre este tipo de humor.

Aquí nos enfocaremos únicamente en analizar los argumentos falaces que usan los críticos de La Paisana Jacinta para exigir nada menos que la intervención del Estado (o sea, la de todos nosotros) en la regulación de personajes cómicos como éste.

 

Los activistas se levantan

Jorge Frisancho, en un artículo aparecido en Noticias Ser, toma la bandera de los exacerbados y pide que las autoridades actúen. Como activista experimentado, Frisancho arranca quemando llanta, presuroso por ser el primero en mover ficha, plantar sus banderas mínimas, y definir los términos del debate. Con un rápido pase de mano coloca sobre la mesa dos supuestos que los anti Jacinta tienen por obvios, que no explica, y que espera que los desavisados acepten sin pensar. Si lo consigue, el militante tendrá ganada la mitad de su batalla en favor de la represión estatal. Su razonamiento se puede resumir así:

  1. La Paisana Jacinta, y sus rasgos más desagradables, simbolizan a un colectivo: el de las mujeres andinas,
  2. Las características que su creador le da al personaje-símbolo Jacinta lo convierten en un producto racista,
  3. La Paisana no es mera expresión de una opinión racista (lo que podría ser tolerable) sino que, como producto cultural, resulta de un acto racista (lo que es intolerable),
  4. Corresponde al Estado reprimir los actos/productos intolerables (como los actos “racistas”).

Veamos si es así.

 Primer supuesto: “La Paisana Jacinta representa a al colectivo de las mujeres andinas...”

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Si no me lo dicen con hashtag, no me doy cuenta.

Esta petición de principio tiene cuatro partes: (1) Jacinta no es un personaje que se representa a sí mismo, sino que es un ‘símbolo’ de algo más, (2) concretamente, de un colectivo de personas, (3) y más concretamente, del de “mujeres de extracción andina”, y (4) dado que el personaje-símbolo es grotesco, representa una visión que menosprecia a los miembros de ese colectivo.

Por tratarse de una petición de principio, Frisancho no explica por qué ver a Jacinta de esa manera. Si de símbolos posibles se trata, ¿por qué la Paisana no podría representar—en la mente del espectador—a un pariente?  O, si a un colectivo, ¿por qué no a la gente de su pueblo... o al indígena de origen rural, que está fuera de su tierra, trabajador, luchador, rudo, con buen corazón, que maneja otros códigos, malentendido, etc.? No se sabe.

Si generalizamos este supuesto—y Frisancho no afirma que el caso de Jacinta sea único—Cantinflas, el “naco” Capulina, Larry the Cable Guy, Chiquito de la Calzada, los Maldini (de “Al Fondo Hay Sitio”), el Gordo y el Flaco, Tongo, la Gringa Inga, Nemesio Chupaca Porongo, o Míster Johnny (viejo personaje de Rulito Pinasco) tampoco se representarían a ellos mismos en su singularidad, sino que tendrían que ser vistos como símbolo de algún colectivo, y sus peculiaridades tendrían que ser entendidas como representativas de ese grupo.

“Todo depende del contexto”, dice el autor. Entonces, ¿a qué colectivo representa el Señor Barriga? ¿A la clase propietaria latinoamericana que vive de sus rentas y que merece que los explotados le saquen la vuelta? ¿A los pequeños dueños de clase media baja mexicana que, sin mayores recursos, tienen que ir personalmente a perseguir sin éxito a los morosos? ¿A los gorditos bonachones de los barrios industriales-comerciales del Distrito Federal, de los que se burlan los niños malcriados que allí viven? ¿A los padres esforzados que alcanzan a darle una situación cómoda a sus hijos, por la que estos han terminado engreídos? Probablemente todas las anteriores… algunas de ellas… y ninguna… dependiendo del espectador.

Tantas lecturas posibles como públicos y espectadores hay

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Hora de reírse un poco

La lectura que de Jacinta haga una campesina de las afueras de Puquio no será la misma que la de sus hijos migrantes en Nazca, ni que la de sus nietos en Lima y sus sobrinos en Paterson. Lo mismo puede decirse de otros seguidores del personaje. Esto debería ser evidente, más aún si recordamos que la Paisana llega con éxito a públicos muy diversos.

