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Martes, 16 de Octubre 2018


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cruz de san damiano original

Escribe: Pedro Luis Llera.- “Francisco, reconstruye mi Iglesia, ¿no ves que amenaza ruina?” Esto le dijo el Señor a San Francisco de Asís. Y esta frase de Cristo resuena, hoy más que nunca, en el corazón de cuantos amamos a la Iglesia y queremos permanecer fieles a Cristo.

La Iglesia siempre ha estado y estará en permanente reforma. Hoy la Iglesia amenaza con venirse abajo, aunque tenemos la certeza de que las puertas del Infierno no prevalecerán. Cristo no dejará que la barca de Pedro se hunda en medio de la tempestad. No perdamos la fe. Cuanto peor estén las cosas, antes llegará nuestra liberación. Porque Cristo ha vencido a la muerte, ha sometido al Demonio, ha derrotado al mal. ¡Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! No hay nada que temer. Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

Llevamos unas semanas (unos meses, unos años) de susto en susto, de sobresalto en sobresalto, de escándalo en escándalo. Las noticias son como una bola de nieve que baja descontrolada monte abajo y va creciendo y cogiendo velocidad poco a poco, pero inexorablemente. Parece que la avalancha se nos viene encima y amenaza con destruir y sepultar a la Iglesia bajo toneladas de cieno.

Si queremos reconstruir esta Iglesia que amenaza con la ruina y que huele a podrido que apesta, tenemos que diagnosticar correctamente las causas de su deterioro. ¿Cuáles son las causas reales y profundas de la actual hecatombe eclesial? Pues a mi modo de ver, son tres las razones que están ocasionado el actual desastre: la corrupción doctrinal, los abusos litúrgicos y la depravación moral. Lo primero conduce a lo segundo y tiene como consecuencia lo tercero.

Corrupción Doctrinal


Creo que a estas alturas de la película pocas dudas pueden quedar de la grave infección modernista dentro de la Iglesia. Ese intento suicida de adaptar la doctrina de la Iglesia a la Modernidad está teniendo unas consecuencias desastrosas. Y a las pruebas me remito. Las resistencias a la Humanae Vitae de Pablo VI, el subjetivismo disolvente de las verdades de la fe; el emotivismo infantiloide y nauseabundo que pretende sustituir el conocimiento de la doctrina por experiencias sensibleras sin raíces profundas en la Verdad; el desprecio del Catecismo; el desprecio de los dogmas, que en el mejor de los casos, son interpretados y reformulados heréticamente para derogarlos de hecho con la excusa de lo pastoral; las interpretaciones puramente inmanentistas de los milagros, e incluso, de la resurrección del Señor; el neoarrianismo; la anomia que considera que los Mandamientos de la Ley de Dios ya han sido superados en nombre de una falsa misericordia de Dios...

Se ha sustituido a los Padres de la Iglesia, a los Doctores y Santos de la Iglesia por libros heréticos. Se ha permitido que se enseñe teología modernista en seminarios y casas de formación de religiosos, en universidades nominalmente católicas e incluso en las escuelas. Es una vergüenza.

Yo ya he tomado la decisión firma de salir de cualquier templo en el que el sacerdote predique herejías. En cierta ocasión, un cura predicó que el bautismo no valía para nada, que todos nos salvamos, estemos o no bautizados. Este mismo mes de agosto, el sacerdote empezaba la celebración de la Santa Misa con un “bienvenidos todos y todas”. Mi hijo, que estaba en el banco delante de mí se dio la vuelta y me dijo: “¿Nos vamos?” Tendría que haberle hecho caso. La cosa, efectivamente, no empezaba bien. Pero lo peor llegó en la homilía. El cura interpretaba el milagro de la multiplicación de los panes y los peces como el “milagro de la solidaridad y del compartir”. Todos los que estaban con Jesús resulta que llevaban algo de comer y al compartirlo, comieron todos y sobró comida: lo que viene a ser un picnic. Mi error fue no salir de la iglesia inmediatamente. Pero no volveré a cometer tal equivocación. Estoy harto. No hay derecho.

Hay que exigir ortodoxia doctrinal. Hay que reivindicar a los Padres de la Iglesia, a los Doctores de la Iglesia, a los santos. Hay que exigir que se respete a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino; a Santa Teresa de Jesús, a Santa Teresita de Jesús, a San Juan de Ávila; a San Antonio de Padua, a San Ignacio de Loyola, a San Carlos Borromeo... ¿Se creen estos teólogos modernistas que le pueden enmendar la plana al Aquinate, al Doctor Angélico? Necesitamos buena doctrina, doctrina clásica; necesitamos la doctrina que la Iglesia ha predicado siempre en todas partes. Y hay que limpiar de herejías (y de herejes) la Iglesia. Este es el primer paso para reconstruir la Iglesia de Cristo, que hoy amenaza ruina.

