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Jueves, 19 de Julio 2018


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Escribe: Manuel Aliaga Garfias.- 

 

“Al oír este reproche se enfurecieron y rechinaban los dientes de rabia contra Esteban. Pero él, lleno del Espíritu Santo, fijó sus ojos en el cielo... y exclamó: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la derecha de Dios.» Entonces empezaron a gritar, se taparon los oídos y todos a una se lanzaron contra él. Lo empujaron fuera de la ciudad y empezaron a tirarle piedras.” –Hechos de los Apóstoles, 7:54-57

 

La progresía eternamente adolescente sólo entiende de política cuando se ejerce de manera “respondona”. Ese es el único lenguaje que maneja: “Si no haces política, te la hacen”, repetía una de sus lideresas. Por eso se pasa las décadas agitando, dividiendo, polarizando, y llevando conflicto a todos los rincones de la vida social. Luego, sus académicos publican ensayos de interpretación del conflicto y sus causas (repartiendo culpa en todas las direcciones menos la propia). A renglón seguido, se promueven como especialistas en resolución de conflictos, cosa que les permite mantener un lugar en el tablero... y continuar moviendo ficha.


Rebeldes de café (con WI-FI)
Fiel a sus raíces sesentistas, nuestra zurda está orgullosa del estilo contestatario que aprendió de sus mayores. En sus clases de universidad las viejas glorias de la intelligentsia progre les machacaron que los respondones son los parteros de la historia. Éste es, posiblemente, el único elemento de la tradición contestataria que ella conserva con fidelidad. Atrás quedaron las exigencias laborales, los “derechos adquiridos”, el acceso a la educación, a la salud, y a la participación política—y no porque sean problemas resueltos sino porque no son ya prioridad para sus padrinos. Estos días los temas cool son los “de género” y los ambientales—hasta que sean reemplazados (sin ser resueltos) por una nueva moda noratlántica.
La estética del respondón continúa, pues, como elemento no negociable de la ortodoxia progre. Para ella, el hijo respondón, el alumno respondón, el universitario respondón, y el ministro respondón, son actores modelo. Claro, la receta es para el vecino, que a los representantes más conspicuos de la zurdería académica y política no se les ve dar el ejemplo ni mostrarse respondones con sus universidades, sus facultades, sus editores, sus ONGs, los dueños de los medios, o sus financiadores extranjeros.


Subversivos de cuello y corbata
La conocemos bien, que dos siglos no pasan en vano. La actitud respondona—en su forma violentista, y dirigida a intimidar a sus adversarios, someterlos e imponerles sus recetas—se vio en las revoluciones francesa, mexicana, cubana, etc., cuyos extremos criminales son conocidos. La experiencia muestra que, cuando finalmente controla las instituciones culturales y cívicas, la progresía mueve cielo y tierra para procurarse una ciudadanía sometida y sumisa. A nuestra izquierda cultural le gustan los respondones sólo cuando estos agitan la bandera extremista.
Sin embargo, con la caída del Muro de Berlín, la izquierda cultural (que entre nosotros es conocida como “caviar”, y que domina ONGs, agrupaciones políticas, e instituciones públicas) se vio obligada a lavarse la cara. Para sobrevivir tuvo que cambiar del jefecito moscovita al patroncito neoyorkino, y aprender a desenvolverse en democracia. Como resultado, tenemos una nueva generación de subversivos de saco, cuello y corbata, pose civilizada, y aplauso internacional. Llevan más de 25 años aprendiendo de sus nuevos tutores cómo ser respondones dentro de la ley. Son ya casi tres décadas de entrenamiento para revolucionar nuestra cultura desde el seno de las instituciones democráticas. Aprendieron, por ejemplo, que hoy en día, infiltrar y subvertir requiere, primero, constituirse en élite alternativa (tomando universidades y medios de comunicación).