Por supuesto, es posible que haya espectadores que sí vean a la Paisana como símbolo de algo más. Por ejemplo, puede que, al nieto limeño de la campesina de Puquio, la Paisana le recuerde a una tía avezada en la lucha, a la que cochineaban por serlo. O puede que la Paisana ayude a ciertos espectadores a reírse de sí mismos, de los vecinos de su pueblo o barrio, de una manera que resulte incomprensible a los de fuera.

También es posible que haya espectadores que la interpreten como representando a algún colectivo del que han tenido experiencia, incluidos (a) un grupo (definido de cualquier manera) con el que esos espectadores se identifican, y (b) colectivos a los que no pertenecen, pero con los que comparten. De hecho, en ciertos círculos se toma este humor (popular, “criollo”) como una forma ligera de encuentro y convivencia entre “distintos” que estiman su identidad, pero sin tomarse muy en serio. En esos círculos no hay nada peor visto que la arrogancia, la falta de correa, y la incapacidad para reírse—con el vecino—de uno mismo. Que existan grupos (en los extremos de la pirámide socioeconómica, en zonas geográficas puntuales, en espacios culturales concretos, o en ambientes de inmigración relativamente reciente) que, por razones más o menos atendibles, no se identifiquen del todo con esa narrativa, y la cuestionen, es problema aparte.

En esa lógica, es perfectamente aceptable batirse o cochinearse entre “hermanos”, porque es cosa asumida que “quien no tiene de inga tiene de mandinga”. Es algo que se ve en los personajes que acompañan a Jacinta y, en general, en nuestros programas cómicos de TV. ¿Y si los Maldini, el Negro Tribilín, Camotillo el Tinterillo, y la Paisana no son sino casos del mismo humor popular, ofensivo para quienes por nacimiento, u opción, se sitúan fuera de esos espacios de convivencia, y de las reglas no escritas que regulan las formas de inclusión que en ellos se practican? Bajo el pretexto de luchar por la justicia, el rechazo de esas formas de coexistencia conduce a la alienación, a la intolerancia, y a que se busque poner al Estado al servicio del mal humor con el que los de fuera hacen sus exégesis.

Finalmente, también “se podría”—como Frisancho después dice—encontrar en Jacinta contenidos “racistas”. Pero para ello hay que quererlos ver, pues cada intérprete aporta sus muy peculiares anteojos a la hora de reconstruir al personaje y darle sentido. Y la vanguardia progre, que—es cosa sabida—maneja una definición amplia y políticamente conveniente de racismo, acaba viéndolo hasta en el espejo.

Cuidado con el (mal)pensamiento único

rojetes

"Acepta nuestros supuestos."

El creador de Jacinta da vida a un personaje de ficción, singular, con nombre propio, y los espectadores pueden interpretarlo de muchas maneras, dependiendo de sus historias y experiencias. Pero a los azuzadores de contradicciones no les interesan la variedad de lecturas posibles. El personaje debe interpretarse de una sola manera: la que ellos (urbanos, universitarios, progres, contestatarios) prescriben; la que divida, aliene y polarice de manera más efectiva. Para ello, hay que eliminar o marginar todas las otras, muy especialmente aquellas que hacen posible esas “viejas” formas de convivencia, de inclusión, y ese humor, que no encajan con la receta vanguardista. Hay que importar el conflicto (tal como se acostumbra en otras latitudes “más avanzadas”) como mecanismo de “progreso”. Sólo así podrán rehacer la sociedad a la medida de sus teorías. El moralismo progresista, que suele presentarse como protector de otras tradiciones culturales, revela así el etnocentrismo absolutista que lo anima.

