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Lunes, 20 de Noviembre 2017


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Escribe: Pedro Luis Llera.- Con un Corazón tan grande, no es raro que cuando tu amigo enferme te preocupes y te disgustes. No es raro que cuando a una hija la operen, estés al tanto de si va bien o mal. No es extraño que si se muere un niño, acompañes el dolor de sus padres.

Tampoco es raro que si alguien te ofende, te insulta o te injuria, sientas un dolor profundo en el corazón.

Con un Corazón tan grande, con tanto amor, es normal que sufras; es normal que el Corazón se llene de espinas punzantes. No puedes permanecer indiferente. No puedes tomar distancias. No puedes quedar impasible. Cuando amas de esa manera tan descomunal, es normal que el sufrimiento sea grande, que la cruz te pese, que te caigas bajo su peso, que sangre el alma y el cuerpo.

 

Menos mal que algunos te quieren y te confortan con su amor y sus oraciones. Se repara el corazón sufriente con ese amor. Menos mal que tienes una Madre que sufre contigo y con los tuyos; y que intercede por quienes te ofenden y te maltratan y te injurian y te recuerda que no saben lo que hacen.

El Corazón de Jesús es así. Ama sin límites. Y sufre el dolor de los suyos, de los que el Padre le ha entregado: sufre sus enfermedades, sus dolores, sus preocupaciones; sufre el dolor del padre y de la madre por la enfermedad de su hijo; o la muerte del hijo de la viuda o la del amigo querido. Nuestro Señor sufre con nosotros, llora con nosotros, se agobia con nuestro agobios y nos consuela cuando lo necesitamos. Siempre está ahí. A nuestro lado. No estamos solos. Él sabe lo que es sufrir, conoce nuestros dolores, nuestras enfermedades, nuestras debilidades. Sabe lo que es la tortura, la humillación, las injurias. El Señor ha pasado por la muerte. Y su Madre Santísima conoce de primera mano el dolor que sintió con los padecimientos de su Hijo. Y el Corazón de Jesús sigue sufriendo los agravios, las ofensas, las injurias de quienes lo ignoran, de quienes lo desprecian, de quienes lo niegan y lo traicionan.

Quienes ponen cartelitos de “Prohibido quejarse” o emplean lemas de manual barato de autoayuda del estilo “Deja de quejarte y haz que tu vida cambie para mejor” no tienen ni idea de lo que es amar. No conocen los sufrimientos del Corazón de Jesús. No han amado en su vida. No han tenido un hijo enfermo o un hermano en una UCI o una abuela agonizante que se agarra a tu mano para seguir viviendo. Hay muchos que predican que los católicos tenemos que estar siempre alegres, siempre contentos, como unos perfectos gilipollas. Muchos dicen que no podemos estar tristes o que llorar no es de verdaderos seguidores de Jesucristo. Pero es que estos falsos no tienen conocimiento interno del verdadero Corazón de Jesús. No creen que Nuestro Señor sufra por las blasfemias de los herejes ni por los sacrilegios promovidos por quienes deberían servir al Señor con su vida y su palabra. No creen en el Señor que se sacrifica en cada misa por el perdón de nuestros pecados, que derrama la sangre de su Sagrado Corazón para ofrecernos el consuelo y la esperanza de nuestra salvación.

Cuando nos consagramos al Sagrado Corazón y al Inmaculado Corazón de María, muchas veces no sabemos lo que hacemos. Si le pedimos que conforme nuestro corazón al Suyo, ¿no estamos ofreciendo nuestro propio sacrificio? ¿Sabemos que si nuestro corazón se va pareciendo al de Nuestro Señor por obra de su gracia, vamos a amar cada vez más y, por lo tanto, vamos a sufrir cada vez más? ¿Somos conscientes de que si consagramos nuestra vida al Inmaculado Corazón de María le estamos diciendo a Nuestra Señora que queremos que nuestro miserable corazón sea traspasado por una espada como lo está el suyo? Quien mucho ama, mucho sufre. Y si nuestro corazón es tocado por el Señor, llegaremos a amar hasta que nos duela. No es la mía esa fe bobalicona, buenista, sensiblera y empalagosa que no sabe de amor de verdad ni de sufrimientos. La fe verdadera es la de la Cruz. La fe de Cristo es la que te pone en camino con la cruz a cuestas. No te permite quedar indiferente ante el sufrimiento. No te deja quitar la cara ante los escupitajos. Sin la cruz, no hay gloria.

Dame, Señor, tu cruz y déjame seguir amando hasta que muera de tanto amar. Pero sostenme con tu gracia, que la cruz me pesa tanto algunas veces que me caigo, como Tú, Señor, también caías camino del Calvario. Y no creo que fueras sonriendo con una risita estúpida ni cantando el “Imagine” de Lenon: amaste hasta la muerte. Que cuando me presente ante ti, Señor, pueda enseñarte las llagas de mi corazón de tanto amar y de tanto amarte.

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