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Sábado, 17 de Noviembre 2018


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“Sólo cambando la educación, se puede cambiar el mundo". Lo ha dicho el Papa durante una audiencia a los miembros de la Fundación Gravissimun Educationis.

Escribe: Pedro Luis Llera.- 

Una anécdota y un poco de Doctrina En este final de curso, les ponía la película de Las Crónicas de Narnia, el León, la Bruja y el Armario a mis alumnos de 3º de Secundaria. Hay una escena en la que la Bruja va al campamento de Aslan para reclamar la sangre de Edmund.

Edmund es un niño bastante repelente. Ha traicionado a sus hermanos, se ha dejado engañar por la Bruja que le ha prometido que podrá cumplir todos sus caprichos, que podrá hacer siempre lo que le apetezca, que será como Dios y podrá convertir a sus hermanos en siervos. Es un niño envidioso, mentiroso... Y además ha traicionado a Aslan... Una joya. El problema es que en la alegoría de C. S. Lewis, Edmund somos todos y cada uno de nosotros. Edmund es el pecador, que traiciona a Dios y a sus hermanos. Se deja engañar y cae en las tentaciones del Demonio pensando que Satanás le va a hacer feliz. Peca. Y cuando peca, el tentador se convierte en acusador y reclama tu sangre a Dios. “Ha pecado y su sangre me pertenece”. Ha incumplido los Mandamientos (la magia insondable) y quien peca es reo de muerte y su sangre le pertenece al Demonio. Pensamos que la Serpiente nos va a hacer como dioses y nos va a hacer felices, si le hacemos caso e incumplimos los mandamientos. Y lo que conseguimos es convertirnos en esclavos del pecado y reos de muerte.

Aslan y la Bruja se entrevistan en secreto y cuando termina su misterioso diálogo, la Bruja renuncia a la sangre de Edmund. Han alcanzado un pacto que libera a Edmund de la condena a muerte. Esa noche, Aslan va solo a la “mesa de piedra” y se deja humillar y sacrificar por la Bruja. El pacto está claro: Aslan se deja sacrificar, entrega su vida libremente, para salvar a Edmund. Aslan ofrece su propia vida, su cuerpo y su sangre, para salvar al pecador: “y todo por amor”. Sobre el altar, Cristo sigue sacrificándose y ofreciendo su cuerpo y su sangre para salvarnos del pecado y ofrecernos la vida eterna. Y todo por amor. Ese es el secreto de la Santa Misa que solo los “narnianos” podemos ver con los ojos de la fe.

Sólo les diré que ese día, a la hora del recreo, muchos de esos alumnos de 3º de Secundaria estaban rezando en la capilla del Colegio delante del Sagrario. ¿Para eso está una escuela católica, no? Para transmitir la fe de la Iglesia y que llevar a los niños a Cristo para que se dejen mirar y amar por Él.

Cristo muere para redimirnos de nuestros pecados y abrirnos las puertas del Cielo. Él murió por todos y cada uno de nosotros. Nos conoce por nuestro nombre y nos ama. Somos reyes. Pero solo somos verdaderamente libres cuando renunciamos a Satanás y aceptamos a Cristo como único y verdadero Rey y Señor.

El final de la película resulta también revelador: en nuestra lucha contra Satanás, la Iglesia siempre parece que está a punto de perecer. El mal siempre parece que va a ganar. Parece que los malos ganan la batalla. Pero cuando Pedro está a punto de morir a manos de la Bruja y todo parece perdido, Cristo Resucitado aparece como un León rugiente y con su aliento destruye a todos los demonios y vence en la batalla.

¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Es Cristo quien quita el pecado del mundo!

