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Lunes, 20 de Noviembre 2017


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consag1

Modernistas: ¡Ojo con tocar el “concepto” de transubstanciación!

¡Eso no se toca!

 

Escribe: Pedro Luis Llera.- Nunca hubiera imaginado que yo, pobre hombre y pecador, tuviera que llegar a escribir un artículo para defender la fe católica: la fe de mis padres, de mis abuelos; la fe de mi pueblo, de mi Iglesia...

La transubstanciación (o transustanciación: de las dos maneras se puede escribir) es el milagro al que asistimos y que contemplamos cada vez que vamos a la Santa Misa. Cuando el sacerdote repite las palabras de Jesús en la Última Cena en el momento de la consagración, el pan y el vino dejan de ser pan y vino para convertirse realmente en el cuerpo y en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Cristo se hace presente realmente en su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad en el pan y en el vino y se nos da como alimento para nuestra salvación. Por eso nos arrodillamos en ese momento en la Eucaristía: nosotros solo nos arrodillamos ante Dios, Nuestro Señor.

Pero no voy a entrar a explicar el concepto de “transubstanciación” porque no soy teólogo y hay quienes saben más y lo explican mejor de lo que yo podría hacerlo. Por ejemplo, José Miguel Arráiz lo explica maravillosamente aquí: http://apologeticacatolica.org/Eucaristia/EucaristN02.htm

 

La Eucaristía es el sacramento de nuestra fe. Ni más ni menos.

Pero hoy he leído un artículo en 1Peter 5 (que pueden leer aquí https://onepeterfive.com/italian-liturgist-alleged-to-be-working-on-ecumenical-mass-transubstantiation-is-not-a-dogma/) que ha hecho que vuelvan a encenderse para mí todas las alarmas.

Al parecer, hay unos cuantos iluminados que pretenden reformar la liturgia para que se pueda dar la intercomunión entre católicos y protestantes. Y eso pasa por eliminar la transubstanciación. Y hasta ahí podíamos llegar.

Ya en 2013, se publicó un informe de la Comisión Luterano-Católico Romana titulado Del Conflicto a la Comunión para la Conmemoración Conjunta Luterano-Católico Romana
de la Reforma en el 2017 que llegaba a decir lo siguiente:

Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: «En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino» (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de «transustanciación». 
(el subrayado es mío).
Claro... Si prescindimos de la terminología conceptual de “motor, cuatro ruedas y volante”, seguramente un coche sería una bicicleta.

Y ahora viene el profesor Andrea Grillo y nos dice que “la transubstanciación no es un dogma, y ​​como explicación [de la Eucaristía] tiene sus límites. Por ejemplo, contradice la metafísica”. Este señor le está enmendando la plana a todos los santos de la Iglesia y a todo un concilio dogmático como fue el de Trento. Nada más y nada menos. Ahí es nada...

Este profesor parece ser que pertenece a un grupo de expertos que está trabajando en una “Misa Ecuménica”, en una especie de liturgia interreligiosa. Y dicen que esa nueva liturgia va a prescindir del concepto “anticuado” de transubstanciación. Y dicen que esa nueva liturgia que permitiría la comunión conjunta de católicos y protestantes modificaría la anáfora de la consagración: la fórmula que, repetida en cada Misa, permite el milagro de la transubstanciación. Así que tendríamos misas falsas, donde ya no estaría realmente presente el Señor.

¡OJO! Quieren privarnos de la presencia real de Cristo. Ese es el objetivo final de Satanás: que no tengamos a Cristo con nosotros.

En el documento El sacerdote y el canon de la Santa Misa, o Plegaria Eucarística, se dice lo siguiente:

La Plegaria Eucarística, conocida en la tradición oriental como Anaphora (“ofrenda”), es verdaderamente el “corazón” y el “culmen” de la celebración de la Santa Misa, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica. En la tradición romana, la Plegaria Eucarística tomó el nombre de Canon Missae (“Canon de la Misa”), expresión que se encuentra en los primeros Sacramentarios y que se remonta al menos al papa Vigilio (537-555), el cual habla de la prex canonica.

La Anáfora o Canon es una larga oración que tiene forma de acción de gracias (eucharistia), conformada al ejemplo de Cristo mismo durante la Última Cena, cuando Jesús tomó el pan y el Cáliz y “dio gracias” (Mt 26,27; Mc 14,23; Lc 22,19; 1Cor11, 23). San Cipriano de Cartago (muerto en 258), uno de los testigos más importantes de la tradición latina, proporcionó una formulación clásica del vínculo inseparable entre la celebración litúrgica y el acontecimiento de la institución de la Eucaristía en el Cenáculo, cuando enfatizó que el celebrante debe imitar de cerca los actos y las palabras que el Señor usó en aquella ocasión, y de los cuales depende la validez de los sacramentos.

