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Sábado, 19 de Agosto 2017


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Escribe: Pedro Luis Llera.- Mis artículos son tan largos que garantizan que los posmodernos no me van a leer. “¡Qué pereza!” Los mensaje tienen que ser cortos, breves, concisos, sintéticos. Todo lo que pasa de medio folio...¡Medio folio! ¡Qué barbaridad!... Todo lo que pasa de un twitt es un rollo. Así que, señores modernos: dejen de leer. No sigan. ¿Para qué?

Los modernistas que se vayan también y me dejen en paz: que lean a Vidal y Bastante. Tal vez no me lea nadie... Da igual... Mis artículos van dirigidos sólo a los Siervos del Sagrado Corazón de Jesús, a los Partisanos de la Gracia, a los hijos de María Santísima. Los demás ya tienen muchos que les escriben.

La película Silencio de Martin Scorsese es una gran película, una de esas películas que no se debería usted perder. Su factura es magistral: una fotografía espléndida, actores aceptables y un buen guión. Pero no voy a hacer una crítica de la película de Scorsese. Ya se han escrito muchas a favor y en contra: busquen en Google.

Defenderé la tesis de que Scorsese no habla en su película de la persecución de los cristianos en el Japón del siglo XVII: habla de la actualidad. Habla de una disyuntiva que se nos plantea aquí y ahora. Y nos hace la pregunta que todos nos debemos plantear: ¿Qué hacemos: apostatamos o aceptamos el martirio, si llegara a resultar inevitable?

Imaginemos una sociedad dominada por una oligarquía tiránica: un pequeño grupo de iluminados – pequeño pero muy poderoso – que pretendiera cambiar el mundo, acabar con la civilización cristiana e imponer su inmoralidad, su ideología y su filosofía a todo el mundo. Pero sin que se note. Se trata de esclavizar sin que los muy cretinos se enteren de que son esclavos. Ya no hace falta recurrir a la fuerza de las armas para imponer una dictadura. Eso es muy antiguo. Hay que convertir a los ciudadanos en siervos mientras las víctimas aplauden y dan gracias por su esclavitud. Y así, todos tragan, asumen, aceptan. “Podréis hacer lo que os dé la gana, lo que os apetezca (por pervertido que pudiera resultar), lo que os guste. Así seréis felices. Dad rienda suelta a vuestros más bajos instintos. Todo vale. A cambio tendréis que apostatar, que pisotear a Dios. A cambio tendréis que adorarme“, dice Satanás.

Imaginémonos un grupo pequeño de presión tan poderoso que pretendiera imponer su pensamiento único a todo el mundo, aplacando y aplastando a todos los que piensen distinto. Imaginemos una democracia en la que todos los partidos políticos pensaran lo mismo y votaran por unanimidad todas aquellas leyes positivas que pretendieran aplastar la Ley de Dios y así convertir en delincuentes a los santos: a todos cuantos se manifestaran como católicos auténticos. Imaginemos una dictadura que impusiera un pensamiento único e incuestionable, aunque mantuviera la apariencia de democracia y de pluralismo: muchas siglas pero un solo pensamiento obligatorio y unanimidad en la concepción del hombre, de la vida, del mundo. Imaginemos un sistema democrático donde todos los partidos estuvieran de acuerdo en imponer las ideas del homosexualismo político, las del feminismo radical, las de la ideología de género. Imaginemos que cuantos quisieran oponerse a esas ideas quedaran fuera de la ley y fueran considerados delincuentes por no pensar ni creer lo que piensan y creen los oligarcas tiránicos.

Imaginemos que esa oligarquía empleara todos los recursos que ofrecen los medios de comunicación y la escuela para convencer a la mayoría alienada y cretinizada (como diría mi admirado Juan Manuel de Prada) de que lo malo es bueno y lo bueno es malo. ¿Se lo imaginan? ¿Se imaginan que todas las series de televisión se dedicaran a convencerles de que lo depravado es lo normal y que lo moral resulta ridículo y deleznable? ¿Se imaginan un pensamiento único que pretendiera cambiar incluso el lenguaje: la manera de hablar y de escribir de la gente? ¿Se imaginan una sociedad dominada por las ideologías satánicas? (No tienen que hacer un gran esfuerzo: miren a su alrededor). ¿Se imaginan un mundo que negara la Ley de Dios e impusiera la inmoralidad y el pecado como normas de conducta? ¿Se imaginan un mundo que adorara a Satanás? ¿Se imaginan una inquisición satánica que persiguiera a los que adoramos a Cristo y que nos acusara de delito de odio por negarnos a renegar, por poner un ejemplo, de Rom. 1, 26? ¿Se imaginan que estuviera prohibido adorar a Dios y renegar del pecado y de Satanás?

