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Miércoles, 25 de Abril 2018


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Escribe: Manuel Aliaga Garfias.- Previsiblemente, la publicación del libro “Mitad Monjes, Mitad Soldados”, de Pedro Salinas, ha servido de ocasión para que sus enemigos de siempre la emprendan contra la Iglesia, el Cardenal Cipriani, el Sodalitium, y todo movimiento apostólico que, en su imaginario, les resulte semejante. Con todo, nos toca acoger con humildad y discernimiento la verdad que esos ataques oscurecen, pero sin olvidar que nos está siendo servida mezclada con cianuro, y que tragarlo sin más—nublados por el dolor y un falso sentido de expiación—sería también un pecado contra la justicia y la propia verdad.

Veamos qué coctel nos sirve Pedro Salinas con la colaboración de Paola Ugaz y la Editorial Planeta.

La primera parte

No hay duda de que estamos ante una investigación esforzada que ha procurado reunir datos de testigos de primera mano. Esta reseña no se ocupa de la sustancia de las denuncias sino de la solidez de la investigación de Salinas y su equipo. Tenemos a la vista la versión Kindle del libro (US$ 11.99 en Amazon), la cual, por alguna razón no explicada, prescinde del epílogo que para la versión impresa escribió Rafo León.

En la primera parte del libro (“Un vistazo al Sodalitium Christianae Vitae”) Salinas traza algunas pinceladas de interés sobre los primeros años del movimiento. El primer capítulo (“El Sodalicio: una historia jamás contada”) resulta particularmente útil para quienes, como el autor de estas líneas, ha tenido diversos grados de cercanía con las órdenes religiosas y los colegios vinculados a esa etapa inicial.

Sin embargo, el segundo capítulo (“El credo sodálite: la historia oficial”) promete más de lo que contiene. Salinas no ofrece una presentación ordenada de la espiritualidad y doctrinas características del movimiento, sus publicaciones más influyentes, o su estructura y métodos de formación. No se cita las constituciones o estatutos del movimiento. La teología de la reconciliación no se explica. El impacto que hayan podido tener los primeros sacerdotes del SCV—y su relación con Figari y Doig—no se discute. Salinas recurre únicamente a las escasas fuentes secundarias disponibles (¡publicaciones de PromSex, nada menos!), a citas tomadas sin mayor método de memorias y discursos, y no a investigación primaria.

Tampoco se ofrece información sobre la evolución interna del Sodalitium luego que Salinas lo abandonase a inicios de 1987. Si, como afirma, mantiene una relación cordial con miembros clave del movimiento, incluido el propio Superior General, Alessandro Moroni, y con los entrevistados, este vacío llama la atención. Esta carencia se suple en parte con observaciones anecdóticas y teorías dudosas sobre cuál sería, en verdad, “el problema de fondo” con la Iglesia, la adecuación de ésta a “los tiempos”, etc.

Los testimonios y las denuncias

La segunda parte del libro recoge treinta testimonios de ex miembros del movimiento, quienes refieren cosas que habrían sucedido hace alrededor de tres décadas, cuando eran adolescentes. Es aquí donde se nos plantea en toda su magnitud el reto del discernimiento y la investigación—internos (por parte del SCV) y externos (por parte de la Iglesia). Esta sección incluye:

• Un puñado de denuncias de abuso sexual que, de comprobarse, resultarían monstruosidades indiscutibles y demoledoras.

• Relatos que delatan vacíos preocupantes, prácticas cuestionables, vicios nefastos, y técnicas esotéricas extrañas y hasta enfrentadas con el Evangelio.

• “Maldades” que ofenderían únicamente el imaginario y la sensibilidad de los herederos de la vieja izquierda miraflorina—la misma que hace cuatro décadas le juró odio eterno a movimientos que, como el SCV, se dirigían a esa “elite” que ella buscaba captar para sus propios fines. Los descendientes de esa izquierda miraflorina—ahora reconvertidos en izquierdismo caviar, liberalismo radical y libertarismo—son quienes hoy hacen suyo el trabajo de Salinas como parte de una estrategia política de largo aliento.

Las acusaciones parecen haber tenido un efecto desolador entre quienes pertenecen, o han pertenecido, al SCV. Comprensiblemente la sensación de estafa es profunda. Sin embargo, quienes con tristeza observamos esta situación desde fuera no debemos perder de vista que muchas de las acusaciones del libro vienen y van con ligereza, con poca empatía y sin método ni discusión—como si el significado de las etiquetas que se arrojan tuviese que ser obligatoriamente evidente. El marco crítico que Salinas utiliza es, simplemente, el del sentido común secular-humanista del liberalismo pop contemporáneo.