Esa es nuestra esperanza. Tenemos las de ganar porque, si vivimos en gracia de Dios, es Cristo quien gana nuestras batallas: ¡No nosotros! ¡Cristo! Nosotros debemos combatir a su lado, pero es el Señor quien vence. Esta es nuestra fe. Por eso es tan importante la confesión sacramental y la participación en la Eucaristía: comulgando, Cristo nos cambia el corazón y nos da un corazón de León que espanta al Maligno y nos da la libertad de ser hijos de Dios. ¡Es más importante vivir en gracia que la propia vida! Vivir en gracia es ser feliz y libre. Vivir en gracia, unidos a Cristo, nos permite ver el mundo con los ojos de Dios, amar a nuestros hermanos como Dios los ama; tener un corazón que, poco a poco, se irá conformando con el Corazón de Cristo. Porque es Él quien cura nuestras heridas, quien quita el pecado de nuestro corazón. Cristo lo puede todo: incluso convertir nuestra podredumbre en santidad. ¡Y todo es mérito suyo!

El Señor no nos libra de las humillaciones, de los insultos, de la ingratitud, de las enfermedades, del sufrimiento o de la muerte. Cristo nos invita a cargar con nuestra cruz. No nos ahorra el dolor ni la tumba. También Él, siendo Dios, sufrió y fue sepultado. Pero Cristo nos da la esperanza de la vida eterna. Esa es nuestra esperanza. El dolor, la muerte, el sufrimiento, el pecado... ¡No tienen las de ganar! ¡Vence el Amor, vence la Vida, vence la Verdad, vence la Belleza! Si morimos con Cristo, viviremos con Él. Esa es la lección de los mártires: que merece la pena sufrir y morir por Cristo; que morir por Cristo no es una “desgracia”, sino una gracia de Dios. Por eso los mártires mueren perdonando a sus asesinos y van alegres a la cruz, porque la cruz nos abre las puertas del Cielo. No hay mayor felicidad que entregar la vida por amor a Dios.

La Escuela Católica: Escuela Eucarística

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu entendimiento, con todas tus fuerzas”. La escuela católica debe formar guerreros narnianos. Tenemos que procurar que los ciegos vean, que los sordos oigan, que los paralíticos que se pongan en pie, que el veneno de la Serpiente no nos mate. Y para eso hay que transmitir la fe. Tenemos que bautizar a todos para que todos sean hijos de Dios. Tenemos que poner a los niños ante el Señor en el Sagrario. Tenemos que enseñar a nuestros niños que hay una realidad que no se ve que está más allá; que hay una realidad transcendente, metafísica, espiritual... Que hay un armario, con una farola que indica la entrada a Narnia, que nos abre las puertas a un mundo maravilloso donde se libra la batalla entre el Maligno y Cristo: una batalla que se da dentro de cada uno de nosotros y que tiene su reflejo en el mundo. Y en esa batalla tenemos que tomar partido. No podemos permanecer neutrales: o estamos con Cristo o estamos con la Serpiente Mentirosa. Y en esa batalla, es Cristo quien nos salva por amor.

En la Escuela Católica tenemos que anunciar a Cristo para formar verdaderos soldados dispuestos a combatir junto al Señor, junto al verdadero Rey de Narnia, contra un mundo nihilista, que no cree en nada.

El mundo, dominado por la Bruja Blanca, ofrece una felicidad engañosa que termina siempre con la muerte del hombre. Ofrece bienestar, derechos, libertades para pecar... Y siempre acaba pagando derramando la sangre de los inocentes. Satanás ofrece derechos reproductivos y libertad sexual y acaba asesinado a niños inocentes en el seno de sus propias madres. Satanás ofrece una “muerte digna” y acaba asesinando a enfermos y ancianos. Satanás ofrece el derecho a ser madre y acaba esclavizando a mujeres y alquilando sus vientres para gestar niños que se ponen a la venta, para satisfacer el capricho de hombres y mujeres que quieren tener hijos a la carta.

