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Domingo, 18 de Noviembre 2018


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Escribe: Manuel Aliaga Garfias.-  Nuestra izquierda limeña tiene una vieja obsesión con Miraflores y San Isidro, y con sus residentes. Ella lleva ya varias décadas caricaturizándolos—es decir, burlándose nada menos que de sus padres y compañeros de carpeta, que buena parte de ella viene de esos distritos. Y lo hace del mismo modo que un chinchano, un huancaíno o un huachano desarraigado que rechaza visceralmente a sus paisanos y a su cultura. Son rezagos de una antigua rebelión adolescente—o complejo de culpa—que algunos en esa vieja izquierda más o menos “modernizada” no terminan de superar, por más que—como nos consta—traten. ¿Recuerdan aquella propuesta “progresista” de un viejo líder aprista de expropiar el Golf de San Isidro—nada menos—para darle un “uso público” y edificar ahí el nuevo local de la Biblioteca Nacional? ¿O la burla zurda al mitin que Mario Vargas Llosa lideró contra la estatización de la banca, que se reía de que la Plaza San Martín hubiese sido invadida por la pituquería miraflorina, añadiendo que la había dejado “oliendo a perfume francés”? Y no hablemos de esa vieja obsesión que nuestra izquierda tiene con el Club Regatas, ni de las risitas que en sociedad hoy le dedica al balneario de Asia.

Pero los tiempos cambian y los más open-minded entre ellos reconocen—porque, con frecuencia, viven allí—que Miraflores y San Isidro se han convertido en “referentes imprescindibles” de buena gestión municipal. Por eso, tampoco es casualidad que la inmensa mayoría de denuncias de discriminación se enfoquen en establecimientos ubicados precisamente en esos distritos. Y la razón no es que la discriminación (real o imaginada) ocurra menos en otras partes de nuestro querido Perú.

Todo esto viene a cuento a propósito de un artículo reciente de Sandro Venturo (“San Isidro Se Puede ‘Miraflorizar’” – Perú 21, 25 de enero de 2016), en el que el autor nos presenta dos modelos “muy diferentes” y pretendidamente opuestos, de “modernización” urbana: Uno estaría representado por Miraflores, que de un tiempo a esta parte ha venido a encarnar, en el imaginario progresista, una actitud “inclusiva” y abierta a la convivencia. El otro sería San Isidro, que en la misma cosmovisión “moderna” representa una actitud anacrónica, excluyente y cerrada. Para apuntalar esta visión idealizada (y polarizada), Venturo recarga las tintas, compara papas con camotes y arroja calificativos con una facilidad que nos recuerda a la vieja zurda setentista.

Exagerando las diferencias, ignorando las similitudes.

Tanto Miraflores como San Isidro son ampliamente reconocidos como puntos de referencia en desarrollo humano y urbano, y altos estándares en servicios municipales para sus residentes. Y más allá de su relativo éxito (del que todos los limeños nos beneficiamos y del que debemos felicitarnos), ambos distritos están compuestos de sectores socioeconómicamente diversos.

Por ejemplo, además de su dinámico sector empresarial-financiero (que ciertamente recibe visitantes de todos lados), San Isidro cuenta también con zonas donde viven diversas clases medias (como el sector Santa Cruz, la Urbanización Córpac, y otros), además de sus conocidos monumentos y áreas verdes (de diverso estatus legal) ubicados en las zonas más pudientes del distrito. A pesar de esta diversidad, Venturo afirma, sin mayor explicación, que San Isidro sirve de “modelo” para otros barrios residenciales donde “no existen veredas” y los parques “están cerrados a los ‘foráneos’.” “Lo mismo se ve en sectores de La Molina, Surco y los balnearios del sur”, afirma.

Miraflores, por su parte, representaría “otra cosa”. Además de la exitosa potenciación como eje de negocios-turismo-entretenimiento de porciones de las zonas Centro, Internacional y Armendáriz, el distrito ha ido más allá. Según Venturo, Miraflores habría logrado, a diferencia de San Isidro, convertirse en “un espacio popular por donde transitan y se distraen limeños provenientes de todos lados”. Allí sí “conviven diversas clases medias, nuevas y antiguas” a tal punto que el distrito habría sido ya “subsumido por la avanzada provinciana”. El viejo sueño zurdo se habría hecho finalmente realidad en Miraflores.