 

Ese es el planteamiento de Scorsese en Silencio. Una inquisición laicista y satánica persigue a la Iglesia y la obliga a vivir oculta en las catacumbas. Los cristianos están perseguidos y son proscritos y martirizados, si se niegan a apostatar.

 

Pero Scorsese ve con claridad que no hay una Iglesia: hay dos. Hay una Iglesia fiel a Cristo que vive en la clandestinidad y acepta el martirio y otra falsa, dispuesta a todo con tal de congraciarse con el mundo.

Antes morir que renegar de Nuestro Señor Jesucristo. No hay mayor pecado que la apostasía. La verdadera Iglesia es la que representa en la película el P. Francisco Garupe, que en el minuto 49 de la película se enfrenta a su compañero Sebastián Rodrigues. Este les dice a los prisioneros que deben pisotear a Cristo para salvar sus vidas. Pero Garrpe le replica:

- Pero ¡¿qué dices?! ¡No podéis!

Ya desde el principio se plantea ese dilema entre la apostasía y el martirio. La escena de los tres crucificados en los acantilados resulta conmovedora por la actitud heroica de los mártires. Los tres crucificados mueren por Cristo. El último en morir canta un himno antes de fallecer: ¡es el Pange Lingua!, el himno eucarístico que compuso santo Tomás de Aquino (¡qué grande es el Doctor Angélico!) para la solemnidad del Corpus Christi. Aunque en la película apenas si se escucha, cualquier escusa es buena para recordarlo:

Canta, oh lengua,
el misterio del glorioso cuerpo
y de la Sangre preciosa
que el Rey de las naciones
fruto de un vientre generoso
derramó en rescate del mundo.

Nos fue dado,
nos nació de una Virgen sin mancha;
y después de pasar su vida en el mundo,
una vez propagada la semilla de su palabra,
terminó el tiempo de su destierro
dando una admirable disposición.

En la noche de la Última Cena,
sentado a la mesa con sus hermanos,
después de observar plenamente
la ley sobre la comida legal,
se da con sus propias manos
como alimento para los doce.

El Verbo encarnado, pan verdadero,
lo convierte con su palabra en su carne,
y el vino puro se convierte en la sangre de Cristo.
Y aunque fallan los sentidos,
solo la fe es suficiente
para fortalecer el corazón en la verdad.

Veneremos, pues,
postrados tan grande Sacramento;
y la antigua imagen ceda el lugar
al nuevo rito;
la fe reemplace
la incapacidad de los sentidos.

Al Padre y al Hijo
sean dadas alabanza y gloria,
fortaleza, honor,
poder y bendición;
una gloria igual sea dada a
Aquel que de uno y de otro procede.

Amén.

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Los cristianos vivimos de la Eucaristía: ese es el alimento que nos salva y nos une a Cristo; es el Señor quien nos santifica. El viejo Ichizo lo tiene tan claro, como todo fiel cristiano, y refiriéndose a los sacerdotes a los que ha invitado a comer, les dice: “son ustedes los que nos alimentan” (min. 21:40). Por eso hay que pervertir a los sacerdotes, hay que acabar con ellos. Hay que acabar con la Misa. Hay que acabar con la transubstanciación. Hay que acabar con la presencia de Cristo en la Santa Hostia. Hay que privar a los ultracatólicos de su alimento. Los otros, los católicos light, los modernistas, como no creen en nada, nada pasa si se quedan sin su misa. Los satánicos saben muy bien lo que se traen entre manos. Por eso profanan nuestros sagrarios y pisotean y escupen sobre el Santísimo Sacramento. ¡Hijos de Satanás! ¡Malditos!