Es la “cultura de la muerte”: el reino de Satanás. El que se alegra y vitorea por la aprobación de leyes que legalizan el asesinato de niños: ¿de qué se alegran? Es el reino de quienes profanan templos católicos, de quienes quieren quemar iglesias o las asaltan. Es el reino de quienes cometen actos sacrílegos y roban Hostias Consagradas, profanándolas con saña demoníaca. Es el reino del Maligno que pretende decidir quién tiene derecho a vivir y quién no; quién tiene una vida digna y quien no. Es el reino de la falsa misericordia que apela a los sentimientos para justificar el asesinato, la impiedad y la crueldad inhumana, paradójicamente en nombre de la compasión humanitaria. Para ellos, la mejor manera de luchar contra la pobreza y la enfermedad es matar a los hijos de los pobre y a los enfermos: para que no lleven una vida desgraciada y no sufran.

¡Hipócritas malvados!

La escuela católica debe enseñar el valor divino de la vida, de cada vida concreta. Debemos transmitir nuestra visión del mundo y del hombre. Debemos enseñar a los niños que somos hijos de Dios con una dignidad inalienable: que somos fruto del amor de Dios y que estamos llamados a cumplir su Voluntad, a cumplir sus mandamientos, a vivir en gracia llevando una vida sacramental intensa, a rezar y a confiar en Dios. Tenemos que enseñar a los niños a amar a Dios sobre todas las cosas y a dejarnos amar por Él para que el Señor cure nuestras heridas con su Sangre Preciosísima y nos dé las fuerzas que necesitamos para recorrer el camino de la santidad.

Del amor a Dios y del amor de Dios, nace el amor al prójimo. Por amor a Él, nos consagramos al servicio a nuestros niños y a sus familias, especialmente a los más pobres, a los más necesitados, a los más abandonados, a los más despreciados.... Sólo desde el Amor a Dios, podemos amar a los niños y a sus familias como Cristo quiere que los amemos: incondicionalmente, con paciencia, perdonando siempre; mirándolos con los ojos con que Dios los mira: comprendiendo y acompañando sus sufrimientos y sus alegrías; consolando, acogiendo, abrazando, corrigiendo, enseñando... La escuela católica debe ser, como gusta decir al Papa, un verdadero hospital de campaña, que cure las heridas de tantos niños y de tantas familias que sufren.

La Escuela Católica – como toda la vida cristiana – vive de la Eucaristía. Y servirá a su misión en la medida en que sea coherente. Amamos a Dios, nos alimentamos de la misma Carne de Cristo y debemos vivir entregando nuestro propio cuerpo y nuestra propia sangre por amor a los demás: en nuestro caso, por amor a los niños y a sus familias. Y sin esperar agradecimientos, reconocimientos ni recompensas. Tenemos que dejarnos la vida por amor a nuestros niños. Y ya está. Nuestra recompensa, si llega, será el Cielo. Nuestra recompensa aquí consiste en arrodillarnos delante del Santísimo, delante del Sagrario, y rezar por todos, implorar por todos, interceder por todos, porque donde está Cristo, está el Cielo.

La escuela católica debe ser una escuela de santidad. Nuestros niños se merecen lo mejor: que nosotros – sus maestros – seamos santos y les enseñemos a ellos el camino de la santidad. No se merecen menos: sólo así serán verdaderamente felices. Eso es lo mejor que les podemos ofrecer. Y para ellos debemos seguir el ejemplo de María: decir sí al Señor, dejarnos preñar por su Gracia y dejar que Él actúe en nosotros para que podamos decir con San Pablo: “No soy yo, sino Cristo que vive en mí”.

¿Qué debe propiciar la Escuela Católica?


La Escuela Católica tiene que propiciar que los alumnos adquieran:

1.- Sabiduría: debemos transmitir conocimiento impregnado de caridad. El alumno aprende cuando se siente amado. Nuestros alumnos deben crecer en sabiduría y para eso tiene que conocer las ciencias, las artes, las humanidades, la gramática, la filosofía, la teología, la literatura... Debemos combatir la ignorancia y promover la excelencia. Pero siempre debemos enseñar desde el amor, desde el cariño, desde la ternura. Y también desde el castigo siempre que sea necesario. Porque amar también es corregir. Y amar también es rezar por nuestros niños y por sus familias.