Introduzcamos algo de discusión en torno a esas etiquetas. Salinas denuncia que durante los años ochenta el SCV era culpable de:

1. “Elitismo” – Salinas abandonó el Sodalitium hace casi treinta años pero el libro deja claro que nunca dejó ni su barrio ni sus restaurantes—y nadie le pide que lo haga. Es tan natural que Salinas siga hoy manejándose en los círculos sociales y profesionales a los que pertenece como lo es que hace cuarenta años un grupo de laicos sanisidrinos comenzase su apostolado entre sus hermanos, primos, amigos, compañeros de escuela, vecinos, y círculos sociales y culturales en los que se maneja con mayor facilidad. Salinas no reporta—con citas de los documentos fundacionales del SCV—cómo entendía el movimiento, durante esos años, este aspecto de su misión. Tampoco detalla cómo el movimiento se ha expandido a lo largo de las décadas más allá de sus espacios originales. Es decir, se limita a etiquetar sin procurar entender y explicar.

2. “Fascismo” – Hay que tener cuidado, que los progres usan esta etiqueta muy a la ligera. Salinas afirma que el fundador del SCV, Luis Fernando Figari, era admirador de José Antonio Primo de Rivera, organizador de la Falange Española y ejecutado por el gobierno republicano durante la guerra civil. Pero aquí, una vez más, para lanzar una etiqueta de este tipo habría sido necesario ir más allá del retrato en la casa de Figari, el canto de una versión modificada de Cara al Sol, y la lectura de algún texto de Primo de Rivera… y hablarnos de las constituciones y estatutos del SCV. Especialmente cuando, como Salinas repite varias veces, Figari deliberadamente evitó mezclar la política con la labor apostólica del movimiento. Más relevante y preciso hubiese sido desarrollar, por ejemplo, el tema de ciertas formas patológicas de verticalismo interno que, a la larga, parecen haber resultado muy dañinas para el movimiento.

3. Practicas poco éticas de reclutamiento de menores – Durante la adolescencia los muchachos son curiosos, impresionables, vulnerables y susceptibles a la adulación—sea por necesidad de afirmación (vanidad, narcisismo), por dificultades en la familia, por ser “chicos problema” en el colegio, etc. Por todo esto, y por tratarse de menores, hay un imperativo no negociable de supervisión que debe venir de varias fuentes.

• La primera responsabilidad corresponde a los padres. Y los testimonios dejan la impresión de que muchos de esos padres estuvieron prestos a buscar soluciones mágicas y dejar en manos de otros la formación y corrección de sus hijos. Esta es una línea de investigación que Salinas no explora.

• El siguiente nivel de supervisión es el interno al Sodalitium, pero Salinas no desarrolla el tema de los mecanismos que con ese fin existían o no durante los 80.

• El siguiente nivel de supervisión es el eclesial. Salinas no da mayor detalle sobre la relación canónica con el Arzobispo de Lima una vez que el movimiento tuvo alguna forma de reconocimiento oficial por parte de la Arquidiócesis (¿1970?). Tampoco dice nada sobre la formalización de la relación con la Santa Sede a partir de 1994 y los cambios internos que esto debió generar.

4. Métodos abusivos de “formación” – Salinas sugiere que la formación que el Sodalitium ofrecía se reducía a un mero “formateo” del “disco duro” de los muchachos. Para ello se habría recurrido a:

• Abuso espiritual y psicológico – Los testimonios hablan de "dirección” espiritual usando técnicas orientales como la kundalini. En un contexto católico técnicas como esa resultan extrañas y cuestionables. Otra vez estamos ante el tema clave de la (falta de) supervisión, que Salinas no desarrolla. También se habla de “metodologías sistemáticas” de manipulación y control mental. Sin embargo, los propios testimonios dejan claro que algunos las sufrieron y otros no. ¿Qué tan “sistemáticas” fueron? ¿Cómo se entrenaba a los formadores para aplicar esas técnicas, de manera que podamos hablar de “sistema”? No queda claro.

• Abuso físico – Parece que durante los 80 el SCV aspiraba a un método de formación del carácter que tomase elementos de la disciplina militar. Esto no es novedad en la vida religiosa. Tampoco debe sorprender, considerando que aun hoy tenemos adolescentes estudiando en secundarias militarizadas. Si ese fuese el carisma—la propuesta—de un movimiento apostólico cualquiera, es algo que por supuesto debería explicarse con transparencia. Más aun si trabaja con menores. ¿Cuál es el propósito del sentido de obediencia que se desea inculcar? Sería tarea del joven, o de la familia de éste, discernir los beneficios de este estilo de formación. Salinas habla de las temporadas en San Bartolo pero no explica cuánto tiempo duraban, qué fases en la formación la antecedían y sucedían, etc. ¿Hay en los documentos fundacionales del SCV alguna explicación sobre este aspecto de la formación? ¿Hay una lógica detrás de él, un programa bien pensado? ¿Contaban con asesoría de algún militar conocedor de estos métodos y su aplicabilidad a menores? ¿Se mantenía informada a las familias? ¿O más bien los fundadores manejaban una mera caricatura de la formación militar, tan común entre quienes quieren “disciplina”? Salinas no plantea ninguna de estas preguntas y más bien opta por el recurso fácil de sugerir que la formación “militarizada” es algo necesariamente malo.

