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Martes, 13 de Noviembre 2018


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Escribe: Alex S. González.- Nuestra vocación democrática nos plantea un dilema ético, político y sobre todo moral.

Si consideramos la libertad un principio universal inviolable nos sentimos tentados a afirmar que tendremos Partido Comunista en la Cuba post-Castro. No podemos restringir el sagrado derecho a la libre expresión y asociación.

Pero existe otra realidad histórica que no podemos soslayar. El comunismo, o la concepción marxista, establece como paradigma la dictadura del proletariado sobre los medios de producción. El fin de tal dictadura es la aniquilación de la propiedad privada y la supresión de la iniciativa individual. El imperio de las masas subyuga al resto de la sociedad en todos los sentidos.

Cuba no ha sido la excepción de la regla. La tiranía de la familia Castro encontró en el marxismo la excusa perfecta. La alianza con los comunistas no es fruto de su vocación filosófica sino de la necesidad de encontrar las herramientas para el establecimiento del totalitarismo. La esencia del marxismo-leninismo contiene impreso el código para el absolutismo.

No resulta difícil percibir los frutos del socialismo en la historia reciente. En tan sólo 57 años de revolución han sido asesinados 70 mil cubanos, 250 mil han ido a la cárcel por motivos de conciencia y 3 millones, cerca del 27% de la población, viven en el exilio. Y, para los que aún creen en el cacareado cambio, mil ciudadanos son arrestados arbitrariamente por razones políticas cada mes.

Por supuesto, los soñadores de la utopía izquierdista intentan distanciarse de las tiranías socialistas. No obstante es bueno recordarles que los Castro son el verdadero rostro del comunismo, la traducción visible de la teoría.

La decisión sobre la supervivencia del Partido Comunista estará, por supuesto, en las manos del pueblo. Pero habría que considerar seriamente si queremos convivir con un partido político sinónimo de muerte y opresión. Una sociedad civilizada no puede permitirse una doctrina política supremacista que utilice el terror como sistema de relaciones.

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