Si los militantes de la vanguardia progre quieren explorar una lectura particular de la Paisana, están en su derecho. Al resto nos corresponde simplemente pedirles que lo hagan (a) con rigor y (b) en los espacios apropiados para ello. Lo que hay que rechazar es que irrumpan en la arena pública con una lectura arbitraria de Jacinta, a demandar sin argumentos que se la acepte como lógica y/o moralmente necesaria, que el Estado la reconozca como vinculante, y que intervenga para hacerla normativa.

Segundo supuesto: “La Paisana Jacinta es un producto racista.”

racist

La segunda bandera que Frisancho, en representación de su grupo, corre a plantar sin discusión dice: Las cualidades “desagradables” que los críticos encuentran en la Paisana son las mismas que “a lo largo de nuestra historia” se han atribuido a las mujeres de extracción andina. Ergo, estamos ante un producto “racista”.

Este supuesto tiene, a su vez, cuatro partes: (1) Las cualidades “desagradables” (¿para quién?) del personaje-símbolo son las que lo definen, (2) esas cualidades desagradables nos refieren, necesariamente, más allá de Jacinta, a las mujeres de extracción andina, aunque el creador y los espectadores no hagan explícitamente esa conexión, (3) el producto “Jacinta” es, pues, racista, (4) porque todos sabemos lo que hay que entender por racismo.

Pero no: esta petición de principio está lejos de ser evidente:

  • Un personaje “racista” se define a sí mismo, y al otro, (1) primariamente como miembros de grupos raciales/étnicos (2) irreductiblemente distintos y hasta opuestos, (3) donde uno de los grupos encarna de manera esencial la virtud y el otro el vicio, y (4) donde se busca marginar al otro. No es el caso de la Paisana ni de sus personajes ni de la manera cómo interactúan entre sí.
  • Un creador “racista” no sólo compone un personaje de caricatura, sino que busca que su producto represente de manera explícita a un grupo racial/étnico, y lo utiliza para promover y justificar la inclusión/exclusión de individuos y colectivos en base a las virtudes y vicios que de manera “esencial”, se dice, los caracterizan. No es el caso de Benavides.  Frisancho llega a sugerir que producir La Paisana Jacinta es un acto racista, comparable a cualquier otro—p. ej., ¿al negar sistemáticamente la condición de peruanos a quienes “no parecen” (Fujimori y Kuczynski son sólo dos ejemplos), o al cobrarle más a los blancos, o al discurso del etnocacerismo?
  • Un público “racista” demanda productos que caricaturicen al grupo racial/étnico “opuesto” y que exalten al propio, con el fin de sobrevalorar a unos y menospreciar a los otros, y justificar la exclusión del grupo e individuos rechazados. Nada de esto se ve en los públicos que se divierten con Jacinta y sus ocurrencias.

Menos “Realidad Social Peruana” y más sentido del humor

No hay que ser un genio para concordar con Frisancho en que, probablemente, “no hay nadie en la realidad peruana como la paisana Jacinta”. Lo mismo puede decirse de Tres Patines o Vera de Milo (otros productos cómicos de ficción). Tampoco hay que ser brillante para ver que, en la “realidad peruana”, no hay colectivos como los que ella representaría.

estereotipo

Los anti Jacinta no entienden que, cuando se trata de la Paisana, no estamos ante “la representación de ‘individuos, temas y manifestaciones’ que ‘existen, están, son’, y de los que conviene tener conciencia (es decir, representaciones del racismo)”. Estamos, más bien, ante un programa cómico, al que la “realidad” le interesa sólo como marco para las aventuras absurdas de un personaje de ficción, que se entiende muy bien en referencia a sí mismo, a sus compañeros de aventuras, y a las situaciones enredadas que enfrentan.

La Paisana es un personaje cómico, y el absurdo, la hipérbole, y el ridículo son componentes básicos del género. Nadie debe sorprenderse de que estemos ante una Jacinta exagerada que, como otros del género, reúne cualidades extremas, y se encuentra en circunstancias excesivas y disparatadas, que les resultan graciosas a sus públicos.