2.- Entendimiento: debemos desarrollar la inteligencia del alumno para que sea capaz de comprender la realidad que le rodea para que sea capaz de descubrir los signos de Dios inscritos en la Creación. El niño debe desarrollar la razón y la lógica para buscar siempre la verdad y no ser engañado por la propaganda ni ser manipulado por las ideologías y los intereses de los poderosos. Dios es el Logos. Razón y fe no están reñidas, sino que se complementan.

3.- Consejo: debemos ayudar a los niños a discernir sobre lo que deben hacer y lo que no, para que sepan distinguir entre lo que les conviene y lo que deben evitar. Debemos ayudar al niño a formar rectamente su conciencia para que tenga un sentido crítico que le permita elegir lo bueno y rechazar y combatir contra el mal.

4.- Fortaleza: tenemos que educar a los niños para que sean fuertes ante las adversidades. No vale tener a los niños entre algodones. No se debe hiperproteger porque no les hacemos ningún favor a los alumnos. Hoy en día tenemos muchos niños blanditos, incapaces de soportar la frustración. Los niños tienen que aprender a sobrellevar las contrariedades de la vida, a resistir a las tentaciones, a controlar sus pasiones y a resistir las presiones del ambiente y de las modas dominantes.

5.- Ciencia: los niños deben saber valorar rectamente el valor de las cosas. Decía San Juan Pablo II:

“Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo”.

El fin de la propia vida no son las cosas, sino Dios: esa es la ciencia que debemos enseñar a los niños. Las cosas deben verlas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios. No es el hedonismo, no es la lujuria, no es hacer lo que me apetece o lo que me gusta lo que me hará feliz: es el amor, es la caridad, es la entrega, es la donación de uno mismo.

6.- Piedad: amar a Dios y amar al prójimo. Debemos desarrollar la capacidad de los niños de mostrar ternura hacia Dios y hacia el prójimo. Esa es la verdadera solidaridad de los cristianos: la caridad. Caridad es compasión, es dulzura, es comprensión, es empatía, es entrega, es ayuda, es generosidad...

7.- Temor de Dios: no miedo a Dios. El temor de Dios consiste en no querer ofender a Dios, en el deseo de cumplir los mandamientos, de cumplir un código ético, de llevar una vida moral coherente. El temor de Dios es el deseo de ser santos y de vivir en gracia ante Dios y ante los hombres. El temor de Dios desarrolla la humildad de sabernos limitados y necesitados de la gracia de Dios para levantarnos de nuestras caídas, de nuestros fallos, de nuestras debilidades. A Dios no se le puede engañar ni ocultar nada. El temor de Dios consiste en tener las lámparas llenas de aceite: nos prepara para el encuentro con Dios. El temor de Dios nos ayuda a llevar una vida decente, a levantarnos cada mañana y poder mirarnos en el espejo sin que se nos caiga la cara de vergüenza.

Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios: son los siete dones del Espíritu Santo. Y la escuela debe ser templo del Espíritu Santo. Los maestros debemos vivir en gracia para que el Espíritu Santo nos enseñe a educar. Y debemos rogar al Señor que envíe sus dones a nuestros niños y nos los envíe a nosotros mismos como educadores. Porque Cristo es el verdadero y único Maestro. Nosotros – desde el director hasta el último maestro – no somos más que inútiles siervos suyos. Si nosotros vivimos llenos del Espíritu Santo, los niños lo perciben. Y aprenden... Pero el mérito y la gloria y la alabanza sea siempre para nuestro Señor. Suyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

Sólo dejándonos educar por el Espíritu Santo, puede cambiar el mundo. Sólo los santos cambian el mundo, por la gracia de Dios.

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