Abusos litúrgicos


La degradación doctrinal va de la mano de los abusos litúrgicos. Si no creen estos herejes en que la Hostia Consagrada es Cristo, ¿qué vamos a esperar? Más de un clérigo ha cuestionado públicamente el dogma de la transubstanciación. Y acabamos con planteamientos protestantes: “Jesús está presente en el pan”. El pan consagrado ya no es pan: es Cristo. A ver si nos enteramos: ¡Ya no es pan! No se trata de una presencia simbólica ni de que en el pan, que sigue siendo pan, el Señor se hace presente de un modo misterioso. No. Lo que antes de la consagración era pan, después de la consagración ya no es Pan: es Cristo mismo.

Los sacerdotes, religiosos u obispos que no crean en Cristo Eucaristía deben ser honestos y marcharse de la Santa Iglesia Católica. Y deben hacerlo ya.

Y se debe reformar la reforma litúrgica del postconcilio. Lo dijo el Cardenal Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Cristo debe volver a ser el centro de la celebración de la Santa Misa: no el cura de turno. Después del Concilio Vaticano II, el sacerdote dejó de mirar al Sagrario – a Cristo – para mirar al pueblo. Y así se convirtió en la estrella de la Misa, en su protagonista: en ocasiones, en un “showman". Y como la gente se aburre (por falta de formación doctrinal), el celebrante se ve en la obligación de presidir misas entretenidas, sustituyendo creativamente los textos de la liturgia por improvisaciones más del gusto de la gente. Los altares dejaron de mirar a Cristo en el Sagrario. Y como los curas no iban a darle la espalda al Señor, porque queda un tanto maleducado, los sagrarios desaparecieron de los altares mayores de los templos y se trasladaron a capillas laterales. El Diablo tiene que estar partiéndose de risa: ¡Hemos quitado a Cristo del puesto que le corresponde y lo hemos arrinconado, escondido, en un lugar secundario! Porque el lugar preeminente ya no es para Dios, sino para el hombre.

Música inapropiada, guitarritas, innovaciones creativas, bailes, aplausos, canciones con letras infumablemente cursis y amaneradas, homilías insustanciales sobre que seamos buenos y que Dios nos ama (cuando no abiertamente heréticas)... Un desastre tras otro.

Y lo peor de todo es la falta de respeto por el Señor a la hora de la comunión. En primer lugar, muchos van a comulgar sin confesarse. Desde hace cincuenta años, en muchos templos se han tirado a la basura los confesionarios. Los curas ya no se sientan en el confesionario a esperar a los fieles que se quieran confesar. Resulta cada vez más difícil confesarse. Muchas veces hay que ir a la sacristía a ver si hay un cura que tenga tiempo para confesarte. Parece ser que ya no hace falta “curar el alma”: ¿para qué sirven entonces los “curas”? ¿Para tener reuniones que no sirven para nada?

Pues comulgar en pecado mortal es un sacrilegio grave. Comulgar sin creer la fe de la Iglesia es un pecado grave: ¿cuántos católicos van a misa y comulgan y luego proclaman públicamente su apoyo al aborto, al divorcio, a la fecundación artificial y a cualquier barbaridad que se dé de bofetadas con la moral de la Iglesia? Pues no puede ser. No se puede comulgar si estás divorciado y te has vuelto a casar por lo civil porque vives en flagrante adulterio. No se puede comulgar si mantienes relaciones sexuales fuera del matrimonio, sean heterosexuales u homosexuales (la sodomía es uno de los pecado que claman al cielo: lo dice el catecismo). No se puede comulgar si explotas a tus empleados. No se puede comulgar si eres un corrupto, un ladrón o un asesino. Comulgar en pecado mortal no contribuye a la santificación, sino a la condenación del pecador.

La desacralización de lo más sagrado tiene consecuencias horribles: la condenación de muchas almas. Cuando yo era un niño, todo el mundo comulgaba en la boca. Ahora se ha popularizado comulgar en la mano. Si es Cristo a quien recibimos, ¿por qué no nos arrodillamos y comulgamos en la boca? Pero si ya casi nadie se arrodilla en la consagración... ¿Por qué? Porque no hay fe, porque no creen en Cristo Eucaristía. Por eso no se arrodillan. Salvo que creamos que hay una verdadera epidemia de artritis que impide a tanta gente arrodillarse... Pero no creo: no he leído ninguna noticia de la Organización Mundial de la Salud sobre una epidemia de este tipo. La epidemia que sufrimos es la de la falta de fe: una epidemia de apostasía, que se manifiesta con una dolencia aguda de sacrilegios y blasfemias.