5. Abuso sexual- Ni el título de la obra ni la mayoría de los testimonios se enfocan en abusos de orden sexual, aunque la cobertura mediática y el propio Salinas subrayen eso. De los treinta testimonios, cinco contienen alegaciones de abuso sexual por parte de tres personas, incluidos los dos personajes fundacionales. Una sola denuncia comprobada de abuso sexual por parte de un fundador como Figari, o de alguien con el peso que llegó a tener Germán Doig, sería algo gravísimo para cualquier movimiento apostólico, aunque la denuncia se refiriese a hechos sucedidos hace tres décadas. Es aquí que encontramos el núcleo duro de la denuncia —verdaderas atrocidades— que exige una respuesta institucional y eclesial dolorosa pero ineludible.

¿Y el filo crítico?

Los testimonios se presentan de manera desordenada y acrítica, saltando de un tema al otro, e incluyendo "testimonios" de oídas ("dice que dijo”). Los relatos se encuentran salpicados de inferencias que Salinas inserta sobre la marcha, lo que hace difícil distinguir la voz del entrevistador de la del entrevistado. Nada de esto facilita la comparación y el discernimiento sosegado. Salinas no parece tener en mente la facilitación del pensamiento crítico sino sólo utilizar los relatos como meras ilustraciones de una conclusión predeterminada.

Estamos ante relatos de naturaleza, contenido y peso muy desiguales. Los testimonios debieron presentarse organizados, por ejemplo, según la época a la que corresponden y siguiendo una estructura común. Los autores y editores debieron identificar de antemano temas e hilos conductores, agregar subtítulos y separar claramente los comentarios editoriales. Eso le permitiría al lector tener toda la información relevante, navegar las denuncias con facilidad, hacer comparaciones, discernir problemas recurrentes, y decidir si la evidencia que se presenta es confiable y suficiente.

¿Cómo hubiera tenido que ser la estructura de cada testimonio? Cada presentación debió incluir, por ejemplo:

• La situación familiar-afectiva del muchacho.

• El año en el que se entró, qué edad que tenía, qué grado cursaba.

• Cómo fue reclutado y cuánto tiempo estuvo.

• Si hubo apoyo u oposición de la familia.

• Su historia dentro del movimiento.

• La(s) denuncia(s).

• El proceso de salida del SCV (edad, desencadenante, etc.).

• Cómo ha sido su vida después.

Manejar una estructura como esta habría obligado a reunir los testimonios de otra manera y, quizá, a dejar de lado algunos ellos por poco útiles. Un menor número de entrevistas —las que contienen mayor información relevante— presentadas de manera temática hubiese dado un resultado más valioso. Pero da la impresión de que se incluyeron todos los “testimonios” disponibles, aun si su valor es discutible. ¿Hay algún relato que Salinas haya dejado de lado o considerado inverosímil? No parece y no lo dice. ¿Existe aquí la posibilidad de que, treinta años después, se filtren algunas "falsas memorias"? No se sabe y Salinas no se lo pregunta. Aquí no encontramos por ningún lado ni el escepticismo del periodista de investigación ni el filo crítico del abogado del diablo.

Un producto crudo

Todo esto nos lleva a guardar reservas sobre la pulcritud del esfuerzo investigador que aquí comentamos. Este tema merecía un trabajo más prolijo por parte de los autores y sus editores. Sus cinco años de labor han dejado, como resultado, un producto aún en estado bruto.

Pensando en frío, como con cualquier otra publicación semejante, diríamos que este libro tiene un valor fundamentalmente histórico: su enfoque es los 80 y no el presente. El problema, por supuesto, es que no podemos pensar en frío — estamos hablando nada menos que de menores de edad, que habrían sido sometidos a graves abusos hace 30 años por parte del fundador de un movimiento religioso peruano que inspiró gran confianza entre muchos.

Por esto, y dentro de sus limitaciones, el libro merece la atención cuidadosa —y, por supuesto, crítica— del Sodalitium. Se trata de denuncias que hay que esclarecer. La verdad y la justicia lo exigen, así como el respeto a quienes hayan podido ser víctimas de estas iniquidades y a quienes canalizaron a través del SCV su vocación al apostolado.

 

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 Lea la primera parte en: http://laabeja.pe/opini%C3%B3n/puntero-diestro-manuel-aliaga-garfias/390-pedro-salinas-y-las-denuncias-contra-el-sodalitium-parte-i.html

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