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Martes, 23 de Octubre 2018


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Escribe: Pedro Luis Llera.- “Francisco, reconstruye mi Iglesia, ¿no ves que amenaza ruina?” Esto le dijo el Señor a San Francisco de Asís. Y esta frase de Cristo resuena, hoy más que nunca, en el corazón de cuantos amamos a la Iglesia y queremos permanecer fieles a Cristo.

La Iglesia siempre ha estado y estará en permanente reforma. Hoy la Iglesia amenaza con venirse abajo, aunque tenemos la certeza de que las puertas del Infierno no prevalecerán. Cristo no dejará que la barca de Pedro se hunda en medio de la tempestad. No perdamos la fe. Cuanto peor estén las cosas, antes llegará nuestra liberación. Porque Cristo ha vencido a la muerte, ha sometido al Demonio, ha derrotado al mal. ¡Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! No hay nada que temer. Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

Llevamos unas semanas (unos meses, unos años) de susto en susto, de sobresalto en sobresalto, de escándalo en escándalo. Las noticias son como una bola de nieve que baja descontrolada monte abajo y va creciendo y cogiendo velocidad poco a poco, pero inexorablemente. Parece que la avalancha se nos viene encima y amenaza con destruir y sepultar a la Iglesia bajo toneladas de cieno.

Si queremos reconstruir esta Iglesia que amenaza con la ruina y que huele a podrido que apesta, tenemos que diagnosticar correctamente las causas de su deterioro. ¿Cuáles son las causas reales y profundas de la actual hecatombe eclesial? Pues a mi modo de ver, son tres las razones que están ocasionado el actual desastre: la corrupción doctrinal, los abusos litúrgicos y la depravación moral. Lo primero conduce a lo segundo y tiene como consecuencia lo tercero.

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Escribe: Pedro Luis Llera.- Yo desde luego, si llegara a pensarlo (que no lo pienso), no lo diría en ningún caso públicamente. Pero me encuentro por aquí y por allá unas declaraciones del P. Thomas Rosica, al parecer asesor de medios del Vaticano, que por lo visto, en un artículo va y dice que «el Papa Francisco rompe las tradiciones católicas siempre que quiere, porque está ‘libre de afectos desordenados’. De hecho, nuestra Iglesia ha entrado en una nueva fase: con la llegada de este primer papa jesuita, está gobernada abiertamente por una persona y no por la autoridad de la Escritura solamente ni tampoco por sus propios dictados de Tradición más Escritura».

“Nuestra Iglesia ha entrado en una nueva fase”. Y ahora la Iglesia está gobernada por una persona y no por la autoridad de la Escritura ni de la Tradición más la Escritura. Debe de hablar de esa Iglesia del Nuevo Paradigma, de la Iglesia Modernista. Digo yo... Porque no entiendo lo que quiere decir el P. Rosica. Pero si lo que pretendía este sacerdote era apoyar al Papa Francisco, le ha salido el tiro por la culata, porque de ser como él dice – no yo – el actual Papa sería un hereje y un cismático. Un Papa que gobernara al margen de la autoridad de la Tradición y de la Escritura ya no sería Papa: sería un hereje. El Papa no es el dueño de la fe de la Iglesia. Su misión consiste en guardar el depósito de la fe y transmitirlo con fidelidad a la Escritura, a la Tradición y al Magisterio perenne de la Iglesia. Los Papas no tienen el poder de cambiar la fe de la Iglesia, sino de confirmarnos a los demás en la fe.

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Escribe: Pedro Luis Llera.- Siempre se dice que cada escuela conforma una “comunidad educativa” en la que intervienen los profesores, el personal no docente, los padres y los alumnos. Incluso la regulación administrativa determina que esta comunidad educativa tenga su órgano de representación en los consejos escolares. En el caso de los consejos escolares de los centros privados concertados, hay que añadir a la entidad titular del centro.

Si toda escuela es una comunidad educativa, una escuela católica tiene que ser una comunión de amor: una unión de hijos de Dios en la verdad y en la caridad. “La Iglesia ve en el hombre, en cada hombre, la imagen viva de Dios mismo” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 105): este es el punto crucial que debería marcar la diferencia entre una escuela laica y una escuela verdaderamente católica. El hecho diferencial de una escuela católica no es la disciplina ni el bilingüismo ni la excelencia académica: es el amor. Y la única norma que se debe establecer de modo inflexible e incuestionable en ella es la caridad, entendiendo por caridad el modo de amar de Dios: un amor incondicional, un amor que no espera nada a cambio, un amor que perdona siempre; un amor que es servicio, donación de uno mismo; un amor que no se limita a los amigos o a quienes nos caen bien o a quienes piensan como uno, sino que es un amor universal que tiene que incluir también a los enemigos, a los que me caen mal o a quienes piensan de manera radicalmente distinta de mí. La caridad es el amor de un Padre bueno que siempre está dispuesto a abrazar a sus hijos, a perdonarlos y a salvarlos. La caridad es el amor de Cristo en la cruz: un amor tan grande por cada uno de nosotros que llegó a derramar su preciosísima sangre y a entregar su propia vida para salvarnos a nosotros. La caridad es el amor que tan bellamente canta y describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios:

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“Sólo cambando la educación, se puede cambiar el mundo". Lo ha dicho el Papa durante una audiencia a los miembros de la Fundación Gravissimun Educationis.

Escribe: Pedro Luis Llera.- 

Una anécdota y un poco de Doctrina En este final de curso, les ponía la película de Las Crónicas de Narnia, el León, la Bruja y el Armario a mis alumnos de 3º de Secundaria. Hay una escena en la que la Bruja va al campamento de Aslan para reclamar la sangre de Edmund.

Edmund es un niño bastante repelente. Ha traicionado a sus hermanos, se ha dejado engañar por la Bruja que le ha prometido que podrá cumplir todos sus caprichos, que podrá hacer siempre lo que le apetezca, que será como Dios y podrá convertir a sus hermanos en siervos. Es un niño envidioso, mentiroso... Y además ha traicionado a Aslan... Una joya. El problema es que en la alegoría de C. S. Lewis, Edmund somos todos y cada uno de nosotros. Edmund es el pecador, que traiciona a Dios y a sus hermanos. Se deja engañar y cae en las tentaciones del Demonio pensando que Satanás le va a hacer feliz. Peca. Y cuando peca, el tentador se convierte en acusador y reclama tu sangre a Dios. “Ha pecado y su sangre me pertenece”. Ha incumplido los Mandamientos (la magia insondable) y quien peca es reo de muerte y su sangre le pertenece al Demonio. Pensamos que la Serpiente nos va a hacer como dioses y nos va a hacer felices, si le hacemos caso e incumplimos los mandamientos. Y lo que conseguimos es convertirnos en esclavos del pecado y reos de muerte.

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