“Para que el acontecimiento sucedido en un tiempo pasado se haga presente, deben por tanto ser pronunciadas las palabras: Esto es mi Cuerpo – Esto es mi Sangre. Pero en estas palabras se supone que habla el Yo de Jesucristo. Solo Él puede decir estas cosas; son Sus palabras. Ningún hombre puede pretender declarar el Yo de Jesucristo como propio. Ninguno puede decir aquí de forma apropiada ‘Yo’ y ‘Mio’. Y sin embargo, esto debe decirse, si el ministerio salvífico ya no es un pasado lejano. Por eso se puede decir a partir de un munus [Vollmacht] que nadie puede darse a sí mismo . Un munus que ni siquiera la comunidad o muchas comunidades pueden transmitir, sino que solo puede fundarse en la autorización ’sacramental’ dada a toda la Iglesia por el mismo Jesús. [...] Y esto es exactamente la ‘Ordenación sacerdotal’ y el ‘Sacerdocio’”.
Sin orden sacerdotal, sin sacerdocio, no hay Eucaristía: no hay transubstanciación. Sin imitar de cerca los actos y las palabras que el Señor usó en la última cena, el sacramento no sería válido.

Dice el Concilio de Trento:

Can. 1. Si alguno niega que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dice que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubstanciación, sea anatema.
Can. 3. Si alguno niega que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dice que, acabada la consagración, no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la Eucaristía, sino sólo en el uso, al ser recibido, pero no antes o después, y que en las hostias o partículas consagradas que sobran o se reservan después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor, sea anatema.
Can. 6. Si alguno dice que en el santísimo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, Hijo de Dios unigénito, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dice que no es lícito reservar la Sagrada Eucaristía en el sagrario, sino que debe ser necesariamente distribuida a los asistentes inmediatamente después de la consagración; o que no es lícito llevarla honoríficamente a los enfermos, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dice que Cristo, ofrecido en la Eucaristía, sólo espiritualmente es comido, y no también sacramental y realmente, sea anatema.
Can. 9. Si alguno niega que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de ambos sexos, al llegar a los años de discreción, están obligados a comulgar todos los años, por lo menos en Pascua, según el precepto de la santa madre Iglesia, sea anatema. (...)
Can. 11. Si alguno dice que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía, sea anatema. Y para que tan grande sacramento no sea recibido indignamente y, por ende, para muerte y condenación, el mismo santo Concilio establece y declara que aquellos a quienes grave la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, deben necesariamente hacer previa confesión sacramental, habida facilidad de confesar. Mas si alguno pretendiere enseñar, predicar o pertinazmente afirmar, o también públicamente disputando defender lo contrario, por el mismo hecho quede excomulgado.

Esta es nuestra fe.

No se puede comulgar en pecado mortal, sin antes confesarse sacramentalmete y recibir la absolución. No se puede comulgar si no aceptas la fe de la Iglesia, si no se profesa nuestro Credo y se creen nuestros dogmas. No se puede comulgar si no estás bautizado. No se puede comulgar si no estás en gracia de Dios. No se pueden admitir blasfemias y sacrilegios con el Santísimo Sacramento.

Hay límites, líneas rojas, fronteras, que los católicos no vamos a permitir que se traspasen. No sé si quedaremos muchos o pocos pero, si los modernistas tocan las verdades de nuestra fe, si se atreven a alterar sustancialmente la Santa Misa o cualquier otro de los dogmas de la Iglesia (todos, pero especialmente los que se refieren a la Santísima Virgen María), las consecuencias serán muy graves, extremadamente graves.

En cualquier caso, le pido al Señor la gracia de permanecer fiel a la fe de la Iglesia Católica: la fe de San Agustín, de Santo Tomás de Aquino, de Santo Tomás Moro, de Santa Teresa de Jesús, de San Ignacio de Loyola, de San Juan Bautista de La Salle, de San Juan Bosco, de San José de Calasanz, de San Juan Pablo II; de todos los santos y las santas de la Corte Celestial. Esa es mi fe. Y no me moveré de ahí ni un milímetro con la ayuda de Dios.

Los herejes, los apóstatas, los siervos de Satanás no prevalecerán. El poder y la gloria es de Nuestro Señor Jesucristo. Que la Virgen Santísima nos ampare y nos defienda de nuestros enemigos en estos tiempos llenos de confusión.

Recomiendo vivamente que, para saber más sobre este tema, lean al P. Iraburu en este artículo:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1611011101-402-transubstanciacion-ya-no

 

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