Tropiezan de nuevo con la misma piedra
Mientras los representantes locales de la progresía internacional trabajan como hormigas, quienes entre nosotros deberían articular y liderar una oposición efectiva deambulan huérfanos, dispersos, desmoralizados, faltos de convicción, paralizados, sin liderazgo, y carentes de visión de largo plazo. Permanece, sin embargo, a nivel de base, una pared con la que los padres y abuelos ideológicos de los vanguardistas se tropezaron antaño, y que sigue relativamente sólida: el catolicismo popular.
Primero quisieron dinamitarlo y luego demolerlo, deconstruirlo, infiltrarlo, o al menos manipularlo, pero hoy el catolicismo cultural sigue en pie en muchos lugares, desafiando a las nuevas élites “tolerantes” e “inclusivas”. Por eso, hoy como ayer, es una prioridad absoluta para nuestra zurda reunir todas sus herramientas y poner a trabajar a sus operarios día y noche para, sin descanso, darle con comba y cincel al muro de sus lamentos.
En el arsenal de la élite progre encontramos trucos viejos y gastados pero que continúan siendo eficaces en tierra descuidada: Ningunear sistemáticamente a los católicos, decirles que no son cool, hacerlos sentir marginales e irrelevantes, convencerlos de que “la historia” y/o “el mundo” van por otro lado, persuadirlos de que son parte del problema y no de la solución, dispararles etiquetas diseñadas para sacudir a los inseguros (“conservador”, “cucufato”, “ignorante”, “monaguillo”, “fanático”, “retrógrado”, “cuadriculado”, etc.), culpar a su religión de los problemas propios y ajenos, usar por enésima vez a los pobres como señuelo para atrapar incautos (sólo interesan temáticas que sean funcionales a su agenda), darse ínfulas de inocencia adánica para desde ahí denunciar los pecados reales, exagerados o inventados de la Iglesia, etc.

 

Golpe a golpe, verso a verso
Lo vemos todos los días en la TV, los diarios, y las redes sociales. La estrategia del ariete liberal es conocida: Confundir, intimidar dividir, aislar, neutralizar y someter a los católicos—especialmente a sus sacerdotes y obispos. Esta táctica funciona con efectividad cuando el terreno espiritual de los fieles no ha sido bien preparado, cuando sigue pedregoso y lleno de espinos; cuando es un terreno que sólo admite raíces superficiales, que invita a la baja autoestima, a la alienación, y a pensar que el césped sólo puede ser verde en otra parte.
Es en esos terrenos que uno encuentra a las vírgenes necias de la parábola, que no se prepararon para iluminar la oscuridad. Les da miedo responder al llamado a ser sal de la tierra. Si a las pobrecitas se les hacía imposible tragar el igualitarismo extremo que los violentistas locales nos querían importar a bombazos de la China maoísta, el que hoy nos llega del Atlántico norte—igualmente extremo pero disfrazado de “democrático”—se les hace más bonito y bacán. Total, si la carnada está de moda en Europa y Norteamérica, ha de ser sabrosa. Y se tragan de Nueva York el radicalismo que no se tragaron de Abimael.

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Enfrentamos, pues, nuevos retos. Sea en la costa, en los Andes o en la Amazonia; en zonas urbanas o rurales; si el rebaño no se mantiene vigilante, acabará dividido y disperso, y cada oveja a merced del lobo que le toque. La manada feroz la rodea con sus aullidos. Lamentablemente, no faltan los infiltrados disfrazados con la piel de corderos ya devorados. Tampoco faltan los “buena gente” y open-minded que coquetean con la bestia. No ven la partida de ajedrez que se juega frente a sus narices, y terminan de alegres peones del enemigo.


Silenciar a la única voz disidente
No es, pues, casualidad que cada vez que el Arzobispo de Lima desnuda la estrategia progre, o anticipa su próxima movida, le caiga con todo el cargamontón de los bienpensantes. Embajadores, ministros, congresistas, burócratas, profesores universitarios, “periodistas”, “expertos” de última hora, opinólogos de blog, personajillos de la farándula, trolls de red social, amas de casa “modernas”, caballeros educados en la universidad de la vida y cachimbos que aún no aprenden a sonarse las narices, se suman al callejón oscuro de los vanguardistas. Hoy todos los que vieron “Cuarto Poder” se tienen por “informados”, se ponen respondones, y quieren hacer parir a la historia. ¿Ante quién tanto rechinar de dientes? Ante la ÚNICA voz que contradice la visión del mundo que quieren acabarnos de imponer.
Con tanto gruñido rabioso la turba siempre indignada de “los educados” demuestra cuánto ansía silenciar de una buena vez a la Iglesia, único actor disidente en estos tiempos de subversión legal y “democrática”. Todo ese odio que contra el Cardenal Cipriani vuelcan “los desprejuiciados” prueba que sólo toleran a los contestatarios propios. A los rebelditos de última hora no les gusta un Cardenal respondón. Que lo boten de las páginas editoriales y de la radio, dicen los “inclusivos”. Que la TV le haga hielo. Que el Papa se lo lleve a Roma y que nos mande uno más sumiso. Como tantas otras veces, buscan una Iglesia sometida. Y como otras veces, no pasarán.

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