Depravación moral


He leído últimamente que había sacerdotes y obispos que después de una noche de orgía homosexual, se levantaban por la mañana y celebraban la sagrada eucaristía como si tal cosa. ¡Qué asco! ¿Se puede cometer mayor sacrilegio, mayor blasfemia? La proliferación de la herejía y los abusos litúrgicos tienen estas consecuencias. La conciencia del hombre puede justifícalo todo. Tenemos excusas para todo. Y si la conciencia personal prima sobre las leyes morales universales, pasa lo que pasa. La pederastia, los abusos sexuales o las prácticas homosexuales siempre han sido pecado mortal. Pero como ya casi nada es pecado... Muchos dicen: “eso era antes, ahora eso ya no es pecado...”. Muchos quieren “normalizar” las relaciones homosexuales en la Iglesia y que eso ya no sea considerado pecado. De nada les vale. Tarde o temprano, estos clérigos apóstatas serán excomulgados y echados a latigazos del Templo de Dios. Y si no, tendrán que dar cuenta ante el mismísimo Dios más pronto que tarde.

Conclusión


Hay que reconstruir la Iglesia. Hay que limpiarla de tanta basura. Los escándalos que ahora se están destapando no surgen por casualidad. Llevamos años consintiendo herejías y abusos litúrgicos. Y las herejías y los abusos litúrgicos traen como consecuencia que ya nada sea pecado. Vale todo. Y ahí tenéis el resultado: una iglesia nietzscheana - la del nuevo paragidma - en la que, arrinconado Dios, vale todo. Si Dios no existe o solo es un símbolo; si no hay cielo ni infierno o solo hay cielo y todos nos salvamos, ¿para qué hace falta estar en gracia de Dios? Ya nadie predica sobre la importancia de vivir (y morir) en gracia de Dios. La santidad se rebaja o se desprecia.

Pero la avalancha de cieno que amenaza con aplastarnos, la proliferación de escándalos que salen a la luz (nada hay oculto para Dios) puede y debe tener efectos purificadores. Todo lo que está pasando puede ser una oportunidad para que el resto fiel reconstruya el templo medio derruido.

Debemos conocer y defender la santa doctrina de la Iglesia. Debemos exigir una liturgia digna y santa. Debemos recuperar el valor y la práctica de los sacramentos. Debemos defender el Credo y los Mandamientos de la Ley de Dios. Debemos exigir que los sacerdotes y los obispos lleven una vida santa. Debemos exigir que los que pisotean la Doctrina de la Iglesia sean sancionados (si fuera preciso) e impedir que sigan confundiendo a los fieles y conduciendo a las ovejas a las fauces de los lobos. Debemos exigir que los sacerdotes que no vivan en castidad sean apartados de su ministerio. Debemos exigir que los obispos no encubran a los depravados o justifiquen conductas pecaminosas.

Necesitamos obispos y sacerdotes santos, apasionados por Cristo y por la salvación de las almas. Dice el Diccionario:

Unción

3. f. Gracia y comunicación especial del Espíritu Santo, que excita y mueve al alma a la virtud y perfección.

4. f. Devoción, recogimiento y perfección con que el ánimo se entrega a la exposición de una idea, a la realización de una obra, etc.

Necesitamos sacerdotes llenos del Espíritu Santo, que exciten y muevan las almas de sus parroquianos a la virtud y a la perfección. Necesitamos sacerdotes devotos, píos, entregados a Cristo. Necesitamos sacerdotes y religiosos santos. Y también laicos santos... Todos los bautizados estamos llamados a la santidad, por la gracia de Dios.

¡Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! No hay nada que temer. Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera. El Señor no dejará que su barca se hunda. Hagamos lo que Él nos diga y reconstruyamos entre todos la Iglesia.

Que la Santísima Virgen María, la Santina de Covadonga, cuya fiesta celebramos hoy, nos alcance de su Hijo la gracia que necesitamos para no desfallecer en estos tiempos de angustia y tribulación. Que la Purísima, la Llena de Gracia, proteja al Vicario de Cristo, lo santifique, lo libre de todo mal y lo proteja para que no desfallezca en medio de la tormenta.

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