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Jueves, 19 de Octubre 2017


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Escribe: Pedro Luis Llera.- Triste, en verdad, y muy apenado, me dirijo a vosotros, a quienes veo llenos de angustia al considerar los peligros de los tiempos que corren para la religión que tanto amamos. Verdaderamente, podríamos decir que esta es la hora del poder de las tinieblas para cribar, como trigo, a los hijos de elección. Sí; la tierra está en duelo y perece, infectada por la corrupción de sus habitantes, porque han violado las leyes, han alterado el derecho, han roto la alianza eterna. Nos referimos, hermanos, a las cosas que vemos con nuestros propios ojos y que todos lloramos con las mismas lágrimas. Es el triunfo de una malicia sin freno, de una ciencia sin pudor, de una disolución sin límite. Se desprecia la santidad de las cosas sagradas; y la majestad del divino culto, que es tan poderosa como necesaria, es censurada, profanada y escarnecida. De ahí que se corrompa la santa doctrina y que se diseminen con audacia errores de todo género. Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones, ni las santas enseñanzas están a salvo de los ataques de las lenguas malvadas.

 

Hoy en día no faltan quienes, contra las definiciones del concilio de Trento, destruyen el concepto del pecado original, junto con el del pecado en general en cuanto ofensa a Dios, así como también el de la satisfacción que Cristo ha dado por nosotros.

Tampoco faltan quienes sostienen que la doctrina de la transubstanciación, al estar fundada sobre un concepto ya anticuado de la sustancia, debe ser corregida de manera que la presencia real de Cristo en la Eucaristía quede reducida a un simbolismo, según el cual las especies consagradas no son sino señales eficaces de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión en el Cuerpo místico con los miembros fieles.

Otra de las causas que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo; o sea, aquella perversa teoría extendida por todas partes, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. También hay quienes dicen que el protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis rebatir estos errores tan execrables. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entended, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, ellos están contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán los que no guardan la fe católica íntegra y sin mancha.

Con el ánimo, pues, lleno de tristeza, pero enteramente confiado en Aquel que manda a los vientos y calma las tempestades, os escribo para que, armados con el escudo de la fe, no os desaniméis y peleéis valerosamente las batallas del Señor. A vosotros os toca el mostraros como fuertes murallas, contra toda opinión altanera que se levante contra la santa doctrina del Señor. Desenvainad la espada espiritual, la palabra de Dios, y que reciban de vosotros el pan los que tienen hambre de verdad y de justicia.

Elevemos suplicantes nuestros ojos y manos hacia la Santísima Virgen María, única que destruye todas las herejías. Que ella misma, con su poderosa intercesión, proteja al pueblo cristiano ante este peligro tan grave que nos amenaza. Y apoyados en tan dulce esperanza, confiamos que el autor y consumador de la fe, Cristo Jesús, nos ha de consolar a todos en estas tribulaciones tan grandes que han caído sobre nosotros.

Catecismo

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

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