Sebastián es apresado por el Gran Inquisidor y llevado junto a un grupo de cristianos japoneses prisioneros (1 h, 13 min). Llama la atención el miedo y la desesperación del jesuita frente a la paz y a la fe de los cristianos japoneses: “¿Por qué están tan tranquilos? ¡Estáis a punto de morir como Él!”, les increpa Rodrigues. Una joven le contesta sin inmutarse: “¿Y no es bueno morir? El padre Joan dijo que si moríamos iríamos al Paradiso. Nadie hambre, nadie enfermo, no impuestos, sin trabajo duro...” El P. Rodrigues repite las palabras de la chica, confirmándola en la fe: “No hay sufrimiento, no habrá dolor. Al final todos estaremos con Dios”. Pero se ve que el sacerdote no tiene la fe de la joven japonesa: repite las palabras sin convicción, sin convencimiento, sin fe. En el fondo, se ve que no se lo cree.

Efectivamente, hay una iglesia sin fe, una iglesia apóstata. Está a la vista para quien la quiera ver. Nosotros hemos venido en llamarla iglesia modernista y es una iglesia falsa a la que hemos declarado la guerra, porque esa no es la Iglesia de Cristo, sino una ramera que sirve a Satanás. En la película de Scorsese la iglesia modernista es la que representan Rodrigues y Ferreira. Es una iglesia que se rinde ante los inquisidores de este mundo que la incitan a apostatar. “Apostata. Pisa a Jesús. No pasa nada. Es sólo una imagen. ¡Vamos: un poquito! Sé libre. ¡Písala ya! Y si pisar a Cristo no es suficiente prueba de apostasía, escupe al crucifijo y di que la Santísima Virgen María es una puta. ¿Qué tiene de malo pisar una imagen si a cambio salvas tu vida y la de otros inocentes? El fin justifica los medios”.

A las dos horas y cuatro minutos de película, el traductor que dialoga con Rodrigues y trata de convencerlo de que apostate, hace una serie de afirmaciones clave para entender la película y también lo que está pasando hoy en la Iglesia. Se dirige al P. Sebastián y le pone a Ferreira como ejemplo de apóstata. Dice el intérprete:

“Ahora [Ferreira]es Sawano Chuan, un hombre que ha encontrado la paz. Deje que le guíe a lo largo del su camino, el camino de la piedad (¡A la mayor impiedad la llama “piedad”! ¿Cabe mayor perversión?). No tiene por qué abandonarse a sí mismo. Nadie debería interferir en el espíritu de otro hombre. Para ayudar a otros está el camino de Buda. Y su camino también. Ambas religiones afirman lo mismo. No es en absoluto necesario ganarse a la gente hacia un bando u otro cuando hay tanto que compartir”.
Todas las religiones son iguales en el fondo: no hagas apología ni proselitismo. No evangelices. Apostata. Vive y deja vivir.

Ferreira, en diálogo con Rodrigues, reafirma esta misma idea:

- Que Dios se apiade de usted – dice Sebastián.

- ¿Qué Dios? ¿Cuál de ellos? Se pueden mover montañas y ríos pero la naturaleza humana no se puede mover (niega la doctrina católica de la gracia).

Más tarde, Ferreira afirma: “Él está callado pero tú no tienes por qué. Si Cristo estuviera aquí habría actuado apostatando por su bien. Ahora vas a consumar el acto de amor más doloroso que ha existido nunca. Sólo es un formalismo. Sólo eso”.

¡La apostasía se presenta como un acto de amor y de piedad! Así la presentan los modernistas.

En la cárcel, Rodrigues reza: “Dios, ayúdame. Moriría por ti, si te conociera. ¿Estás aquí conmigo?” El P. Sebastián Rodrigues no cree en Dios. No lo conoce. No lo ve en la Santa Misa. No es capaz de escuchar su Palabra en las Sagradas Escrituras. Es sacerdote pero no tiene fe. La iglesia de Ferreira y de Rodrigues es una farsa. No creen en nada en realidad. Hacen como que creen, pero carecen de fe. No creen que después de la muerte haya un cielo o un infierno. No tienen temor de Dios. El fin justifica los medios. Todo vale con tal de no sufrir o con tal de evitar el sufrimiento de otros. ¡Cuántos sacerdotes han renunciado a su fe y han pisoteado a Cristo en nombre de una supuesta opción por los pobre y por los que sufren! Dicen que Cristo está en los que sufren, pero a la vez lo pisotean y rechazan la presencia del Señor en el Sagrario, en los sacramentos de la Iglesia...

