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Martes, 22 de Enero 2019


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Escribe: Manuel Aliaga Garfias.- "Es más fácil percibir el error que encontrar la verdad. El error se encuentra en la superficie y puede ser visto con facilidad... pero la verdad yace en lo profundo, donde pocos están dispuestos a ir en su busca." --Goethe


Encuentro en las redes un buen número de opiniones que, con la mejor intención, buscan explicar las razones por las que votaron de una manera u otra en este referéndum. Un número importante de ellas dice:


"Una reforma constitucional sensata idealmente debería ser X, pero dada la situación en la que nos encontramos [Congreso, casos de corrupción, FP, Apra, gobierno de Vizcarra, etc.], lo razonable aquí y ahora es resolver nuestra coyuntura con una reforma constitucional Y."

Sorprende enormemente que tantos, de cuya inteligencia no hay duda, olviden (o se sientan forzados a hacerlo) que no estamos ante la aprobación de un mero reglamento para los próximos pocos años ni ante una consulta popular para expresar (des)aprobación a un poder del Estado o a un partido político (para ello hay otros mecanismos). Lo que hoy se decide es una reforma constitucional. ¿Es posible perder de vista un dato tan básico?


Los que “saben”, olvidan


¿Qué sentimiento, situación, o propaganda puede nublar la memoria, bloquear el intelecto, y redirigir la voluntad de tanta gente? ¿Por qué la ciudadanía se ve forzada a responder a la actual coyuntura política por la vía extraordinaria (y sin el debate debido) de la reforma constitucional? Incluso si hubiese una explicación suficiente, ¿es justificable que una ciudadanía informada acepte esta situación? ¿Se puede negar la responsabilidad que en esto tiene el gobierno (que ha diseñado esta consulta)?

"En tiempos de tribulación no hacer mudanza", decía el santo de Loyola. No se entiende que, a estas alturas, sigamos sin aprender de nosotros mismos y de nuestra historia, y una vez más nos dejemos llevar, como corderos sin criterio, a una votación tan trascendental y, a la vez, tan evidentemente marcada por el corto plazo, la reacción hepática, y las emociones manipuladas.


Responsables de nada


Son muchos los responsables de esta situación. Uno de los que no se habla (porque ello requeriría capacidad autocrítica) es el de los sectores supuestamente mejor educados de la sociedad. Nada se dice de su renuncia a la ponderación y al rigor intelectual. Tampoco de su viejo abandono de la actividad cívico-política, a la que menosprecian o desprecian abiertamente (tal abandono es parte esencial del problema). Otra responsabilidad que queda en la sombra es la de los "formadores de opinión" y las carencias que con tanta dedicación cultivan. Ni los unos ni los otros se muestran capaces de ir más allá de la indignación permanente, que se ha convertido para ellos en un estilo de vida y de trabajo.


¿Cómo han contribuido estos sectores a que hoy estemos aquí?  ¿qué reflexión sosegada no hicieron? ¿Cumplían con su papel iluminador cuando justificaban abierta o tácitamente que se use esta consulta para desahogar un rechazo meramente circunstancial y visceral, sin pensar en las consecuencias? ¿Hacían su trabajo cuando pasaban por agua tibia que esta consulta se encuentre tan obviamente viciada en su origen y en su ejercicio? Hacer la vista gorda ante el peligro de gato por liebre al que se nos ha llevado, ¿no corrompe el rol que individual e institucionalmente juegan los "formadores de opinión"? ¿Tienen razón el oficialismo y sus medios en animarnos a tener fe en el resultado del referéndum y lo que venga después? Si antes de cualquier consulta no hacemos primero nuestros deberes cívicos, ¿no nos encaminamos ciegamente hacia otra desilusión que erosione aún más nuestra democracia?


Voto biliar


Este referéndum no ha sido más que un ejercicio de hybris, y nunca es bueno que del movimiento biliar se deriven consecuencias constitucionales. Justificar un voto hepático--como hace buena parte de los "formadores de opinión"--es manipular intelectual y moralmente al votante, con el único fin de arrimar, en el corto plazo, al actual adversario político.


Un estadista sabe que los períodos de turbulencia en la vida de una comunidad no son los más oportunos para pensar con serenidad, rigor y de manera consensuada las reformas constitucionales que puedan requerirse. Una ciudadanía ilustrada entiende lo mismo. La Constitución no debe quedar a merced de la polarización emocional y de la voluntad de arrimar y derrotar que hoy se ha apoderado de muchos. Es un pésimo precedente. Resulta revelador que quienes tanto han denunciado fenómenos como el Bréxit y las elecciones italiana y brasileña, se muestren incapaces de ofrecer algo distinto. Se sienten (y se venden como) mejores, pero en verdad son parte integral del problema.

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