Que en la “realidad” existan personas que han sido “denigradas y humilladas”, no saca a Jacinta del plano ficcional y cómico en el que se mueve. Enumerar los abusos reales o imaginarios sufridos por un colectivo no demuestra que los “defectos” de un personaje ficticio simbolicen las “carencias” supuestamente atribuidas a ese grupo. Son la progresía (que ve racismo hasta en la sopa) y, mutatis mutandis, los racistas reales que por ahí existan (que difícilmente verán el programa), quienes establecen esas conexiones “necesarias”.

La vanguardia progre suele manejar una definición de racismo que, por expansiva y efectista, le resulta políticamente conveniente. Si dependiera de ella, los únicos personajes de caricatura aceptables serían los étnica o racialmente "neutros", los identificables con grupos que no hayan sufrido humillaciones, o los reconocibles como parte de grupos “perpetradores”.

Tercera tesis: “La opinión se tolera; el producto/acto dañino se reprime.”

Frisancho comienza afirmando que Jacinta es un producto racista, dañino como el veneno, pero luego matiza su aseveración y admite que no tiene que ser así:

  • “Es posible… ver a la paisana Jacinta… precisamente como sus autores nos piden que las veamos: …como sus actos de representación.”
  • “…un producto cultural como [La paisana Jacinta] puede ser visto como dañino o perjudicial desde [algún] ángulo relevante…” [énfasis agregado]

La pregunta aquí es obvia: ¿Basta que un producto como Jacinta se pueda tomar como “perjudicial desde algún ángulo relevante” para que el Estado deba intervenir? Frisancho menciona el rol regulador del Estado, y su función de limitar, reprimir y/o sancionar los productos que, por ejemplo, resulten dañinos para la salud. Luego extiende esa obligación a la regulación de productos que se puedan interpretar como racistas. ¿Por qué detenerse ahí? Se podrían añadir más productos a la lista de contenidos perjudiciales merecedores de la acción profiláctica del Estado: la expresión de ideas políticas antisistema, las propuestas que disuelven la familia, las iniciativas que buscan legalizar el aborto provocado, la pornografía, etc.

¿Se podría aplicar el rasero que Frisancho propone a, por ejemplo, una opinión atea que se expresa a través de una obra de teatro blasfema? Si la Paisana Jacinta es un producto racista, una producción teatral insultante contra los creyentes, ¿es un producto de intolerancia religiosa que, por ofensivo e incendiario, también requeriría una respuesta represora por parte del Estado? ¿O debemos entender que las únicas opiniones cuestionables que se pueden expresar libremente por medios artísticos son las del colectivo progre?

 

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Cuarta tesis: “El Estado debe actuar.”

Si se vendieran helados contaminados con veneno, el Estado intervendría, argumenta Frisancho. Por tanto—continúa—dado que la Paisana es (o “puede ser vista como”) un producto racista, el Estado debe intervenir. Ergo, las críticas dirigidas por los libertarios al Ministro de Cultura (que hace unos días se pronunció contra el personaje) están fuera de lugar.

Frisancho acierta al criticar que se niegue al Estado y al gobierno la función de promover, en nombre de todos los peruanos, principios fundamentales para nuestra convivencia. El Estado encarna valores básicos y permanentes (orden, seguridad, justicia, libertad, etc.), y el gobierno promueve, durante los cinco años de su mandato, los valores de la propuesta política más votada.

En este contexto, al Ministro de Cultura le corresponde legítimamente:

  1. Expresar, en su nombre, la opinión que como ciudadano tenga sobre cualquier tema, si lo cree pertinente,
  2. Expresar, en nombre del gobierno, la opinión política no vinculante del régimen, si éste lo juzga oportuno,
  3. Implementar, en nombre del Ejecutivo, las políticas públicas adoptadas en el área que le ha sido confiada, y siempre de acuerdo a ley,
  4. Actuar como representante del Estado (es decir, en nombre de todos los peruanos) para que se cumplan la Constitución y las leyes (y los valores que ellas expresan) en los terrenos de su competencia.