Hay que discernir en cada caso qué me pide Cristo, qué me dice a mí el Señor. ¿O es que Dios guarda silencio? ¿Qué siento que Dios me dice? Porque lo importante es si yo siento o no siento. No si yo conozco la Verdad, sino si yo siento: modernismo puro y duro. Ese es el tema de la película: el silencio de Dios. Y resulta que al final, “Dios” va y le habla al P. Sebastián Rodrigues, sj. ¿Pero no habíamos quedado en que el problema está en el silencio de Dios? Pues no. Va ese supuesto “dios” y le dice:

“Adelante. ¡Vamos! No pasa nada. Písame. Entiendo tu dolor. Yo nací en este mundo para compartir el dolor de los hombres. Cargué con esta cruz por tu dolor. Tu vida ya está conmigo. ¡Pisa!”

Hay una iglesia falsa que no sabe discernir, que no sabe distinguir la Palabra de Dios de la tentación de Satanás. Es la Serpiente la que incita a la apostasía. Es el Demonio quien tienta al hombre a la apostasía, ofreciéndole a cambio una vida tranquila, riquezas, poder, lujos, placeres... Nos ofrece estar a bien con el mundo. “¿Para qué sufrir por Cristo? Sé como el mundo, sé como todo el mundo. Acepta el aborto, aplaude el matrimonio homosexual y repite lo que manda el gran inquisidor: todo vale, todo es bueno, todo es normal ¿quién eres tú para juzgar? No hay nada que sea pecado, nada que sea aberrante. Pisotea a Cristo. Di que la que tú dices que es la Santísima Virgen María es una puta (¿no es lo que hacen en los desfiles de no sé qué orgullo?). Apostata. No pasa nada. ¿Para qué vas a sufrir? ¿Por qué seguir a Cristo si eso no te va a servir nada más que para que se burlen de ti, para que te desprecien, para que te insulten, para que te multen, para que te inhabiliten, para que te cierren el Colegio...? Renuncia a Cristo... Si al final, todas las religiones dicen lo mismo... Lo importante es el amor, la tolerancia, vivir en paz... ¿Qué falta hace meterse en problemas? ¿Por qué empeñarse en advertir de que el pecado conduce al infierno? ¿No es mejor decir que todos van a ir al cielo y que no hay infierno? ¿No es más simpático y agradable? ¿No es mejor dejar que el pensamiento único se imponga en los colegios católicos, aunque vaya en contra de la Verdad, que es Cristo? ¡Apostata! Sólo es un formalismo. Lo importante es el amor. Si lo que Dios dice que es pecado mortal ahora resulta que es lo más aconsejable, pues escupamos a Nuestro Señor: si se quieren, ¿por qué no se van a poder casar? ¿por qué no casar a los LGTBI por la Iglesia? Lo único importante es que nos amemos. Nada de proselitismo ni de poner a unos contra otros. No es necesario ganarse a la gente hacia un bando u otro cuando tenemos tanto que compartir. Todas las religiones afirman lo mismo...".

La verdadera Iglesia es la que se mantiene en la fe verdadera y acepta el martirio. La iglesia modernista conduce a la apostasía y pacta con el gran inquisidor, con los iluminados, con Satanás. Los modernistas son siervos del Demonio. Hay que elegir. Estamos en guerra y no hay neutralidad posible: martirio o apostasía; con Cristo o con Satanás. No hay una Suiza neutral. Hay un personaje patético – Kichijiro – que intenta estar con Dios y con el Diablo. Apostata y se arrepiente una y otra vez. Resulta patético ese modernista apóstata, ese tipo - ¿Scorsese, tal vez? – que quisiera ser católico pero no puede y traiciona a Cristo una y otra vez. No tiene fe. No cree en el poder de la gracia. ¿Fue mártir al final? No se sabe... Sólo Dios lo sabe. Dios lo sabe todo. Y Dios no guarda silencio. Así lo dice el Catecismo:

65 “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo” (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra [...]; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184.).

No habrá otra revelación

66 “La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo“. Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

67 A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas", algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones".

Dios no guarda silencio. La apostasía es el mayor pecado. Pidamos al Señor la gracia de que nos tenga entre sus elegidos y nos mantenga fieles hasta dar nuestra propia vida por fidelidad a Él, si fuera necesario.

Que la Santísima Virgen María nos cuide e interceda por nosotros.

Santidad o muerte

 

 

*Publicado originalmente en INFOCATÓLICA. Reproducido en LA ABEJA con autorización expresa del autor

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