¿La consigna es ”miraflorizar”?

Ciertamente ambos distritos están abiertos al transeúnte y al visitante de negocios, o el que busca entretenimiento. Y es natural que los distritos vecinos a Miraflores—incluido San Isidro—quieran emular algo de su éxito, captar parte de ese dinamismo y fortalecer su capacidad de ofrecer mayores espacios de entretenimiento. Miraflores enlazó y potenció ejes previamente existentes, y hoy sería interesante recordar cuál fue el impacto en (y la resistencia de) las zonas residenciales del distrito—aquellas en las que, según Venturo, “todavía uno se encuentra con ancianos –o jóvenes que parecen ancianos [¿?]– que reclaman una ciudad moderna donde vivir a la antigua”.

En San Isidro la administración del alcalde Velarde parece querer mover ciertas áreas del distrito en una dirección comparable a la seguida por Miraflores en los últimos lustros. Con la propuesta del nuevo Plan Urbano de San Isidro la gestión Velarde busca, por ejemplo, que se pueda construir departamentos con áreas menores a 200 metros cuadrados y de una sola habitación. El propósito es generar viviendas para público joven que trabaje en la zona, que pueda así ahorrar tiempo de desplazamiento, lo que a su vez generaría nuevos negocios para atender a esa población. Por el lado comercial, el Proyecto de Nuevo Plan Urbano apunta a flexibilizar la exigencia a los comercios del distrito de contar con un mínimo de estacionamientos por metro cuadrado, permitiendo que se puedan cambiar estos espacios por bahías para taxis, lugares de aparcamiento para bicicletas, etc. Adicionalmente, los estacionamientos de edificios corporativos podrán ser ofrecidos al público, se reducirá la exigencia de estacionamiento a los negocios comerciales, y se aumentará altura de edificios que cedan parte de su frontis a espacios públicos.

No hace falta estar en contra de estas propuestas para reconocer que, de aprobarse, estos cambios afectarán la densidad demográfica y de tránsito de ciertas zonas, lo que a su vez tendrá un impacto en los servicios de las áreas afectadas. Y no hace falta ser un “resentido” para reconocer que hay residentes del distrito que se sentirán directa o indirectamente perjudicados por los cambios, y que con todo derecho buscarán activamente otras soluciones.

Buenos y malos.

Pero Venturo piensa distinto. Los vecinos que se opongan son, según dice, unos “resentidos con la democratización de la urbe, fastidiados con la diversidad social de los parques, atónitos ante la variedad de familias que formamos la metrópoli actual”, “gente que se tapa la nariz frente a otra” porque creen “que el pedazo de ciudad que tiene al frente es suyo”. No, los habitantes de esas zonas de San Isidro no tienen una lectura distinta de sus necesidades. Lo suyo es puro prejuicio, y su obligación moral es superarlo vía la aprobación de todo lo que se les presente como “progresista”, bueno y malo incluido. Si no lo hacen, no son sino unos retrógrados.

Venturo—y quienes exhiben posturas semejantes—olvidan que esa resistencia puede expresar, además de los intereses legítimos y objetivos afectados, el amor por el distrito en el que se vive. Igual que un huaracino o un cusqueño que tienen orgullo por la tierra de sus ancestros, la que los vio nacer y crecer, y por su cultura—y, es verdad, una cierta desconfianza comprensible ante los forasteros. Es natural, deseable y fácil de entender que haya un apego a lo propio y a lo mejor de nuestra herencia (lo que define esa identidad que resulta atractiva al visitante). Ese amor—que hay que cultivar para que la gente asuma responsabilidad por lo suyo—es esencial para la preservación de lo bueno que una comunidad ofrece.