Frisancho no distingue entre estos niveles, en particular entre los niveles 2, 3 y 4, y simplemente llama a que “el Estado” diga o haga “algo” para “combatir el racismo” presente en Jacinta.

Las opiniones que sobre Jacinta expresó el Ministro Del Solar caen en el terreno personal (punto 1), aunque probablemente reflejen también el sentir oficial del gobierno (punto 2), que viene plasmando en políticas concretas (punto 3), algunas de las cuales ciertamente se remontan a gobiernos anteriores. En cuanto al punto 4, hay que decir que, en realidad, el Estado no opina, sino que actúa de acuerdo a ley. El Estado no representa al grupo político más votado en un momento dado. El Estado representa a todos los peruanos, y aplica las leyes surgidas del proceso político-legislativo, en el cual participan, directamente, todos los representantes elegidos, e indirectamente, la ciudadanía.

Es sabido que, en el terreno cultural y educativo, la burocracia estatal está dominada por los supuestos de la progresía. Pero el Estado no es un ente con existencia propia y autónoma. Como su representante (y del gobierno), el Ministro de Cultura debe actuar según la ley, respetando las competencias de los poderes legislativo y judicial, velando por el respeto a las libertades ciudadanas, y asegurándose de que la política pública—a través de la cual ya viene actuando—siga de cerca los valores de la gente (y no los de grupetes de esclarecidos que, a puerta cerrada, y gracias al privilegio de tener acceso, aprovechan la poca vigilancia ciudadana para decidir lo que es bueno para el resto).

En un marco democrático-liberal resulta peligroso reclamar la regulación o ilegalización del humor “cuestionable”. Es algo que deberían entender bien quienes tienden a verse como operando desde la marginalidad y que experimentan la tentación permanente de sacar un pie fuera del sistema. Son los mismos que acostumbran reclamar libertad… hasta que, por alguna movida afortunada, o por la incompetencia de los responsables, consiguen insertarse en el corazón del sistema para subvertirlo e imponer su intolerancia.

El problema es que los progresistas no toleran la solución (sin duda imperfecta) que como sociedad nos hemos dado (“quien no tiene de inga…”) y se despeinan clamando que tienen algo mejor que ofrecer, y que tenemos que aceptarlo ya. En esta visión alternativa que quieren terminar de implantar desde el Estado (aunque ni siquiera hayan sido elegidos gobierno), productos como la Paisana son inaceptables. Denunciarlos es parte de su esfuerzo por desmantelar lo que hay, a fin de regresar a formas superadas de intervencionismo estatal.

estatismo

Si no te gusta, dilo...

Si la Paisana te parece un personaje burdo y rechazas—por la razón que sea—el humor que lo hace posible, dilo. Explica por qué se le debería ofrecer a la gente un producto de otra calidad. Pero no inventes rollos falaces e interesados para buscar la intervención del Estado.

La vanguardia biempensante cree que con pronunciar palabras como “estereotipo”, “racismo” y “opresión”, resuelven el asunto en su favor. Sin embargo, es muy difícil—y peligroso—intentar someter al humor a parámetros moralistas o políticos estrechos.

En el Perú, y en otros países diversos, existe un consenso en favor de la libertad (incluida la libertad para cochinearnos), y en contra del racismo propiamente entendido. Es algo generalmente aceptado que el Estado y los gobiernos tienen un rol en la promoción de prácticas de justicia. Lo que los peruanos rechazan son las interpretaciones individualistas y marxistas de la igualdad, y las “soluciones” intolerantes y maniqueas (buenos y malos, blanco y negro) que estas ideologías importan. Los peruanos creen en la justicia, pero entendida desde otro marco moral, el cual las izquierdas tradicionalmente menosprecian, y que se empeñan en desmantelar. Nos toca explicar y articular de nuevas maneras, y renovar, ese marco moral con el que los peruanos intuitivamente nos identificamos. Para ello hay que permanecer vigilantes y no permitir que los importadores de novelerías impongan, desde el Estado y otros espacios de poder, sus supuestos.

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