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Martes, 13 de Noviembre 2018


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Escribe: César Costa Aish.- Él había nacido en algún lugar cercano a una ciudad llamada Londres en 1904, ella en algún lugar de la ceja de selva peruana, llamado Saposoa. Un día la familia de él decidió partir rumbo a otros dominios del Imperio en alguna isla de Oceanía mientras ella iría creciendo entre mangos, aguajes y taperibas, tal vez un lugar que para unos, los amantes de la naturaleza y lo silvestre, sería el paraíso perdido y para otros, los que hacen trochas caminando en la jungla, la muestra del olvido que se tuvo desde Lima a lo provinciano y amazónico para construir caminos por esos años.

Él fue creciendo entre praderas donde años más tarde se filmarían las escenas de El Señor de los Anillos. Un día ya adulto le dijo a su madre y a sus hermanos que quería ser misionero y decidió partir de la isla rumbo a América a un lugar llamado Perú y llegar al Amazonas navegando entre ríos que bien podrían estar descritos en la Casa Verde de Vargas Llosa que este año cumplió 50 años de publicada, pero que la prensa tonta del espectáculo le dedicó sendas páginas a su romance con la ex de Julio, del Conde y del millonario. Probablemente cruzó el Marañón como lo describe en La Serpiente de Oro, Ciro Alegría, nadie lo sabe y ella nunca lo dijo. Sólo se sabe que un día llegó con otro amigo misionero a un pequeño pueblo de apenas unas cuantas calles donde no había médico.

Al llegar algunas personas le pidieron ayuda para curar a una mujer que estaba con Pleuresía, tenía tres hijos pequeños y había enviudado no hace mucho. El joven misionero atendió a la mujer con los pocos conocimientos de medicina que tenía y mucha oración durante varios días y noches hasta que ella sanó, el tiempo los hizo amigos y luego en marido y mujer.

Un día él le dijo a ella para ir al Canadá y ella acepto hasta que empezó el invierno y el frio del norte hizo que ellos decidieran retornar al Perú. Al regresar se afincaron en Lima en la casa de Bellavista que nunca conocí, pero aún recuerdo bajar las escaleras de madera de la antigua casa de Parque Borgoño donde ella esperaba a sus “huahuitos” para llevarlos a la cocina, sentarnos en una vieja mesa desde donde se veía los rosales que ella cultivaba en el jardín de atrás y mientras mirábamos por los vidrios, ella sacaba una lata de galletas antigua, de esas de metal donde las abuelas guardan las galletas o como era en el caso de ella, el keke que él le había enseñado a hacer con amor y paciencia pero sobre todo la receta secreta que recibió de su madre y ella a su vez de sus abuelos.

Receta que disfrutaba la familia de él y de ella en ocasiones especiales como la Navidad. Un día ella se quedó viuda por segunda vez cuando él partió, hasta que el tiempo los volvió a reunir después de muchos años.

Criaron cinco niños, tres fueron de ella, dos de ambos, pero los cinco fueron sus hijos, la última de los cuales fue mujer y mis hermanos le dicen “mamá”. De chico recuerdo con generosidad alguna propina para comprar ropa o comprar un juguete que acabaron entre cohetecillos, ratas blanca, petardos, chiclayanos, calaveras, napoleones, arrancadores, huanuqueños y por su puesto las chispitas mariposa.

Hay historias que se escriben desde la ficción y otras que se escriben desde la memoria del corazón, hay momentos que son los que siempre están al día siguiente de la Noche Buena, conversaciones interesantes o aburridas en la sobremesa donde los niños no entienden que es lo que conversan los grandes en Navidad cuando se reúnen, solo quieren salir al parque con el juguete nuevo o seguir reventando cohetes con los primos, los amigos o la mancha del barrio y nos olvidamos que la Navidad es la fiesta de los Cristianos que celebran el nacimiento de Jesucristo, porque sin su cumpleaños Papá Noel no tendría chamba y los bancos clientes que usen sus tarjetas de crédito para pagar la cuenta del almuerzo al gerente, mientras a veces en algún parque algún niño ni siquiera ha comido.

Hay momentos en Navidad que están por siempre ahí en la retina cuando miramos al cielo en búsqueda de la estrella de aquella persona que quizás ya no está. Él y ella ya no están, pero nos enseñaron lo que era amor y eso es Navidad una fiesta de Amor a veces en familia, a veces entre amigos.

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