Ciertamente ese amor puede expresarse de manera equivocada y corromperse cuando se le lleva a al extremo del menosprecio abierto por el forastero—es importante mantenernos vigilantes ante este peligro. También es posible que, por falta de costumbre, los habitantes de un distrito no sepan cómo articular de manera constructiva el comprensible (y dentro de ciertos límites, saludable) celo que tienen por la valorización y preservación de su herencia. Se trata de un celo que aumenta ante la incuria, el menosprecio y la insolencia de los de fuera. En lugar de etiquetar a estas personas como “resentidas” lo que corresponde es tenerles empatía y buscar educarlas de manera respetuosa y paciente, para que ellas sepan expresar sus intereses de manera constructiva para todos. Corregir esas equivocaciones no pasa por decirles a todos (sanisidrinos, andahuaylinos, piuranos o huamanguinos) que tienen la obligación moral de “miraflorizarse”.

Cabría preguntarle a Venturo si el calificativo de “resentidos-fastidiados” que le aplica a los residentes de San Isidro sería igualmente aplicable a quienes en Villa El Salvador, Huaraz, Huancayo, Chupaca, o Tarapoto quieran preservar la herencia de sus distritos. Quienes trabajan por preservar la identidad cultural de pueblos amazónicos, andinos, o costeños deberían poder simpatizar con los sanisidrinos. Aplicar un estándar de preservación para unos y otro cosmopolita para los otros puede ser un reflejo de viejos tics y enconos clasistas no superados.

Primacía de lo local.

La regulación del uso de los recursos de un distrito cualquiera es decisión de los votantes de ese distrito. Los primeros interesados en preservar esa herencia son los locales, los que crecieron allí, los residentes del distrito. A ellos les corresponde en primera instancia, y dentro del marco legal existente, regular la manera como esa herencia es compartida, preservada y protegida de quienes no la sienten suya (grafiteros, gente que arroja basura, etc.). Corresponde a los locales ver cómo la herencia recibida—esa que resulta atractiva para los visitantes de otras partes—se engarza con una estrategia de desarrollo y prosperidad para el pueblo/distrito/ciudad.

Algunos querrán hacer del turismo y el entretenimiento el eje de su prosperidad; otros tendrán—o buscarán—otras opciones. Algunos querrán darle carácter público a todos sus espacios; otros decidirán regular el acceso a ciertas tesoros de su herencia (p. ej., mediante una tarifa de entrada). Ambas decisiones son, en principio, legítimas. Ciertamente hay cosas—relativamente menos numerosas—que son herencia de todos los peruanos y no solo de los locales (Machu Picchu, las líneas de Nazca, etc.), pero incluso en esos casos el gobierno nacional regula en coordinación—como debe ser—con los representantes locales.

Ciertamente el localismo legítimo tiene sus peligros y extremos, pero también existe el extremo opuesto: el de un cosmopolitismo en el que nadie valora nada como visceralmente propio, en el que nadie asume responsabilidad real por una herencia con la que se tienen vínculos “de sangre”, la cual acaba malbaratada, explotada u olvidada. Nos toca mantenernos vigilantes ante ambos peligros.

En los países “modernos”…

Los países “modernos”—que los progresistas suelen usar, selectivamente, como una suerte de argumento de autoridad—cuentan con zonas abiertas, zonas reguladas y zonas exclusivas. Y todas están protegidas por la ley, porque tanto los vecinos como la ciudadanía en general participan en la definición de estos espacios. Pero hay entre nosotros quienes se presentan como portadores de las buenas nuevas primermundistas, y que promueven para sus propios—y muy parroquianos—fines una caricatura de lo que sucedería en los países “ultra requete híper avanzados”, en los que todo sería abierto y gratuito.

Ni en Lima ni en los países “ya-no-ya” hay soluciones únicas ni estandarizaciones moralmente obligatorias. La apuesta miraflorina por el turismo y el entretenimiento puede—y debe—convivir con una solución distinta en San Isidro, Lince o Villa El Salvador, si así lo quieren los residentes de esos distritos. No todos tienen que—o pueden—optar por el turismo y el entretenimiento. Cada distrito ha de encontrar su propio rumbo sin que, desde fuera, vengan quienes no valoran—o activamente menosprecian—la realidad de cada circunscripción a decirles que tienen la obligación moral de ser “modernos” y “miraflorizarse”.

[El artículo de Sandro Venturo puede encontrarse aquí: http://peru21.pe/opinion/sandro-venturo-san-isidro-se-puede-miraflorizar-2237275]

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