jironeando

Escribe: Luciano Revoredo.-  En aquellos ya lejanos años sesenta, el Jirón de la Unión se abría espléndido ante mis firmes pasos de niño limeño y mis más febriles fantasías se aceleraban con la pretérita presencia de los balcones de aire morisco, el eclecticismo del más puro art nouveau en perfecta sintonía con la portada barroca de la Merced y que se yo otras veleidades de la arquitectura limeña.

La mano de mi padre era en ese momento la tradición misma. Me llevaba tiernamente por aquellos vericuetos de la vieja Lima que alguna vez recorriera él de la mano de mi abuelo.

Empezaban a aparecer los primeros y eventuales vendedores ambulantes, pero aún estaba la impresionante Casa Welch con sus vitrinas llenas de relojes finísimos, collares de perlas y la más elegante platería y porcelana del mundo. La Joyería Murguía con su imponente piano de cola blanco y la Casa Mas con una vitrina literalmente llena de oro.

Conservo por ahí una fotografía en que un sudoroso Papá Noel sonríe a mi lado, mientras yo seguramente sueño con los juguetes prometidos. Estamos en la cuadra cinco del mismo Jirón de la Unión, la vieja calle Espaderos, detrás puedo reconocer los escaparates de Hinojosa, llenos de quesos, jamones y chocolates.

 

Me detengo un momento en la foto y brotan los recuerdos. Hinojosa era una de esas viejas bodegas limeñas que satisfacían aquella ancestral demanda de dulces y otros manjares del interior, tejas, manjarblanco, quesillos, alfajores y, claro, unos jamones y quesos que hubieran hecho las delicias del propio niño Goyito.

Al mediodía no cabía un alfiler en Hinojosa, el arroz con pollo y el escabeche eran los platos más requeridos, oficinistas y guapas limeñas llenaban las pequeñas mesitas y la barra. Y uno que ya andaba muerto de calor iniciaba el eterno y correspondido romance con la chicha morada. Mientras tanto, diestramente, envolvían los quesos y el café que luego en casa pasaría gota a gota por la insustituible cafetera que nunca se renovaría porque era la preferida de tu abuela, que en paz descanse y de Dios goce.

En los actuales tiempos de turrón todo el año, de tejas fabricadas para la exportación, de kinkones en lata, de supermercados en que los quesos cajamarquinos o huaracinos conviven con el más preclaro de los gruyere, el recuerdo de Hinojosa y su viejo local son la nostalgia pura. La nostalgia de esos manjares que descubrimos al lado de papá, de esa Lima y su jirón, que alcancé a caminar tantas veces de su mano, desde el Puente de Piedra hasta Juan Simón.

La felicidad siempre es retrospectiva, uno mira para atrás y dice ¡qué feliz estuve tal día! y el recuerdo fluye, la ternura golpea el corazón y uno vuelve a ser feliz.